No Están Solos

CAPÍTULO 43 — No Están Solos

El silencio después de las palabras de Ernesto no fue un silencio normal. No era la ausencia de sonido. Era la presencia de algo más. Algo que estaba ahí. Algo que escuchaba. Lucía bajó la linterna apenas un centímetro, como si el haz pudiera delatar su respiración. Gabriel se movió hacia la puerta, no para huir, sino para cubrir la salida. Samuel se quedó mirando a su tío, intentando procesar la frase que acababa de escuchar. “No están solos en este edificio.” Samuel habló primero. —¿Dónde está? Ernesto negó con la cabeza. —No lo sé. Pero sé cómo se mueve. Nunca se queda quieto. Nunca se muestra del todo. Nunca se acerca… hasta que quiere. Lucía sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como un hilo de hielo. —¿Y ahora quiere? Ernesto la miró. —Ahora los está midiendo. Gabriel apretó los dientes. —¿Midiendo qué? Ernesto respondió sin dudar. —Cómo reaccionan. Cómo se protegen. Cómo se quiebran. Samuel dio un paso adelante. —No nos vamos a quebrar. Ernesto lo miró con una mezcla de orgullo y tristeza. —Eso cree él también. Por eso te eligió. Lucía levantó la linterna hacia la puerta del pasillo. —Tenemos que salir de acá. Gabriel asintió. —Sí. Ya. Pero Ernesto habló antes de que dieran un paso. —No por ahí. Los tres se detuvieron. —¿Por qué no? —preguntó Gabriel. Ernesto señaló la puerta con la cabeza. —Porque él está ahí. Lucía sintió que el aire se volvía más pesado. —¿Cómo lo sabés? Ernesto cerró los ojos un segundo. —Porque siempre se queda cerca de la salida. Le gusta ver quién intenta escapar primero. Samuel tragó saliva. —Entonces… ¿por dónde? Ernesto señaló el techo. —Arriba. Gabriel levantó la vista. El techo tenía una trampilla pequeña, oxidada, casi invisible entre las sombras. —¿Eso? —preguntó. —Sí —respondió Ernesto—. Conduce a un pasillo de mantenimiento. Es angosto, pero seguro. Él no lo usa. No le gusta meterse en lugares donde no puede moverse rápido. Lucía se acercó a la trampilla. —¿Cómo subimos? Ernesto señaló una estantería vieja en la esquina. —Con eso. Gabriel la arrastró. El metal chirrió, pero no se rompió. La colocaron debajo de la trampilla. Samuel subió primero. No por impulso. Por responsabilidad. Empujó la tapa. Estaba dura, pero cedió con un golpe seco. Un olor a polvo y cables quemados salió desde arriba. —Hay espacio —dijo Samuel—. Pasen. Lucía subió detrás. Gabriel fue el último. Antes de cerrar la trampilla, Gabriel miró a Ernesto. —Vamos a volver por vos. Ernesto sonrió, cansado. —No vuelvan solos. Gabriel cerró la trampilla. El pasillo de mantenimiento era estrecho, apenas un metro de ancho. Cables colgaban del techo. El piso era de metal, frío, resonante. Cada paso hacía un eco que parecía multiplicarse. Lucía avanzaba con la linterna. Samuel iba detrás, atento a cada sombra. Gabriel cerraba la marcha, mirando hacia atrás cada pocos segundos. —¿Hacia dónde lleva esto? —preguntó Lucía. Samuel respondió sin girarse. —A la parte trasera del edificio. Ernesto lo dijo. Gabriel murmuró: —Si es que no nos mintió. Samuel se detuvo. —No nos mintió. Lucía lo miró. —¿Cómo lo sabés? Samuel respiró hondo. —Porque si quisiera entregarnos, no nos habría dicho que él está abajo. Gabriel asintió, aunque no del todo convencido. Siguieron avanzando. El pasillo se estrechaba más. El aire se volvía más denso. La luz de la linterna parecía tragada por la oscuridad. Y entonces, un sonido. No un golpe. No un paso. Un roce. Como si algo —o alguien— estuviera moviéndose por debajo de ellos. Lucía se detuvo en seco. —¿Escucharon eso? Samuel asintió. —Sí. Gabriel apretó la mandíbula. —Está abajo. Nos está siguiendo. El sonido volvió. Más cerca. Más claro. Un arrastre suave. Un movimiento lento. Como si alguien caminara con la palma de la mano rozando la pared. Lucía sintió que el corazón le golpeaba en el pecho. —Tenemos que apurarnos. Samuel avanzó más rápido. El pasillo hacía una curva. La linterna iluminó una puerta metálica al final. —Ahí —dijo Samuel—. Esa debe ser la salida. Gabriel se acercó. —¿Está abierta? Samuel probó la manija. No se movió. Lucía iluminó la cerradura. —Está oxidada. Gabriel tomó aire. —Déjenme. Empujó con fuerza. El metal crujió. La puerta vibró. Pero no cedió. El sonido debajo de ellos se detuvo. Lucía sintió un vacío en el estómago. —Se detuvo. Samuel miró hacia el piso metálico. —No. Se está preparando. Gabriel empujó otra vez. La puerta cedió un centímetro. Otro. Otro. —¡Vamos! —dijo. Samuel y Lucía empujaron con él. La puerta se abrió de golpe. Un haz de luz natural entró desde afuera. Aire fresco. Espacio abierto. Lucía salió primero. Samuel detrás. Gabriel último. Cuando los tres estuvieron afuera, Samuel cerró la puerta metálica con fuerza. El sonido del golpe resonó en todo el pasillo. Y entonces lo escucharon. Un golpe desde adentro. Fuerte. Directo. Como si algo hubiera llegado a la puerta un segundo después de que ellos la cerraran. Lucía retrocedió. Gabriel apretó los puños. Samuel no se movió. El golpe se repitió. Más fuerte. Y una voz —una voz que ninguno de los tres había escuchado antes— habló desde el otro lado. Una voz tranquila. Demasiado tranquila. —Samuel… —No te vayas. Samuel sintió que el mundo se detenía. Lucía lo tomó del brazo. Gabriel lo empujó hacia atrás. La voz habló otra vez. —Todavía no terminamos. Samuel dio un paso atrás. Y por primera vez desde que entraron a la fábrica, entendió algo: El que los seguía no estaba jugando. Estaba empezando.




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