El cuarto olía a encierro. No a muerte, no a podredumbre: a encierro. A años de aire detenido, respirado por la misma persona una y otra vez. Lucía mantuvo la linterna fija en Ernesto. Gabriel se quedó cerca de la puerta, atento a cualquier ruido. Samuel dio un paso más, como si su cuerpo se moviera antes que su mente. Ernesto levantó la cabeza. Sus ojos, hundidos pero vivos, se clavaron en él. —Pensé que no ibas a venir —repitió. Samuel tragó saliva. —No sabía que estabas vivo. Ernesto sonrió con una mezcla de ironía y tristeza. —A veces yo tampoco. Lucía se acercó un poco más, sin bajar la guardia. —¿Quién te ató? ¿Quién te trajo acá? Ernesto cerró los ojos un segundo, como si necesitara fuerza para responder. —No puedo decirlo. Gabriel dio un paso adelante. —¿No podés o no querés? Ernesto abrió los ojos. —No puedo. Literalmente. Si digo su nombre… —se detuvo—. No importa. No puedo. Samuel frunció el ceño. —¿Te amenazó? Ernesto negó. —No. Es peor que eso. Lucía intercambió una mirada rápida con Gabriel. —¿Peor cómo? Ernesto respiró hondo. —No es una persona normal. No es alguien que puedas denunciar, ni enfrentar, ni razonar. Es alguien que… —buscó la palabra— …se mete donde no lo llaman. Que sabe cosas que no debería saber. Que aparece donde no debería estar. Gabriel cruzó los brazos. —¿Un psicópata? Ernesto lo miró. —Un obsesivo. Un observador. Un… coleccionista. Samuel sintió un escalofrío. —¿Colecciona qué? Ernesto lo miró directo a los ojos. —Personas. El silencio fue inmediato. No dramático. No exagerado. Real. Lucía apretó la linterna con más fuerza. —¿Qué quiere con nosotros? Ernesto bajó la mirada. —Lo mismo que quiso conmigo. Lo mismo que quiso con otros. Lo mismo que quiere siempre. Gabriel se acercó un paso. —¿Y qué es eso? Ernesto levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de algo que no era miedo. Era… resignación. —Quiere verlos romperse. Samuel sintió que el aire se volvía más pesado. —¿Por qué nosotros? Ernesto lo observó con una mezcla de cariño y culpa. —Porque te vio. —¿Cuándo? —preguntó Samuel. —Hace meses. Antes de que todo empezara. Antes de que vos supieras que algo estaba mal. Lucía frunció el ceño. —¿Cómo que “lo vio”? ¿Dónde? Ernesto señaló la pared, donde estaba el símbolo. —Él marca a la gente que le interesa. No siempre con símbolos. A veces con gestos. A veces con mensajes. A veces con… accidentes. Gabriel sintió un nudo en el estómago. —¿Accidentes? Ernesto asintió. —¿Se acuerdan del auto que casi los choca hace dos semanas? —Sí —respondió Lucía—. Pensamos que era un borracho. —No lo era —dijo Ernesto—. Era él. Probando. Midiendo. Observando cómo reaccionaban. Samuel sintió un golpe interno. —¿Y por qué me marcó a mí? Ernesto lo miró con una mezcla de tristeza y urgencia. —Porque vio algo en vos. Algo que no ve en todos. Algo que vio en mí hace años. Lucía dio un paso adelante. —¿Qué cosa? Ernesto tardó en responder. No porque dudara. Porque sabía que lo que iba a decir iba a cambiarlo todo. —Vio que estabas al borde —dijo finalmente—. Y a él le fascina la gente al borde. Samuel apretó los puños. —No estoy al borde. Ernesto lo miró con una suavidad inesperada. —Ahora no. Pero él te vio cuando sí lo estabas. Gabriel intervino. —¿Y nosotros? ¿Por qué estamos en la lista? Ernesto suspiró. —Porque están cerca de él. Porque lo sostienen. Porque lo cambian. Y a él no le gusta que la gente cambie sin su permiso. Lucía sintió un escalofrío. —¿Nos está vigilando ahora? Ernesto no respondió enseguida. Miró hacia la puerta abierta. Miró el pasillo oscuro. Miró la ventana empañada. —No sé dónde está —dijo—. Pero sé que no está lejos. Samuel dio un paso adelante. —¿Cómo salimos de esto? Ernesto lo miró con una mezcla de esperanza y miedo. —No saliendo. —¿Entonces cómo? —preguntó Gabriel. —Enfrentándolo —dijo Ernesto—. Pero no como creen. No con fuerza. No con violencia. Con algo que él no sabe manejar. Lucía frunció el ceño. —¿Qué cosa? Ernesto sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, rota, pero real. —Unidad. Samuel lo miró. —¿Unidad? Ernesto asintió. —Él gana cuando separa. Cuando aísla. Cuando hace que uno dude del otro. Si ustedes se mantienen juntos… él pierde. Gabriel respiró hondo. —¿Y vos? ¿Cómo te sacamos de acá? Ernesto bajó la mirada. —No pueden. Lucía dio un paso adelante. —Claro que podemos. Te desatamos y salimos. Ernesto negó lentamente. —No entienden. Si yo salgo… él viene por ustedes con todo. Si yo me quedo… él se queda entretenido conmigo. Samuel sintió un golpe en el pecho. —No te vamos a dejar acá. Ernesto levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de algo que Samuel no había visto nunca en un adulto: aceptación total del sacrificio. —Samuel… yo ya estoy perdido. Pero ustedes no. Lucía negó con fuerza. —No. No vamos a dejarte. Ernesto la miró con una mezcla de ternura y cansancio. —No es una elección. Es una advertencia. Gabriel apretó los dientes. —¿Qué querés que hagamos? Ernesto señaló el símbolo en la pared. —Quiero que encuentren al que lo dibuja. Quiero que lo miren a los ojos. Quiero que lo obliguen a mostrarse. Y cuando lo haga… Se detuvo. —…quiero que no se separen. Nunca. Samuel dio un paso adelante. —¿Dónde lo encontramos? Ernesto lo miró con una expresión que mezclaba miedo y alivio. —Él ya los encontró a ustedes. Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Gabriel miró hacia la puerta. Samuel apretó los puños. Y Ernesto, con voz casi quebrada, dijo: —No están solos en este edificio