Volvieron al departamento sin hablar demasiado. No era miedo. Era foco. Cada uno estaba procesando la silueta en la ventana, las huellas frescas, el símbolo repetido. Pero había algo más: la conexión con el apellido Caballero. Lucía fue la primera en romper el silencio. —Necesitamos información oficial —dijo, dejando su bolso sobre la mesa—. Algo que no esté en recortes viejos ni en notas incompletas. Gabriel se sentó frente a la laptop. —Voy a buscar archivos públicos. Registros laborales, denuncias, lo que sea. Samuel se quedó de pie, mirando la pantalla como si pudiera anticipar lo que iban a encontrar. —Busquen por fecha —dijo—. El año en que desapareció mi tío. Lucía abrió su libreta. —Según el recorte, fue hace siete años. Octubre. Gabriel empezó a escribir. El teclado sonaba rápido, decidido. No había tensión en sus manos. Había método. —Acá hay algo —dijo, después de unos segundos. Lucía se acercó. Samuel también. En la pantalla había un documento escaneado. Un registro de empleados de la fábrica. Fechas, nombres, puestos. Gabriel amplió la imagen. —Acá —señaló—. “Caballero, Ernesto”. Operario nocturno. Último registro: 14 de octubre. Samuel sintió un golpe interno. No emocional. Informativo. —Ese es mi tío —dijo. Lucía pasó la página digital. —Hay más. El documento tenía una segunda hoja. Una lista de incidentes internos. La mayoría eran cosas menores: fallas eléctricas, retrasos en entregas, problemas de maquinaria. Pero uno destacaba. “14 de octubre — Reporte de actividad inusual en el tercer piso. Se escucharon ruidos después del cierre. Se envió a un supervisor. No se encontró nada.” Gabriel frunció el ceño. —¿El mismo día que desapareció? Lucía asintió. —Sí. Samuel se inclinó hacia la pantalla. —¿Quién era el supervisor? Gabriel buscó en la línea siguiente. “Supervisor asignado: V. Rivas.” Lucía levantó la vista. —¿V? ¿Como el símbolo? Gabriel negó. —No necesariamente. Rivas es un apellido común. Y la inicial puede ser casualidad. Samuel no apartó la mirada del nombre. —¿Qué pasó con él? Gabriel buscó. —No aparece en registros posteriores. Dejó de trabajar ahí un mes después. Lucía cruzó los brazos. —¿Renunció? —No —respondió Gabriel—. Fue despedido. Samuel sintió que algo encajaba. —¿Por qué? Gabriel encontró la nota. “Despido por conducta inapropiada. Acceso no autorizado a áreas restringidas.” Lucía se quedó inmóvil. —¿Áreas restringidas? ¿En una fábrica abandonada? Gabriel siguió leyendo. —Esto es raro. Dice que lo encontraron varias veces entrando al edificio fuera de horario. Y que cuando le preguntaron por qué, dijo que “tenía que asegurarse de que nadie más entrara”. Samuel apoyó las manos en la mesa. —¿Nadie más? ¿Quién? Lucía tomó aire. —¿Y si él sabía algo sobre la desaparición? Gabriel asintió. —O si vio algo. Samuel miró el símbolo en el sobre. Miró el nombre “V. Rivas”. Miró la foto de la fábrica. —¿Y si sigue ahí? Lucía lo miró. —¿Creés que el que vimos en la ventana era él? Samuel no respondió enseguida. No porque dudara. Porque estaba pensando en algo más grande. —Si él estuvo entrando al edificio después del cierre… si lo despidieron por eso… si el símbolo ya estaba ahí hace siete años… y si alguien nos dejó un mensaje ahora… Gabriel completó la idea. —Entonces no es un desconocido. Es alguien que estuvo involucrado desde el principio. Lucía cerró la laptop. —Tenemos un nombre. Tenemos un símbolo. Tenemos un lugar. Samuel se enderezó. —Y mañana vamos a entrar. Gabriel lo miró. —No solos. Lucía asintió. —No sin un plan. Samuel respiró hondo. —Pero vamos a entrar. Y esta vez, ninguno lo contradijo. Porque ya no era una búsqueda. Era una respuesta pendiente.