No Están Solos

CAPÍTULO 44 — Afuera No Es Afuera

El aire frío del exterior golpeó sus caras como un balde de agua helada. No era alivio. Era un recordatorio: afuera no significaba a salvo. Lucía fue la primera en recuperar el aliento. Se apoyó en la pared de cemento, respirando rápido, intentando ordenar la adrenalina que todavía le corría por las manos. Gabriel cerró la puerta metálica con fuerza. El eco resonó en el pasillo de mantenimiento, como si el edificio respondiera al golpe. Samuel no se movió. Seguía mirando la puerta, como si la voz del otro lado pudiera atravesar el metal. —Tenemos que irnos —dijo Gabriel, sin apartar la vista del pasillo. Lucía asintió. —Sí. Ya. Pero Samuel no se movió. —Esa voz… —murmuró—. No era Ernesto. Lucía lo tomó del brazo. —Lo sé. Por eso tenemos que irnos. Gabriel miró alrededor. El pasillo trasero daba a un terreno baldío, cubierto de maleza y escombros. No había casas cerca. No había autos. No había nada. Demasiado vacío. Demasiado silencioso. —No me gusta esto —dijo Gabriel. Lucía encendió la linterna otra vez, aunque ya había luz natural. —¿Qué cosa? Gabriel señaló el suelo. —Las huellas. Samuel bajó la mirada. Había huellas. Muchas. Pero no eran las de ellos. Eran más grandes. Más profundas. Y estaban frescas. Lucía sintió un escalofrío. —¿Son… de botas? Gabriel asintió. —Sí. Las mismas que vimos adentro. Samuel dio un paso hacia adelante. —Pero… ¿cómo? Nosotros entramos por la puerta lateral. Nadie salió por acá. Gabriel negó. —No. Nadie salió por acá. Pero alguien estuvo acá antes de que llegáramos. Lucía miró hacia la maleza. —¿Y si sigue acá? Samuel apretó los puños. —No se fue. —¿Cómo lo sabés? —preguntó Gabriel. —Porque no quiere irse —respondió Samuel—. Quiere que salgamos. Lucía sintió un nudo en el estómago. —¿Por qué? Samuel miró el terreno baldío. —Porque afuera estamos más expuestos. Gabriel respiró hondo. —Entonces nos vamos al auto. Rápido. Sin separarnos. Lucía asintió. —Sí. Vamos. Empezaron a caminar hacia la calle. No corriendo. No despacio. A un ritmo firme, decidido, sin mirar atrás. Pero a mitad de camino, Samuel se detuvo. —Esperen. Lucía giró. —¿Qué pasa? Samuel señaló algo en el suelo, entre la maleza. Un papel. Doblado. Blanco. Limpio. Demasiado limpio para estar ahí. Gabriel se acercó con cautela. —No lo toques. Lucía iluminó el papel. —Tiene algo escrito. Samuel se inclinó. No lo tocó. Solo lo leyó. Tres palabras. Escritas con la misma letra firme del sobre. “No corran todavía.” Lucía sintió que el corazón se le detuvo un segundo. —¿Todavía? Gabriel miró alrededor, girando sobre sí mismo. —Está acá. Nos está mirando. Samuel respiró hondo. —No. No está acá. Lucía lo miró, confundida. —¿Cómo lo sabés? Samuel señaló el papel. —Porque si estuviera acá… no escribiría “todavía”. Escribiría “ahora”. Gabriel apretó los dientes. —Entonces nos está guiando. Samuel asintió. —Sí. Quiere que vayamos al auto. Quiere que sigamos el camino que él eligió. Lucía sintió un escalofrío. —¿Y si es una trampa? Samuel la miró. —Lo es. Gabriel se acercó. —Entonces… ¿qué hacemos? Samuel respiró hondo. Miró el papel. Miró la fábrica. Miró la calle. Y tomó una decisión. —Vamos al auto igual. Pero no por el camino que él quiere. Lucía frunció el ceño. —¿Cuál es la diferencia? Samuel señaló la maleza. —Él espera que vayamos por la calle. Nosotros vamos por atrás. Gabriel lo miró con una mezcla de sorpresa y respeto. —¿Estás seguro? Samuel asintió. —Sí. Si quiere que vayamos por un lado, vamos por el otro. Si quiere que corramos, caminamos. Si quiere que nos separemos, nos pegamos. Lucía respiró hondo. —Entonces vamos. Los tres se metieron entre la maleza, avanzando por un camino improvisado, alejándose del sendero evidente. El terreno era irregular. Había piedras, ramas, basura vieja. Pero era mejor que caminar por donde el enemigo esperaba. Cuando llegaron a la calle, estaban a media cuadra del auto. Gabriel sacó las llaves. —Rápido. Pero sin correr. Lucía miró alrededor. —¿Lo ven? Samuel negó. —No. Y eso es lo que más me preocupa. Llegaron al auto. Gabriel abrió las puertas. Lucía entró primero. Samuel detrás. Gabriel último. Cuando cerraron las puertas, el silencio dentro del auto fue casi insoportable. Gabriel encendió el motor. —¿A dónde vamos? Samuel respondió sin dudar. —A casa. Tenemos que pensar. Tenemos que planear. Y tenemos que decidir qué hacemos con Ernesto. Lucía lo miró. —¿Y él? Samuel miró por la ventana, hacia la fábrica que se alejaba. —Él ya sabe que salimos. Y sabe que vamos a volver. Gabriel aceleró. La fábrica quedó atrás. Pero la sensación no. Porque por primera vez desde que todo empezó, los tres entendieron algo: La fábrica no era el peligro. Era la invitación. Y el verdadero peligro… estaba afuera.




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