No Están Solos

CAPÍTULO 41 — La Puerta Que No Abría Hacia Atrás

El silencio después de escuchar ese nombre fue tan abrupto que pareció absorber el aire del pasillo. Samuel no se movió. Lucía tampoco. Gabriel tragó saliva, pero no retrocedió. La voz detrás de la puerta volvió a sonar, más baja, más áspera: —Samuel… ¿sos vos? Samuel dio un paso adelante. No temblaba. No dudaba. Pero su respiración había cambiado: más profunda, más controlada, como si su cuerpo supiera que estaba a punto de cruzar un límite. —Soy yo —respondió—. ¿Ernesto? Un golpe suave contra el metal. No violento. No desesperado. Un toque de reconocimiento. —Abrí —dijo la voz. Gabriel levantó una mano, deteniendo a Samuel. —No sabemos qué hay del otro lado —susurró. Lucía asintió. —Ni si es realmente él. Samuel no apartó la vista de la puerta. —Es su voz. Gabriel negó. —Han pasado siete años. Las voces cambian. Las personas cambian. Samuel respiró hondo. —Pero el nombre no. Lucía se acercó a la puerta. Miró por el ventanuco. No se veía nada. Solo oscuridad. —¿Podés acercarte a la ventana? —preguntó. La voz respondió con un susurro: —No puedo. Gabriel frunció el ceño. —¿Por qué no? Silencio. Un silencio que no era evasivo. Era… contenido. —Estoy atado —dijo finalmente. Lucía abrió los ojos. Gabriel dio un paso atrás. Samuel sintió un golpe en el pecho. —¿Atado? —repitió Samuel. —Sí —respondió la voz—. No puedo moverme. No puedo salir. Abrí la puerta. Gabriel se acercó a Samuel. —Esto puede ser una trampa. Samuel lo miró. —Y si no lo es… lo estamos dejando ahí. Lucía respiró hondo. —Tenemos que abrir. Pero con cuidado. Gabriel asintió. —Yo voy primero. Samuel, vos atrás mío. Lucía, cubrís con la linterna. Samuel negó. —No. Yo abro. Gabriel lo sostuvo del brazo. —No estás pensando claro. Samuel lo miró directo a los ojos. —Estoy pensando más claro que nunca. Si es él, si realmente es él… no voy a dejar que sea otro el que abra esa puerta. Lucía intervino. —Entonces lo hacemos juntos. Los tres se colocaron frente a la puerta. Gabriel tomó la manija. Samuel apoyó la mano sobre el metal frío. Lucía iluminó el ventanuco. —A la cuenta de tres —dijo Gabriel. Samuel asintió. —Uno… —Dos… —Tres. La puerta se abrió con un chirrido largo, oxidado, como si no hubiera sido movida en años. La luz de la linterna entró primero. Iluminó un cuarto pequeño, casi vacío. Paredes de cemento. Un colchón viejo en el piso. Un balde. Una mesa rota. Y en el centro, sentado contra la pared, con las manos atadas con una cuerda gruesa, había un hombre. Cabello largo, gris. Barba descuidada. Ropa sucia. Ojeras profundas. Piel marcada por el tiempo. El hombre levantó la cabeza. Sus ojos, hundidos pero vivos, se clavaron en Samuel. —Hola, sobrino —dijo. Samuel sintió que el mundo se inclinaba. No se desmayó. No lloró. No retrocedió. Solo… lo miró. —¿Ernesto? —preguntó, con una voz que no sabía que tenía. El hombre sonrió apenas. —Pensé que no ibas a venir. Lucía se acercó un paso, sin bajar la linterna. —¿Quién te ató? —preguntó. Ernesto la miró. Luego miró a Gabriel. Luego volvió a Samuel. —No puedo decirlo. Gabriel frunció el ceño. —¿Por qué? Ernesto bajó la mirada. —Porque sigue acá. Lucía sintió un escalofrío. —¿Acá… en la fábrica? Ernesto negó lentamente. —No. —¿Entonces dónde? —preguntó Gabriel. Ernesto levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de algo que no era miedo. Era… advertencia. —Acá —dijo—. Con ustedes. El silencio que siguió no fue de sorpresa. Fue de comprensión lenta, pesada, inevitable. Samuel dio un paso atrás. —¿Qué estás diciendo? Ernesto respiró hondo. —Que no vine solo. Que no me trajeron solo. Que no me dejaron solo. Y que el que me trajo… Se detuvo. Miró a Samuel. Miró a Lucía. Miró a Gabriel. —…los conoce a ustedes también. Lucía sintió que el aire se volvía más frío. Gabriel apretó los puños. Samuel dio un paso adelante. —¿Quién? —preguntó. Ernesto lo miró con una mezcla de tristeza y urgencia. —No puedo decirlo. Pero puedo mostrarlo. Y entonces, con un movimiento lento, doloroso, Ernesto giró la cabeza hacia la pared detrás suyo. Lucía iluminó. Y ahí, pintado con aerosol negro, fresco, reciente, estaba el símbolo. La V cruzada. Pero no era solo eso. Debajo del símbolo había tres nombres escritos con letra firme: Samuel Lucía Gabriel Los tres se quedaron inmóviles. Ernesto habló sin levantar la vista. —No vinieron a buscarme a mí. Vinieron a buscarte a vos. Samuel sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. Y por primera vez desde que entraron a la fábrica, entendió algo: Ellos no habían encontrado al responsable. El responsable los había encontrado a ellos.




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