El viaje de vuelta fue silencioso. No un silencio incómodo. Un silencio de cálculo. De respiración contenida. De tres personas que sabían que lo que habían visto en la fábrica no era el final, sino el inicio de algo más grande. Gabriel manejaba con los dedos tensos sobre el volante. Lucía miraba por la ventana, pero no veía la calle: veía la puerta metálica golpeando desde adentro. Samuel no parpadeaba. Tenía la mirada fija en un punto que no estaba en el auto, ni en la ruta, ni en la ciudad. Estaba en la voz. Esa voz que lo había llamado por su nombre. Cuando llegaron al edificio, Gabriel estacionó sin decir nada. Lucía bajó primero. Samuel salió último, como si necesitara un segundo más para volver a habitar su propio cuerpo. Subieron las escaleras. El pasillo estaba igual que siempre. La misma luz amarilla. El mismo olor a humedad. El mismo silencio. Pero algo no encajaba. Lucía lo notó primero. —La puerta… —susurró. Gabriel se detuvo. La puerta del departamento estaba cerrada. Pero la cerradura tenía una marca. Una línea fina. Un rasguño metálico. Samuel se acercó. Pasó el dedo por la marca. —Esto no estaba antes. Gabriel apretó los dientes. —Entraron. Lucía sintió un golpe en el pecho. —¿Y si todavía están adentro? Samuel apoyó la mano en la manija. —No. Ya se fueron. Gabriel lo miró. —¿Cómo lo sabés? Samuel respiró hondo. —Porque si estuvieran adentro… no habrían dejado la puerta cerrada. Lucía tragó saliva. —Entonces… ¿qué dejaron? Gabriel abrió la puerta con cuidado. El departamento estaba en silencio. No había muebles movidos. No había cajones abiertos. No había vidrios rotos. Pero había algo peor. Había orden. Un orden que no era suyo. La mesa del comedor estaba limpia. Demasiado limpia. Los papeles que habían dejado la noche anterior estaban apilados con precisión quirúrgica. La libreta de Lucía estaba abierta en una página que ella no había escrito. El mapa de SJ‑14 estaba extendido, pero no como lo habían dejado: estaba alineado con el borde de la mesa, como si alguien lo hubiera estudiado. Gabriel cerró la puerta detrás de ellos. —No tocar nada —dijo. Lucía avanzó despacio hacia la mesa. —Esto no lo hice yo. Samuel se acercó al mapa. —Esto tampoco. Gabriel miró alrededor. —¿Qué más falta? Lucía revisó la cocina. —Nada. Todo está en su lugar. Gabriel revisó el living. —La tele está. Las mochilas también. Samuel caminó hacia su habitación. —Mi ropa está igual. Lucía se acercó a la mesa. —Entonces… ¿qué hicieron? Samuel respondió desde el pasillo. —No vinieron a robar. Gabriel lo miró. —¿Entonces qué? Samuel volvió a la mesa. Se inclinó sobre la libreta abierta. —Vinieron a dejarnos algo. Lucía se acercó. —¿Qué cosa? Samuel señaló la página. Había una frase escrita con la misma letra del sobre. La misma letra del papel en la maleza. La misma letra del símbolo en la fábrica. “No se separen.” Lucía sintió un escalofrío. —¿Eso es… una advertencia? Gabriel negó. —No. Es una instrucción. Samuel respiró hondo. —Y no es para protegernos. Es para controlarnos. Lucía cerró la libreta. —¿Qué quiere de nosotros? Samuel levantó la vista. —Quiere que sigamos jugando. Gabriel apretó los puños. —¿Y si no jugamos? Samuel lo miró con una expresión que no había tenido antes: una mezcla de lucidez y resignación. —Ya estamos jugando. Desde el momento en que encontramos el sobre. Lucía se sentó. —¿Qué hacemos ahora? Samuel miró la mesa. Miró la libreta. Miró la puerta. —Ahora… —¿Qué? —preguntó Gabriel. Samuel tomó aire. —Ahora lo obligamos a mostrarse. Lucía abrió los ojos. —¿Cómo? Samuel señaló el mapa. —Volviendo a la fábrica. Gabriel negó. —No. Es demasiado peligroso. Samuel lo miró. —No vamos a entrar. Vamos a esperar. Lucía frunció el ceño. —¿Esperar qué? Samuel respondió sin dudar. —Que él venga a nosotros. Gabriel lo miró como si no lo reconociera. —¿Estás diciendo que lo provoquemos? Samuel asintió. —Sí. Porque él ya sabe dónde vivimos. Ya entró. Ya nos vio. Ya nos midió. Lucía sintió un nudo en la garganta. —¿Y si viene? Samuel respondió con una calma que no era normal. —Va a venir. Y cuando lo haga… vamos a estar listos. Gabriel respiró hondo. —¿Y Ernesto? Samuel bajó la mirada. —Ernesto… ya hizo su parte. Lucía lo miró con tristeza. —¿Lo vamos a dejar ahí? Samuel cerró los ojos un segundo. —No. Pero no podemos sacarlo todavía. No sin saber quién está detrás de todo esto. Gabriel se acercó a la mesa. —Entonces… ¿cuál es el plan? Samuel abrió la libreta. Tomó un bolígrafo. Y escribió una frase simple, directa, inevitable: “Lo esperamos.” Lucía sintió un escalofrío. Gabriel apretó los dientes. Samuel levantó la vista. —Capítulo 46 —dijo—. Empieza la cacería.