El amanecer tenía un color extraño, una mezcla de gris y naranja que no terminaba de definirse. Era el tipo de luz que no ilumina del todo, pero tampoco deja a oscuras. Perfecta para lo que iban a hacer. Gabriel estacionó el auto a una cuadra de la fábrica. No querían repetir la misma ruta. No querían que alguien —si es que había alguien— los reconociera desde adentro. Lucía ajustó la mochila en su hombro. Llevaba la linterna, la libreta, una botella de agua y un pequeño botiquín. No era paranoia. Era preparación. Samuel cerró la puerta del auto con suavidad. No estaba temblando. No estaba ansioso. Estaba… enfocado. Como si algo dentro de él hubiera encontrado un eje nuevo. —Vamos —dijo Gabriel, sin levantar demasiado la voz. Cruzaron la calle en silencio. El aire estaba frío, pero no helado. La humedad de la madrugada hacía que cada sonido pareciera más nítido: el roce de las zapatillas contra el asfalto, el crujido de una rama, el zumbido lejano de un transformador eléctrico. La fábrica apareció entre los árboles como un bloque oscuro. No había movimiento. No había luces. Pero la ventana empañada del día anterior seguía ahí, como un recordatorio de que el edificio no estaba tan vacío como parecía. Lucía señaló la entrada lateral. —Por ahí. El portón principal quedaba a la derecha, imponente, oxidado, demasiado expuesto. La puerta de mantenimiento, en cambio, estaba medio hundida en la pared, como si hubiera sido olvidada por todos excepto por el tiempo. Gabriel se acercó primero. Probó el picaporte. No se movió. —Está trabada —susurró. Samuel se inclinó para ver mejor. La madera estaba hinchada por la humedad, pero no rota. El marco tenía una grieta vertical, como si alguien hubiera intentado abrirla antes. —No está cerrada con llave —dijo Samuel—. Está atascada. Gabriel apoyó el hombro contra la puerta. —A la cuenta de tres. Lucía se colocó detrás, lista para entrar rápido. —Uno… —Dos… —Tres. Gabriel empujó con fuerza. La madera crujió. El marco vibró. Y con un sonido seco, la puerta cedió. Un olor a polvo viejo y metal oxidado salió desde adentro, mezclado con algo más difícil de identificar: humedad encerrada durante años. Lucía encendió la linterna. El haz de luz cortó la oscuridad como un cuchillo. —Entramos —dijo Samuel. Y los tres cruzaron el umbral. El interior era más amplio de lo que parecía desde afuera. Un pasillo largo, con paredes descascaradas y cables colgando del techo. El piso estaba cubierto de polvo, pero no de forma uniforme: había zonas donde el polvo estaba removido, como si alguien hubiera pasado hace poco. Gabriel se agachó. —Huellas —dijo—. No son nuestras. Lucía iluminó el suelo. Las huellas eran claras, profundas, recientes. —Botas —confirmó—. Las mismas que vimos afuera. Samuel avanzó unos pasos. El silencio era tan denso que parecía tener peso. Cada respiración se escuchaba demasiado fuerte. —¿Escuchan eso? —preguntó Samuel. Los otros dos se detuvieron. —¿Qué cosa? —dijo Gabriel. Samuel levantó una mano, pidiendo silencio absoluto. Y entonces lo escucharon. Un sonido leve. Muy leve. Como un golpe suave. Repetido. Constante. Toc. Toc. Toc. Lucía tragó saliva. —¿De dónde viene? Samuel señaló hacia el fondo del pasillo. —De arriba. Gabriel miró hacia la escalera metálica que subía al segundo piso. Estaba oxidada, pero firme. —No sabemos qué hay ahí —dijo. Samuel respondió sin apartar la vista del sonido. —Por eso vinimos. Lucía respiró hondo. —Vamos juntos. Subieron despacio. Cada escalón hacía un ruido distinto: uno chirriaba, otro vibraba, otro parecía a punto de romperse. Pero ninguno cedió. Cuando llegaron al segundo piso, el aire estaba más frío. Más denso. Como si el edificio respirara distinto ahí arriba. El pasillo era más estrecho. Las ventanas estaban rotas, pero una de ellas —la misma que habían visto empañada— seguía cubierta por una capa de vapor tenue. Samuel se acercó. Lucía iluminó el vidrio. —No puede estar empañada a esta hora —dijo Gabriel—. Hace frío afuera. Samuel levantó la mano y pasó un dedo por el vidrio. La humedad se corrió, dejando un trazo limpio. —Esto no es vapor —dijo—. Es condensación de adentro hacia afuera. Lucía abrió los ojos. —¿Hay calor adentro? Gabriel miró la puerta al final del pasillo. Una puerta metálica, cerrada, con un pequeño ventanuco cuadrado. El sonido venía de ahí. Toc. Toc. Toc. Samuel dio un paso adelante. —Hay alguien detrás de esa puerta. Lucía lo tomó del brazo. —No sabemos quién. Gabriel se acercó despacio. Puso la mano sobre la superficie fría del metal. —Sea quien sea… —nos está esperando —completó Samuel. El sonido se detuvo. Los tres quedaron inmóviles. Y entonces, desde el otro lado de la puerta, una voz habló. Una voz ronca. Gastada. Pero humana. —¿Samuel? El mundo se detuvo. Lucía lo miró. Gabriel también. Samuel sintió que el aire se le cortaba. —¿Quién sos? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba. La respuesta llegó sin demora. —Soy Ernesto. El nombre cayó como un golpe seco. El nombre que no debía estar ahí. El nombre que llevaba siete años desaparecido. El nombre que había iniciado todo. El nombre de su tío.