No Exit

No exit


NO EXIT: PRIMER NOCHE
¿Qué harías si despertaras en un lugar que sentís que ya conocés, aunque estás seguro de que nunca estuviste ahí?
No es un recuerdo claro. Es una sensación. Como un eco que aparece antes del miedo.
Me llamo Lía.
El día que abrí los ojos, supe que algo estaba mal, pero no sabría explicar qué.
El lugar era tranquilo. Demasiado.
Nada parecía peligroso, y sin embargo mi cuerpo no dejaba de tensarse, como si esperara que algo ocurriera en cualquier momento.
Los demás actuaban igual que yo.
Nadie preguntaba cómo habíamos llegado. Nadie lloraba.
Era como si todos entendiéramos, sin decirlo, que algunas preguntas no debían hacerse todavía.
El tiempo no se sentía normal.
Las horas pasaban, pero no dejaban marcas.
No había señales claras de encierro… y aun así, nadie intentaba irse.
Fue al anochecer cuando lo escuché por primera vez.
Voces.
No cerca. No lo suficientemente lejos como para ignorarlas.
Eran murmullos apagados, desordenados, como si vinieran desde otro lugar que no alcanzábamos a ver.
Pregunté si alguien más las oía.
Algunos me miraron raro. Otros bajaron la cabeza.
Uno solo susurró:
—No somos los únicos.
Desde entonces, cada vez que el viento cambia, las voces vuelven.
Nunca dicen palabras claras.
Nunca responden.
A veces tengo la certeza de que ya tomé decisiones acá.
Decisiones que olvidé.
Y cada vez que intento pensar demasiado, esa sensación vuelve:
que este lugar no necesita muros para retenernos.
Porque no está hecho para atraparnos.
Está hecho para observarnos.
Y no somos los únicos que estamos siendo observados.El lugar que espera
Desperté sin sobresaltos.
Eso fue lo primero que me pareció extraño.
No hubo gritos, ni recuerdos confusos chocando en mi cabeza. Abrí los ojos como si lo hubiera hecho miles de veces antes, con la sensación incómoda de llegar tarde a algo que no sabía qué era.
El cielo sobre mí era claro, limpio, de un color que no sabría nombrar. No era azul del todo. Tampoco gris. Era… constante.
Me incorporé despacio y miré alrededor.
Había otras personas.
No demasiadas. Un grupo reducido, disperso, sentados o de pie, todos en silencio. Nadie corría. Nadie hablaba fuerte. Algunos miraban el cielo como yo; otros observaban el suelo, como si esperaran encontrar respuestas entre las grietas invisibles.
—¿Hola? —dije, con la voz más baja de lo que pretendía.
Un chico giró la cabeza. Tendría mi edad, tal vez un poco más. Me miró un segundo de más, como si intentara recordar algo que no terminaba de aparecer.
—Hola —respondió—. Tranquila. No sos la única.
No pregunté a qué se refería.
Algo en su tono me dijo que ya lo sabía.
Me puse de pie. No sentí mareos. Mi cuerpo funcionaba bien. Demasiado bien.
Caminé unos pasos y noté lo mismo en los demás: nadie parecía herido, cansado ni asustado del todo. Era como si el miedo estuviera… contenido.
—¿Sabés dónde estamos? —pregunté.
El chico negó con la cabeza.
—Nadie lo sabe —dijo—. O nadie lo dice.
Eso me heló un poco.
Miré alrededor con más atención. El lugar era amplio, abierto, pero no infinito. Había límites, aunque no fueran claros. No paredes, no cercas. Solo una sensación extraña, como cuando te acercás a un borde aunque no lo veas.
—¿Y salir? —pregunté.
Esta vez no fue solo él el que reaccionó.
Varias miradas se cruzaron. Un par de personas bajaron la vista.
—No es tan simple —dijo una chica sentada en el suelo—. Nadie encontró una salida. Y… nadie la buscó de verdad.
Eso no tenía sentido.
O sí, pero no quería aceptarlo.
Me alejé un poco del grupo, respirando hondo. El aire era normal. Demasiado normal.
Entonces lo escuché.
