No Están Solos

CAPÍTULO 50 — Lo Que Se Rompe y Lo Que Se Sostiene

Ernesto avanzó hacia ellos con pasos lentos, pesados, como si cada movimiento fuera dirigido por hilos invisibles. La figura enmascarada no se movía. No necesitaba hacerlo. Su presencia llenaba el sótano como un peso físico. Lucía retrocedió un paso. Gabriel levantó la linterna como si pudiera detener lo inevitable. Samuel se quedó quieto, respirando hondo, como si estuviera a punto de saltar a un vacío que ya conocía. La figura habló. —Samuel… Elegí. Samuel apretó los puños. —No voy a elegir entre ellos. La figura inclinó la cabeza. —Entonces elegí entre vos… y él. Ernesto se detuvo a un metro de Samuel. Sus ojos estaban vacíos, pero había algo más detrás: un dolor antiguo, profundo, que no tenía nada que ver con la máscara ni con la figura. Lucía dio un paso adelante. —Ernesto, escuchame. No tenés que hacer esto. Ernesto la miró. Y por un instante —solo un instante— algo humano volvió a aparecer en sus ojos. —No puedo… —susurró. La figura levantó una mano. —No lo distraigan. Gabriel se interpuso entre Ernesto y Samuel. —Si querés llegar a él, vas a pasar por mí. La figura habló con una calma insoportable. —Eso es lo que quiero ver. Samuel dio un paso adelante, apartando a Gabriel. —No. Esto es entre él y yo. Lucía lo tomó del brazo. —Samuel, no. Samuel la miró. —No voy a pelear. Voy a hablar. La figura inclinó la cabeza. —Hablar no sirve. Samuel lo ignoró. Se acercó a Ernesto. A centímetros. —Tío… mírame. Ernesto levantó la vista. Sus ojos temblaron. Apenas. Pero temblaron. —No sos esto —dijo Samuel—. No sos lo que él quiere que seas. Ernesto respiró hondo. Su mandíbula se tensó. —Yo… ya no sé quién soy. Samuel dio un paso más. —Sí sabés. Sos el que me enseñó a andar en bici. El que me cuidaba cuando mis viejos peleaban. El que me decía que no me guardara todo adentro. Ernesto cerró los ojos. Una lágrima cayó. Una sola. La figura habló, irritada por primera vez. —Samuel… No lo toques. Samuel lo ignoró. Puso una mano sobre el hombro de Ernesto. —No estás solo. Ernesto abrió los ojos. Y por primera vez desde que lo encontraron, su mirada volvió a ser suya. —Samuel… La figura dio un paso adelante. —¡Basta! Gabriel se interpuso. —No vas a tocarlo. La figura levantó la mano. Ernesto se estremeció. Como si una corriente invisible lo atravesara. Lucía gritó: —¡Samuel, atrás! Pero Samuel no se movió. —¡No! —gritó—. ¡No voy a dejar que lo uses! La figura bajó la mano. La máscara blanca brilló bajo la linterna. —Entonces rompelo vos. Samuel respiró hondo. Y dijo algo que nadie esperaba. —No voy a romper a nadie. Voy a romperte a vos. La figura se quedó inmóvil. La máscara no tenía expresión, pero algo en el aire cambió. —¿Cómo? —preguntó la voz. Samuel dio un paso adelante. —No jugando tu juego. La figura inclinó la cabeza. —No podés salir sin jugar. Samuel negó. —Sí puedo. Porque no estoy solo. Lucía se acercó a su lado. Gabriel también. Los tres juntos. Sin separarse. Sin dudar. La figura se tensó. Por primera vez. —No… —susurró—. No hagan eso. Samuel habló con una calma que no era normal. —Vos dijiste que ganabas cuando separabas. Cuando aislabas. Cuando uno dudaba del otro. La figura retrocedió un paso. —No. Samuel avanzó. —Entonces perdés cuando estamos juntos. La figura levantó la mano, desesperada. —¡No! ¡No entienden! Lucía gritó: —¡Ernesto, vení con nosotros! Ernesto dio un paso. Luego otro. Luego otro. La figura gritó: —¡No te muevas! Pero Ernesto siguió avanzando. Temblando. Llorando. Rompiendo la orden que lo había mantenido preso durante siete años. Gabriel tomó a Ernesto del brazo. Lucía tomó a Samuel. Samuel tomó a Ernesto. Los tres. Y él. Juntos. La figura retrocedió. La máscara tembló. La voz se quebró. —No… No pueden… No pueden hacerme esto. Samuel habló con firmeza. —Vos no decidís más. La figura dio un paso atrás. Otro. Otro. Y entonces, como si la oscuridad lo tragara, desapareció entre las sombras del sótano. No corriendo. No atacando. No gritando. Desapareciendo. Como si nunca hubiera estado ahí. El silencio volvió. Un silencio real. No el silencio tenso de antes. Un silencio… libre. Ernesto cayó de rodillas. Lucía lo sostuvo. Gabriel respiró hondo. Samuel se dejó caer al suelo, agotado. Ernesto lloró. Lloró como alguien que vuelve a ser humano después de demasiado tiempo. —Perdón… —susurró—. Perdón por todo. Samuel lo abrazó. —No tenés que pedir perdón. Ya está. Ya terminó. Lucía miró hacia la oscuridad donde la figura había desaparecido. —¿Volverá? Samuel respiró hondo. —No lo sé. Pero si vuelve… Gabriel completó la frase. —No va a encontrarnos solos. Samuel asintió. —Nunca más. Los cuatro subieron las escaleras. Lentos. Cansados. Pero juntos. Cuando salieron del sótano, la noche seguía ahí. Oscura. Silenciosa. Pero ya no era una amenaza. Era solo noche. Y por primera vez desde que todo empezó, los tres —y Ernesto— sintieron algo que no habían sentido en mucho tiempo: Libertad. : 🖤EPÍLOGO — Algo Que No Se Apaga La noche siguiente fue tranquila. Demasiado tranquila. Samuel no durmió. Ernesto tampoco. Lucía y Gabriel se turnaron para quedarse despiertos, más por costumbre que por miedo. La ciudad seguía igual. Los autos pasaban. Los perros ladraban. Las luces de las casas se apagaban una a una. Pero había algo distinto en el aire. Una sensación leve, casi imperceptible, como un eco que no termina de desaparecer. A las tres de la mañana, Samuel se levantó para tomar agua. Cruzó el living en silencio. Miró por la ventana sin saber por qué. Y ahí lo vio. No una figura. No una sombra. No un rostro. Solo un papel. Pegado en la puerta del edificio de enfrente. Blanco. Limpio. Perfectamente centrado. Samuel bajó las escaleras sin despertar a nadie. Cruzó la calle. Arrancó el papel con manos temblorosas. Había una sola frase. Escrita con la misma letra firme de siempre. “No terminamos.” Samuel cerró los ojos. Respiró hondo. Y sonrió con una mezcla de cansancio y desafío. —Entonces seguí mirando —murmuró—. Porque yo tampoco terminé. Dejó el papel en el bolsillo. Volvió al edificio. Cerró la puerta detrás de él. Y en la oscuridad de la calle vacía, algo —o alguien— se movió apenas, lo suficiente para dejar claro que la historia no había muerto. Solo estaba esperando.




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