La mesa del comedor parecía un centro de operaciones improvisado. Sobre ella había: • el mapa de SJ‑14 • la carpeta con los recortes • el sobre con el símbolo • tres celulares • una linterna • una libreta abierta Gabriel estaba de pie, apoyado en la silla como si necesitara moverse para pensar. Lucía tomaba notas rápidas. Samuel observaba todo con una concentración nueva, sin perderse en sí mismo. —Entrar sin un plan es una estupidez —dijo Gabriel—. Así que vamos a hacerlo bien. Lucía levantó la vista. —Primero: ¿a qué hora? Samuel respondió sin dudar. —Al amanecer. Gabriel lo miró, sorprendido por la firmeza. —¿Por qué tan temprano? —Porque la luz es suficiente para ver, pero poca para que nos vean desde adentro —explicó Samuel—. Y si alguien está ahí, va a estar cansado o distraído. Lucía anotó. —Tiene sentido. Gabriel asintió. —Bien. Segundo: ¿por dónde entramos? Lucía abrió el mapa y señaló el costado izquierdo del edificio. —El portón principal está demasiado expuesto. Pero acá —tocó una esquina— hay una entrada lateral. Una puerta de mantenimiento. Estaba cerrada hace años, pero puede estar rota. Samuel recordó algo. —Cuando rodeamos la fábrica, vi que esa pared tenía humedad. La puerta podría estar hinchada o floja. Gabriel sonrió apenas. —Perfecto. Entramos por ahí. Lucía levantó un dedo. —Pero no los tres juntos. Uno entra primero. Los otros dos cubren desde afuera. Samuel negó. —No. Entramos los tres. Si alguien está adentro, separarnos es lo peor que podemos hacer. Gabriel lo observó un segundo. No para corregirlo. Para evaluarlo. —Tenés razón —dijo finalmente—. Entramos juntos. Lucía pasó a la siguiente página de la libreta. —Tercero: comunicación. Si algo pasa, necesitamos una señal clara. Gabriel tomó su celular. —No podemos depender de la señal. En edificios viejos se pierde. Samuel señaló la mesa. —La linterna. Tres destellos si hay peligro. Uno si todo está bien. Dos si necesitamos reagruparnos. Lucía anotó sin cuestionar. —Listo. Gabriel respiró hondo. —Cuarto: ¿qué buscamos exactamente? Lucía abrió la carpeta y puso el recorte del supervisor despedido sobre la mesa. —A este hombre. V. Rivas. O cualquier rastro de él. Samuel agregó: —Y cualquier cosa relacionada con mi tío. Documentos. Fotos. Registros. Lo que sea. Gabriel se cruzó de brazos. —Y si encontramos a alguien adentro… Lucía lo interrumpió. —No nos acercamos. No hablamos. No confrontamos. Salimos. Samuel asintió. —No somos policías. No somos héroes. Solo queremos respuestas. Gabriel tomó aire. —Bien. Último punto: salida. Si algo sale mal, no corremos hacia el auto. Corremos hacia la calle principal. Más gente, más luz, más testigos. Lucía cerró la libreta. —Entonces ya está. Samuel miró el mapa una vez más. —Mañana, al amanecer. Gabriel guardó la linterna en su mochila. —Dormimos unas horas. Lo vamos a necesitar. Lucía recogió los papeles. —Y mañana… entramos. Samuel apagó la luz de la cocina. No como un gesto dramático. Como quien cierra un capítulo para abrir otro. Los tres se fueron a dormir con la misma idea en la cabeza: La fábrica ya no era un misterio. Era un destino.