Al principio pensé que era el viento.
Después, que alguien hablaba a mis espaldas.
Pero no.
Las voces venían de lejos.
No de un punto específico, sino como si el sonido viajara desde otro lugar, uno que no podía ver.
Me quedé quieta.
—¿Escuchan eso? —pregunté.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
El chico de antes apretó la mandíbula. La chica del suelo cerró los ojos.
—No mires hacia allá —murmuró alguien—. No sirve.
—¿Hacia dónde? —pregunté, ya sabiendo la respuesta.
—Hacia donde están ellos.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Ellos quiénes?
Nadie respondió.
Las voces seguían ahí, suaves, inentendibles. No gritaban. No pedían ayuda.
Solo existían.
Y en ese momento lo entendí:
no estábamos solos.
Nunca lo habíamos estado.
Y el lugar…
el lugar lo sabía desde el principio.
No tuve tiempo de pensar mucho más, porque una chica se incorporó a mi lado de golpe. Tenía el pelo oscuro atado de cualquier manera y los ojos atentos, como si llevara horas despierta.
—Escuchame —me dijo en voz baja, pero firme—. No sé por qué, pero siento que nosotras tenemos que organizarlos. Ahora.
La miré.
No pregunté por qué “nosotras”.
Asentí.
Fue raro. No dimos un discurso ni gritamos órdenes. Simplemente empezamos a hablar, y los demás empezaron a escuchar.
—Necesitamos saber qué hay alrededor —dije—. No para escapar todavía. Para conocer el lugar.
Un grupo de chicos salió corriendo, rodeando el perímetro visible. No iban desesperados, iban atentos, memorizando caminos, marcas, cualquier cosa que pudiera servir después.
—También necesitamos dónde dormir —dijo ella—. No sabemos cuánto tiempo vamos a estar acá.
Los más ágiles se pusieron en movimiento enseguida. Usaron lo que encontraron, acomodaron el terreno, improvisaron espacios simples pero suficientes para pasar la noche sin quedar expuestos.
—La comida —agregué—. No podemos esperar a tener hambre para pensar en eso.
Un par de personas se ofrecieron sin que nadie se los pidiera. Examinaron el suelo, separaron zonas, empezaron a armar algo parecido a un huerto. No sabíamos si iba a funcionar, pero hacerlo nos daba una ilusión mínima de control.
Y después estaban los otros.
Los que no se quedaban quietos.
Caminaban solos, miraban más allá, tocaban el aire como si esperaran encontrar un límite invisible. Buscaban salidas, grietas, errores en el lugar. No decían mucho, pero se notaba que su cabeza estaba en otro lado.
Mientras todo eso pasaba, entendí algo que no me gustó nada:
no era liderazgo.
Era supervivencia.
Y aunque pareciera que cada uno cumplía su parte, yo sentía que el lugar nos observaba reorganizarnos, como si estuviera tomando nota.
Como si quisiera ver hasta dónde éramos capaces de llegar…
antes de quitarnos algo.Pasaron varios días después de aquello, aunque nadie se animaba a decir cuántos.
El tiempo seguía avanzando de una forma extraña, como si no quisiera ser medido. No había amaneceres claros ni noches completamente oscuras, solo una luz que cambiaba apenas, lo justo para que el cuerpo entendiera cuándo debía descansar.
El lugar mantenía la misma vibra desde el primer día.
Nada explotaba. Nada se rompía.
Las voces seguían ahí, pero ya no eran un sobresalto constante. Aparecían de vez en cuando, lejanas, mezcladas con el sonido del viento. Como si el lugar respirara y ellas fueran parte de ese aire.
No molestaban.
Y eso era lo inquietante.
Todo parecía haberse vuelto pacífico, pero era una paz tensa, sostenida por algo invisible. Una de esas calmas que no tranquilizan, sino que te mantienen alerta, esperando el error mínimo que lo arruine todo.
Con el paso de los días empezamos a conocernos más.
No con grandes charlas, sino con detalles chicos: quién se despertaba antes, quién evitaba mirar a los ojos, quién siempre se ofrecía para ayudar y quién prefería trabajar solo.
