La linterna tembló apenas en la mano de Lucía, pero no por miedo: por la tensión del momento. El sótano estaba tan silencioso que incluso el goteo de la pintura parecía un reloj marcando el tiempo hacia algo inevitable. La voz volvió a sonar desde el fondo. —Samuel… Te dije que no corrieras. Gabriel dio un paso adelante, interponiéndose entre la voz y los otros dos. —Mostrate —dijo, con un tono que no había usado nunca. La respuesta fue una risa suave. No burlona. No cruel. Una risa… satisfecha. —Ya me están viendo —respondió la voz. Lucía enfocó la linterna hacia el fondo. La luz iluminó cajas viejas, tuberías oxidadas, una columna de cemento… y algo más. Una figura. No completamente visible. No completamente oculta. Un hombre de pie, quieto, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. Como si estuviera estudiándolos. Samuel sintió que el aire se volvía más denso. —¿Quién sos? —dijo, sin levantar la voz. La figura dio un paso adelante. La luz reveló un poco más: • botas negras • pantalón oscuro • una campera gruesa • guantes • y una máscara. No una máscara de plástico. No una máscara de carnaval. Una máscara lisa, blanca, sin rasgos. Sin ojos. Sin boca. Sin expresión. Solo una superficie vacía. Lucía retrocedió un paso. —¿Qué… es eso? La figura inclinó la cabeza hacia ella. La máscara reflejó la luz de la linterna como un espejo opaco. La voz habló otra vez. —No soy un qué. Soy un quién. Gabriel apretó los puños. —¿Y ese quién tiene nombre? La figura se acercó un poco más. No lo suficiente para mostrar el rostro detrás de la máscara. Solo lo suficiente para que la presencia se volviera física. —Tengo muchos nombres —dijo—. Pero ustedes ya conocen el único que importa. Samuel sintió un escalofrío. —¿Cuál? La figura levantó una mano enguantada. Señaló la pared donde estaba el símbolo. —Ese. Lucía tragó saliva. —¿La V? La figura inclinó la cabeza. —No es una V. Es un ojo. Gabriel frunció el ceño. —¿Un ojo? La figura dio un paso más. La linterna tembló en la mano de Lucía. —Un ojo que ve. Un ojo que sigue. Un ojo que elige. Samuel sintió un golpe en el pecho. —¿Por qué yo? La figura se detuvo. La máscara lo miró directamente. —Porque estabas roto. Y la gente rota… es interesante. Lucía apretó los dientes. —No está roto. La figura giró la cabeza hacia ella. —No ahora. Pero lo estuvo. Y yo lo vi. Gabriel dio un paso adelante. —¿Qué querés de él? La figura bajó la mano. —Quiero ver qué hace cuando lo empujan. Quiero ver si se quiebra. Quiero ver si se sostiene. Quiero ver si ustedes lo sostienen. Samuel respiró hondo. —¿Y Ernesto? ¿Qué le hiciste? La figura no se movió. —Lo observé. Lo estudié. Lo probé. Y cuando dejó de ser interesante… lo dejé. Lucía sintió un nudo en la garganta. —¿Lo dejaste encerrado siete años? La figura inclinó la cabeza. —Él eligió quedarse. Como ustedes eligieron venir. Gabriel apretó los dientes. —No elegimos nada. La figura dio un paso más. Ahora estaba a menos de tres metros. —Siempre eligen. Incluso cuando creen que no. Samuel dio un paso adelante. Lucía intentó detenerlo, pero él no se detuvo. —¿Qué querés de mí? —preguntó Samuel. La figura se quedó quieta. Muy quieta. Demasiado quieta. —Quiero ver quién sos cuando nadie te sostiene. Lucía se interpuso entre ellos. —No va a estar solo. La figura giró la cabeza hacia ella. —Eso es lo que quiero ver. Gabriel levantó la linterna. —¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora? La figura respondió sin dudar. —Porque ustedes tres… son un patrón. Samuel frunció el ceño. —¿Un patrón? La figura asintió. —Tres personas. Tres vínculos. Tres puntos de quiebre. Tres formas de caer. Lucía sintió un escalofrío. —¿Y qué pasa si no caemos? La figura inclinó la cabeza hacia atrás, como si sonriera detrás de la máscara. —Entonces… me obligan a intervenir. Samuel dio un paso más. —¿Qué significa eso? La figura levantó la mano. Y con un movimiento lento, preciso, señaló la escalera por la que habían bajado. —Significa que no viniste solo. Los tres se giraron al mismo tiempo. En la parte superior de la escalera, iluminado por la luz tenue del pasillo, había alguien más. Un hombre. Despeinado. Con la ropa sucia. Con los ojos abiertos de par en par. Ernesto. Pero no como lo habían visto en la fábrica. No atado. No débil. No resignado. De pie. Mirándolos. Con una expresión que no era miedo. Era obediencia. Lucía sintió que el corazón se le detenía. —No… —susurró. Gabriel retrocedió un paso. Samuel no se movió. La figura habló desde atrás. —Les dije que no estaban solos. Ernesto bajó un escalón. Luego otro. Luego otro. Y la figura, desde la oscuridad, dijo: —Ahora empieza de verdad