No Están Solos

CAPÍTULO 46 — La Trampa Que No Era Sola

El departamento estaba demasiado quieto. No era la quietud normal de una casa vacía. Era la quietud de un lugar que había sido observado, manipulado, intervenido. Lucía cerró las cortinas. Gabriel revisó las ventanas. Samuel se quedó en el centro del living, sin moverse, como si estuviera escuchando algo que los demás no podían oír. —Tenemos que pensar —dijo Gabriel, rompiendo el silencio. Lucía dejó la libreta sobre la mesa. —No podemos simplemente esperar a que aparezca. Eso sería suicida. Samuel levantó la vista. —No vamos a esperar. Vamos a provocarlo. Gabriel lo miró con incredulidad. —¿Provocarlo? ¿Cómo? Samuel señaló el mapa de SJ‑14. —Él quiere que volvamos a la fábrica. Quiere que sigamos su camino. Quiere que juguemos su juego. Lucía frunció el ceño. —¿Y vos querés hacer lo contrario? Samuel negó. —No. Quiero hacer exactamente lo que él espera… pero no como él cree. Gabriel se cruzó de brazos. —Explicate. Samuel respiró hondo. —Él piensa que estamos asustados. Que vamos a actuar desde el miedo. Que vamos a correr, escondernos, separarnos. Pero no vamos a hacer nada de eso. Lucía se acercó. —¿Qué proponés? Samuel tomó la libreta y escribió una frase: “Lo enfrentamos en terreno abierto.” Gabriel negó de inmediato. —No. Ni loco. No sabemos quién es, ni qué quiere, ni qué puede hacer. Samuel lo miró. —Justamente por eso. En la fábrica él tiene ventaja. En la oscuridad él tiene ventaja. En el encierro él tiene ventaja. Pero afuera… no. Lucía se sentó. —¿Afuera dónde? Samuel señaló el mapa. —En el terreno baldío detrás de la fábrica. Es amplio. No hay paredes. No hay esquinas. No hay lugares donde esconderse. Gabriel respiró hondo. —¿Y cómo lo hacemos salir? Samuel levantó la libreta. —Con esto. Lucía leyó la frase escrita: “Volvimos. Estamos solos. Vení.” Gabriel abrió los ojos. —¿Querés dejarle un mensaje? Samuel asintió. —Sí. Uno que él no pueda ignorar. Lucía lo miró con preocupación. —¿Y si no aparece? Samuel respondió sin dudar. —Va a aparecer. Porque él quiere vernos. Quiere ver cómo reaccionamos. Quiere ver si nos quebramos. Gabriel se acercó a la ventana. —¿Y si aparece demasiado rápido? Samuel lo miró. —Entonces mejor. Porque significa que ya estaba cerca. Lucía respiró hondo. —¿Y Ernesto? Samuel bajó la mirada. —Ernesto… ya está atrapado. Pero si atrapamos al que lo tiene, lo liberamos. Gabriel apretó los dientes. —¿Y si es una trampa? Samuel respondió con una calma que no era normal. —Todo esto es una trampa. La diferencia es que ahora la armamos nosotros. Lucía se levantó. —¿Cuándo vamos? Samuel miró el reloj. —Esta noche. Gabriel negó. —No. De noche él tiene ventaja. Samuel lo miró. —De día también. La diferencia es que de noche él se confía más. Y cuando alguien se confía… comete errores. Lucía sintió un escalofrío. —¿Y nosotros? ¿Qué hacemos mientras tanto? Samuel tomó aire. —Nos preparamos. Gabriel se acercó. —¿Cómo? Samuel señaló tres cosas sobre la mesa: • la linterna • la libreta • el mapa —Con esto —dijo—. Y con algo más. Lucía frunció el ceño. —¿Qué cosa? Samuel se acercó a la puerta del departamento. La abrió. Miró el pasillo vacío. Y dijo: —Con la certeza de que él ya sabe que estamos planeando algo. Gabriel sintió un nudo en el estómago. —¿Cómo lo sabés? Samuel cerró la puerta. —Porque si entró una vez… puede entrar otra. Y si nos dejó un mensaje… puede dejarnos más. Lucía se acercó a la mesa. —¿Y si ya nos dejó uno? Samuel la miró. —¿Dónde? Lucía señaló la libreta. —No en la página abierta. En la siguiente. Samuel abrió la libreta. La página siguiente tenía una frase escrita con la misma letra firme de siempre. Una frase que ninguno de los tres había escrito. “Esta noche está bien.” Lucía retrocedió. Gabriel apretó los puños. Samuel cerró la libreta con fuerza. —Entonces ya está —dijo—. Él aceptó. Lucía lo miró con miedo y determinación mezclados. —¿Y nosotros? Samuel respondió sin dudar. —Nosotros también.




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