La confianza crecía de a poco, como una cuerda fina que todavía no sabíamos si iba a resistir el peso.
Algunos se reían más fuerte de lo necesario.
Otros hablaban poco, observaban mucho y se mantenían a cierta distancia, como si acercarse demasiado fuera peligroso.
Yo sentía todo con una intensidad rara, como si mis sentidos estuvieran más despiertos que los de los demás.
Esa noche lo confirmé.
El frío llegó sin aviso. No era el frío común de una noche larga; era un frío distinto, incómodo, que se metía entre la ropa y se quedaba ahí. Me erizaba la piel, me tensaba los músculos.
Intenté dormir, pero el cuerpo no me respondió. Cada vez que cerraba los ojos, sentía que algo no encajaba.
Miré alrededor.
Los demás dormían. Respiraban tranquilos. Nadie se movía.
Fue ahí cuando entendí que solo yo lo estaba sintiendo.
Me levanté despacio, cuidando que el suelo no crujiera bajo mis pies. El aire se sentía más pesado afuera, como si costara un poco más respirar. Caminé sin rumbo fijo hasta juntar algunos palos secos que habíamos guardado. Mis manos estaban frías, rígidas.
Prendí una fogata pequeña.
El fuego tardó en aparecer, pero cuando lo hizo, iluminó todo con una luz cálida que contrastaba demasiado con el ambiente. Las llamas se movían lento, como si también estuvieran cansadas.
Me senté frente a ellas.
El crepitar del fuego era el único sonido cercano. Todo lo demás parecía lejos, amortiguado.
El lugar se sentía extraño.
No desconocido.
Todo lo contrario.
Era como volver a un sitio que no visitás hace mucho tiempo, pero que tu cuerpo recuerda antes que tu mente. Cada rincón, cada sombra, cada cambio en el aire me resultaba familiar.
No como algo reciente.
Como algo antiguo.
Me quedé ahí hasta que el cansancio me venció. Cuando volví a acostarme, el frío había cedido un poco. Cerré los ojos y me dormí.
Soñé con una mujer.
No veía su rostro. No distinguía su cuerpo con claridad. Era más una presencia que una imagen.
Pero su voz era suave, firme, segura.
Todo va a estar bien, decía.
No pronunció mi nombre.
No me dio explicaciones.
Al despertar, el sueño seguía ahí, intacto, como si no hubiera querido irse. Me incorporé despacio, con el corazón acelerado.
Y lo supe.
Algo iba a pasar.
No algo bueno.
No algo que nos ayudara.
Era uno de esos golpes que no te levantan, sino que te obligan a mirar todo desde otro ángulo. Uno de esos momentos que cambian la forma en la que entendés lo que te rodea, en un solo segundo.
Mientras observaba el lugar despertar, con la luz volviendo a acomodarse como si nada hubiera ocurrido, entendí que esa noche no había sido solo una noche más.
Había sido una advertencia.
Y el lugar…
el lugar ya estaba preparado.Nadie notó el cambio al principio.
Eso fue lo peor.
El lugar despertó como siempre: la luz acomodándose sin sol visible, el aire tibio regresando de a poco, los cuerpos estirándose con esa calma artificial que ya empezaba a resultarme sospechosa.
Pero yo lo sentía.
Algo estaba distinto.
No era visible. No era un sonido nuevo ni una ausencia evidente. Era una presión sutil, como cuando alguien te observa desde atrás y todavía no giraste la cabeza.
Me acerqué al grupo. Algunos hablaban entre ellos, otros desayunaban lo poco que habíamos logrado organizar. Todo parecía igual… salvo por un detalle mínimo: nadie estaba solo.
No porque se hubieran vuelto más unidos.
Sino porque el lugar ya no lo permitía.
—¿Dormiste bien? —me preguntó la chica del pelo oscuro, la misma que había hablado de organizarnos la primera noche.
La miré un segundo de más.
—No —respondí—. ¿Vos?
Negó apenas con la cabeza.
—Soñé algo raro.
No pregunté qué. El tono de su voz me dijo que no quería decirlo en voz alta.
