No EstÁs Tarde, EstÁs Despertando

La crisis que te obliga a cuestionar el camino que creías correcto

PRÓLOGO

La primera vez que entré a una cárcel

Las puertas de hierro se cerraron detrás de mí con un sonido seco.

Un sonido que no se parece a nada más.

Clang.

Ese fue el momento en el que entendí algo que nunca había imaginado cuando era más joven: yo iba a trabajar aquí.

Dentro de una cárcel.

Antes de ese día nunca había estado ni siquiera cerca de una. Ni a una cuadra. Para mí era un lugar lejano, algo que existía en las noticias o en películas, pero no en mi realidad.

Y sin embargo, ahí estaba.

Respiré profundo e intenté caminar con naturalidad mientras avanzaba por el primer pasillo.

Intentaba que mi rostro no mostrara lo que estaba pasando por dentro.

Porque por dentro lo que sentía era una mezcla muy clara de emociones: curiosidad, adrenalina… y miedo.

A veces la vida te lleva a lugares que nunca imaginaste.
A trabajos que jamás habías considerado.
A situaciones que te obligan a descubrir partes de ti que no sabías que existían.

En ese momento todavía no lo sabía, pero ese trabajo iba a enseñarme mucho más que cualquier carrera universitaria.

Me iba a enseñar sobre las personas.

Sobre el poder del carácter.

Sobre el respeto.

Y también sobre algo que muchos descubrimos tarde:

que no siempre estamos viviendo el camino que realmente queremos.

Ese descubrimiento, aunque al principio incomoda, puede cambiarlo todo.

Introducción

Creo que nadie nos explicó lo que realmente pasa cuando te acercas a los treinta.

Nos dijeron que crecer era sencillo: estudiar, elegir una carrera, encontrar estabilidad, enamorarnos, construir una vida.

Un camino lógico.
Ordenado.
Seguro.

Pero nadie habló de lo que ocurre cuando, de pronto, te detienes un momento y te haces una pregunta incómoda:

¿Estoy viviendo la vida que realmente quería?

Hay momentos en los que empiezas a cuestionarlo todo.

El camino que elegiste.
Las decisiones que tomaste.
Las versiones de ti que intentaste ser.

Cuando somos más jóvenes, esas preguntas no pesan tanto. Parece que hay tiempo. Que todo se acomodará solo. Que algún día todo tendrá sentido.

Pero cuando te acercas a una edad en la que la sociedad espera que ya seas independiente, estable, segura… esas preguntas empiezan a doler.

Y mucho.

Creo que este sentimiento nace de las expectativas.

De las de los demás, sí.
Pero sobre todo de las nuestras.

De la versión de vida que imaginábamos tener a esta edad.
De los sueños que parecían claros.
Y de la incertidumbre que ahora ocupa su lugar.

Miro a mi alrededor y veo de todo.

Amigas que siguen estudiando.
Otras que dejaron la carrera.
Algunas enamoradas.
Otras con el corazón roto.
Algunas construyendo familia.

Y estamos también las que, simplemente, no sabemos exactamente qué hacer con nuestra vida.

Hay tantos caminos posibles que a veces paraliza elegir uno.

A veces me pregunto si perdí el tiempo.

Si estudiar algo que hoy no me apasiona fue un error.
Si desperdicié años y el esfuerzo de mis padres en algo que no terminó siendo para mí.

Y lo más incómodo es admitirlo.

Porque nadie quiere reconocer que quizá no tiene todo tan claro como pensaba.

Pero la verdad es que muchas personas atraviesan este momento.

Solo que casi nadie lo dice en voz alta.

Creo que el miedo es la emoción que más aparece cuando te acercas a los treinta.

Yo lo siento constantemente.

Es esa voz que aparece justo antes de tomar una decisión y pregunta:

“¿En serio vas a hacer esto?”

Es lo que frena.
Lo que paraliza.
Lo que hace dudar.

Pero también, curiosamente, es lo que nos despierta.

Porque el miedo aparece cuando algo importante está cambiando.

Cuando ya no eres exactamente quien eras…
pero todavía no sabes quién vas a ser.

Y eso es profundamente incómodo.

Siempre dicen: “hazlo con miedo”.

Pero nadie explica lo difícil que es.

Nadie habla de lo que significa enfrentarte a tus propios errores, a tus decisiones, a las expectativas que tenías sobre tu vida.

Enfrentarte a ti misma es uno de los procesos más incómodos que existen.

Pero también puede ser uno de los más transformadores.

Tal vez esto no es una crisis.

Tal vez estoy desarmando.

Desarmando la idea de quién debía ser.
Desarmando los planes que parecían obligatorios.
Desarmando la versión de vida que aprendí a perseguir.

Y desarmar da miedo.

Porque cuando desmontas lo que creías seguro, durante un tiempo todo parece caos.

Pero también abre espacio para algo nuevo.

Tal vez este libro no tiene todas las respuestas.

Tal vez solo es una conversación honesta sobre ese momento extraño en el que muchas personas se encuentran entre los veintitantos y los treinta.

Ese momento en el que te das cuenta de que crecer no significa tener todo resuelto.

Significa empezar a conocerte de verdad.

Y como casi todos los procesos importantes en la vida…

todo empieza igual:

con un primer paso.

Capítulo 1

Cuando te das cuenta de que el plan no era realmente tuyo

Crecí creyendo que la vida tenía un orden.

No era algo que alguien dijera explícitamente, pero estaba ahí, en el ambiente, en la forma en que se hablaba de las decisiones correctas, del esfuerzo, de lo que significaba hacer las cosas bien.

Crecí en una familia católica muy estructurada.
Soy la menor de tres hermanas, y como suele pasar con los hermanos menores, muchas cosas ya estaban definidas antes de que yo siquiera empezara a cuestionarlas.




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