La noche cayó demasiado rápido. No fue un atardecer normal: fue como si alguien hubiera bajado un telón oscuro sobre la ciudad. El aire estaba quieto, sin viento, sin insectos, sin ruido de autos. Una calma artificial. Lucía cerró la ventana del living. Gabriel revisó la mochila por quinta vez. Samuel estaba sentado en el sillón, con los codos sobre las rodillas, mirando el piso como si estuviera escuchando algo que los demás no podían oír. —Son las once —dijo Gabriel, mirando el reloj—. Si vamos a hacerlo, es ahora. Lucía asintió. —Tenemos que dejar el mensaje en la fábrica antes de medianoche. Samuel levantó la vista. —No hace falta. Gabriel frunció el ceño. —¿Cómo que no hace falta? Samuel se puso de pie. —Porque él ya sabe que vamos a ir. Lucía sintió un escalofrío. —¿Cómo lo sabés? Samuel señaló la puerta del departamento. —Porque está acá. Gabriel se tensó. —¿Qué? Samuel caminó hacia la puerta. No la abrió. Solo apoyó la mano sobre la madera. —No físicamente. Pero está escuchando. Está esperando. Está… atento. Lucía se acercó. —¿Y cómo lo enfrentamos si no sabemos dónde está? Samuel respiró hondo. —No vamos a enfrentarlo en la fábrica. Vamos a enfrentarlo en el camino. Gabriel negó. —Eso no tiene sentido. Él controla el camino. Samuel lo miró. —Y nosotros controlamos algo que él no espera. Lucía entrecerró los ojos. —¿Qué cosa? Samuel respondió sin dudar. —La decisión. Gabriel se cruzó de brazos. —¿Qué proponés? Samuel tomó la libreta. La abrió en la página donde estaba escrito “Esta noche está bien”. La arrancó. La dobló. La guardó en el bolsillo. —Vamos a salir. Pero no hacia la fábrica. No hacia el terreno baldío. No hacia donde él quiere. Lucía lo miró con una mezcla de miedo y admiración. —¿Entonces hacia dónde? Samuel señaló el piso. —Hacia abajo. Gabriel parpadeó. —¿El sótano? Samuel asintió. —Sí. El sótano del edificio. El único lugar donde él no espera que vayamos. El único lugar donde no puede vernos desde afuera. El único lugar donde podemos obligarlo a mostrarse. Lucía respiró hondo. —¿Y si no baja? Samuel lo miró con una calma inquietante. —Va a bajar. Porque él no soporta perder control. Gabriel tomó la linterna. —Entonces vamos. El pasillo del edificio estaba vacío. Las luces parpadeaban. No por un fallo eléctrico: por algo más. Algo que hacía que el aire vibrara. Lucía caminaba adelante con la linterna. Gabriel detrás, atento a cada puerta. Samuel en el medio, respirando lento, como si estuviera escuchando un ritmo que los demás no podían oír. Llegaron a la puerta del sótano. Era vieja, de metal, con pintura descascarada. Samuel apoyó la mano sobre la superficie fría. —Está abierto —dijo. Gabriel frunció el ceño. —¿Cómo lo sabés? Samuel giró la manija. La puerta se abrió sin resistencia. Lucía tragó saliva. —Esto no me gusta. Samuel bajó el primer escalón. —A él tampoco le va a gustar. Bajaron despacio. El sótano olía a humedad, a cables viejos, a polvo acumulado durante años. La linterna iluminaba paredes de cemento, tuberías oxidadas, cajas apiladas. Pero había algo más. Un sonido. Un goteo. Regular. Constante. Ploc. Ploc. Ploc. Gabriel iluminó la esquina. —¿Qué es eso? Lucía avanzó. —Parece agua. Samuel negó. —No es agua. Se acercaron. El goteo caía desde una tubería rota. Pero el líquido no era transparente. Era oscuro. Denso. Rojo. Lucía retrocedió. —¿Es…? Samuel negó. —No. No es sangre. Es pintura. Pintura roja. Gabriel frunció el ceño. —¿Pintura? ¿Por qué habría pintura acá? Samuel señaló la pared. —Por eso. Lucía iluminó. Y ahí estaba. El símbolo. La V cruzada. Pintada fresca. Goteando. Pero no era solo eso. Debajo del símbolo había una frase escrita con la misma letra firme de siempre. “Bienvenidos al lugar correcto.” Gabriel sintió un escalofrío. —Nos estaba esperando acá. Lucía apretó la linterna. —¿Y ahora qué? Samuel dio un paso adelante. —Ahora… lo obligamos a mostrarse. Y entonces, desde la oscuridad del fondo del sótano, una voz habló. Una voz distinta a la de Ernesto. Distinta a la que escucharon en la fábrica. Una voz tranquila. Demasiado tranquila. —Samuel… Llegaste tarde. Lucía giró la linterna hacia el fondo. Gabriel levantó los puños. Samuel no se movió. La voz habló otra vez. —Pero no te preocupes. Yo ya estoy acá. Y algo —una silueta, una sombra, un cuerpo— dio un paso hacia adelante. No lo suficiente para verse. Pero lo suficiente para que supieran que no estaban solos.