Caminamos juntas hacia el borde del área que conocíamos. No había una línea clara que marcara el límite, pero el cuerpo lo sabía. Siempre lo sabía.
—¿Sentís eso? —pregunté.
Ella frenó en seco.
—Sí —dijo—. Como si… estuviéramos más cerca.
—¿De qué?
No respondió enseguida. Apoyó la mano en el aire, como si esperara tocar algo invisible.
—De ellos.
Las voces no se oían.
Eso también era nuevo.
El silencio estaba demasiado limpio. Demasiado entero. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo a propósito.
—Antes estaban —dije—. Siempre estaban.
—Tal vez ya no necesitan hablar —respondió ella.
Un grito nos interrumpió.
Venía del otro lado del campamento.
Corrimos.
Un chico estaba en el suelo, respirando agitado, con los ojos abiertos de más. Dos personas intentaban calmarlo, pero él no parecía verlos.
—No se mueve —repetía—. No cambia.
—¿Qué cosa? —pregunté, agachándome frente a él.
Me miró directo a los ojos.
—El lugar —dijo—. Ya decidió.
Un escalofrío me recorrió entera.
—¿Decidió qué?
Tragó saliva.
—A quién mirar primero.
En ese instante, algo vibró en el aire.
No fue un temblor. No fue un ruido.
Fue una sensación compartida.
Todos levantamos la cabeza al mismo tiempo.
El cielo, ese color constante que nunca cambiaba, se onduló apenas. Como una superficie de agua cuando algo se mueve debajo.
Nadie habló.
Nadie corrió.
El lugar no atacó.
Solo observó.
Y por primera vez desde que desperté ahí, entendí la verdad completa:
No estábamos esperando que algo pasara.
El lugar estaba esperando que nosotros hiciéramos algo mal.
Y esta vez…
no iba a advertirnos.
La segunda noche había comenzado.
Y no todos la iban a terminar.
Decir los nombres fue inevitable.
No pasó en una reunión formal ni porque alguien lo propusiera. Simplemente ocurrió, como si el lugar hubiera decidido que ya era hora de dejarnos creer que éramos anónimos.
—Me llamo Lía —dije, sin saber por qué sentí la necesidad de hacerlo.
La chica del cabello oscuro me miró. Tenía la mirada firme, pero cansada, como alguien que piensa demasiado incluso cuando está quieta.
—Vera —respondió—. Supongo.
Ese “supongo” quedó flotando en el aire.
El chico del primer día se acercó un poco más. Seguía teniendo esa forma rara de mirar, como si siempre estuviera comparando el presente con algo que no recordaba del todo.
—Soy Tomás —dijo—. Y antes de que preguntes… no, tampoco sé cómo llegué acá.
Asentí.
Éramos cuatro mirándonos, sin decirlo, pero entendiéndolo: algo nos estaba uniendo desde el principio. No por elección. Por función.
Fue Vera la que rompió el silencio.
—¿No te parece raro que recién ahora digamos nuestros nombres?
—Todo acá es raro —respondió Tomás—. Pero esto… se siente distinto.
Yo también lo sentía.
Como si al nombrarnos, el lugar hubiera tomado nota.
Y entonces apareció ella.
No hubo ruido previo. No escuchamos pasos. No sentimos el aire cambiar.
Simplemente estaba ahí.
De pie, a unos metros, observándonos con una calma que no encajaba con nada de lo que habíamos vivido hasta ese momento.
Era más alta que yo, de pelo claro y suelto, la ropa impecable para alguien que llevaba el mismo tiempo que nosotros ahí… o al menos eso creímos.
—Llegan tarde —dijo.
No levantó la voz. No sonó agresiva.
Pero todos nos tensamos.
—¿Quién sos? —preguntó Vera, dando un paso adelante sin darse cuenta.
La chica inclinó apenas la cabeza.
—Ariana.
Ese nombre me golpeó fuerte. No porque lo conociera… sino porque mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—¿Desde cuándo estás acá? —pregunté.
Ariana sonrió apenas.
—Desde antes de que el lugar decidiera mirarlos.
Tomás apretó los puños.
—¿Y eso qué significa?
Ariana lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Que ustedes todavía creen que están descubriendo cosas —dijo—. Y no lo están.
