Volvieron a la fábrica al día siguiente, esta vez más temprano. El sol todavía no había subido del todo y la luz era gris, como si el día dudara en empezar. Gabriel estacionó en la misma cuadra, pero esta vez dejó el auto apuntando hacia la salida. —Por si tenemos que irnos rápido —dijo. Lucía asintió sin discutir. Samuel bajó del auto y se quedó mirando el edificio como si lo estuviera viendo por primera vez. La fábrica no parecía abandonada. No realmente. Había algo distinto en el aire. Un silencio demasiado limpio. —No nos acercamos al portón todavía —dijo Gabriel—. Primero rodeamos el lugar. Lucía tomó una foto del frente. —Para comparar después. Samuel caminó hacia la esquina del edificio. El suelo estaba húmedo por el rocío. Las huellas de botas seguían ahí, pero había otras nuevas, más frescas. —Alguien vino anoche —dijo. Gabriel se acercó. —¿Estás seguro? Samuel señaló el borde de una huella. —La tierra está hundida, pero no seca. Eso es de hace pocas horas. Lucía miró alrededor. —¿Y si todavía están adentro? Nadie respondió. No porque no supieran qué decir. Porque todos estaban pensando lo mismo. Siguieron bordeando la fábrica. El costado derecho tenía una hilera de ventanas rotas. El costado izquierdo, una pared lisa sin aberturas. Y entonces Samuel se detuvo. —Esperen. Lucía y Gabriel se acercaron. —¿Qué viste? —preguntó Gabriel. Samuel señaló una ventana del segundo piso. No estaba rota. No estaba sucia. Estaba… empañada. Lucía frunció el ceño. —¿Empeñada? ¿Por qué estaría empañada una ventana en un edificio abandonado? Gabriel dio un paso atrás para ver mejor. —Eso no es humedad. Es… vapor. Samuel asintió. —Alguien estuvo adentro hace poco. O está adentro ahora. Lucía miró hacia arriba, intentando ver más allá del vidrio opaco. —¿Ven eso? —dijo. En la parte inferior de la ventana, había una marca. Un trazo vertical. Como si alguien hubiera pasado un dedo por el vidrio empañado desde adentro. Gabriel entrecerró los ojos. —¿Es… una letra? Samuel negó. —No. Es un trazo. Un gesto. Como si alguien quisiera ver hacia afuera. Lucía sintió un escalofrío. —Entonces nos vieron. Samuel no apartó la mirada de la ventana. —No sabemos si ahora. Pero sí en algún momento. Gabriel respiró hondo. —No vamos a entrar. No hoy. No sin saber quién está ahí. Lucía sacó otra foto. —Hay otra cosa —dijo. Samuel y Gabriel se acercaron. —¿Qué? —preguntó Samuel. Lucía amplió la imagen en su celular. En la esquina de la ventana, casi invisible, había un reflejo. No un brillo. No una luz. Una silueta. —¿Eso es… una persona? —preguntó Gabriel. Samuel no respondió. Miró la ventana real. Miró la foto. Miró la ventana otra vez. La silueta no estaba ahora. Pero había estado. Lucía bajó el celular. —No estamos solos acá. Gabriel miró alrededor, más alerta que antes. —Volvamos al auto. Ya. Samuel no se movió enseguida. No por miedo. Por algo más profundo. —Si alguien está ahí —dijo—, no está escondiéndose de nosotros. Nos está esperando. Lucía lo tomó del brazo. —Y por eso no vamos a entrar sin un plan. Samuel asintió. Esta vez sí se movió. Los tres volvieron al auto sin correr, pero sin distraerse. Cuando cerraron las puertas, el silencio dentro del vehículo fue distinto al de la fábrica. Era un silencio que no dejaba lugar a dudas. Había alguien adentro. Y ese alguien sabía que ellos habian vuelto