El silencio fue inmediato.
—Entonces explicanos —dije—. Si sabés tanto.
Ariana negó despacio.
—No puedo. No todavía.
—¿Por qué? —preguntó Vera, con bronca contenida.
—Porque si lo hago, el lugar acelera —respondió—. Y todavía no están listos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Listos para qué?
Ariana me miró directo a los ojos.
—Para elegir mal.
Un viento frío nos atravesó.
Las voces, que habían estado ausentes todo el día, volvieron de golpe. No más fuertes, pero sí más cercanas. Como si celebraran algo.
—Escuchen —dijo Ariana—. No todos ustedes van a importar.
Eso dolió más de lo que debería.
—Pero ustedes cuatro —continuó— ya están marcados.
—¿Marcados cómo? —susurró Tomás.
Ariana dio un paso atrás.
—El lugar no atrapa personas —dijo—. Atrapa decisiones.
Y ustedes ya tomaron la primera.
Antes de que pudiera decir nada más, se dio vuelta y caminó hacia la zona que nadie se animaba a explorar.
No se desvaneció.
No desapareció.
Simplemente se fue.
Y el lugar…
el lugar pareció acomodarse alrededor de su ausencia.
—No confío en ella —dijo Vera.
—Yo tampoco —respondí—.
Tomás tragó saliva.
—Pero tampoco creo que esté mintiendo.
Nadie durmió esa noche.
Porque ya no estábamos solos.
Y ahora sabíamos algo peor:
alguien estaba jugando con ventaja.No podía dormir.
El cuerpo estaba cansado, pero la cabeza no se callaba. Cada vez que cerraba los ojos, sentía esa presión en el pecho, como si algo me empujara a moverme, a volver sobre mis pasos.
Así que me levanté.
Nadie me vio irme. O tal vez sí, pero nadie dijo nada. En este lugar, a veces mirar para otro lado también era una forma de sobrevivir.
Caminé hacia el punto donde todo había empezado.
No había marcas. No había señales claras. Pero mis pies sabían a dónde ir, como si ya hubiera hecho ese recorrido antes.
Y entonces la vi.
A unos cincuenta… tal vez sesenta metros de mí, sentada en el suelo, tranquila, mirando ese cielo imposible que nunca cambiaba.
Ariana.
No me sorprendió encontrarla ahí.
Aceleré el paso sin pensar. Cuando llegué, no la miré a los ojos. Me senté a su lado, dejando una distancia mínima entre las dos.
—Decime —dije en voz baja—. ¿Qué decisión fue la que tomamos?
Ella no respondió.
El silencio se estiró.
Un minuto.
Dos.
El viento pasó entre nosotras como si escuchara.
—¿Y qué es lo que ocultás? —agregué—. Porque sé que no nos dijiste todo.
Ariana suspiró.
No fue un suspiro cansado. Fue uno antiguo, como si ya hubiera tenido esta conversación antes.
—Cuando despertaron —empezó—, ninguno preguntó cómo llegó acá.
Sentí un nudo en el estómago.
—Eso fue la decisión.
Giré apenas la cabeza.
—¿Qué?
—Este lugar no elige personas al azar —continuó—. Elige reacciones. Elige lo que hacés cuando algo no tiene sentido.
Se quedó en silencio un segundo más.
—Ustedes aceptaron —dijo—. Sin decirlo, sin notarlo. Aceptaron quedarse, adaptarse, organizarse. No pelearon el lugar… lo hicieron habitable.
—Eso no fue una elección —susurré—. Fue supervivencia.
Ariana negó despacio.
—Eso es lo que todos creen.
Por primera vez, me miró.
—Este lugar no encierra cuerpos, Lía. Encierra formas de pensar. Y cuando ustedes decidieron no buscar la salida de inmediato, cuando decidieron esperar… el lugar los reconoció.
Sentí frío.
—¿Reconoció como qué?
—Como parte del sistema.
Las voces, lejanas, aparecieron apenas. No claras. No fuertes. Presentes.
—¿Y vos? —pregunté—. ¿Por qué sabés todo esto?
Ariana apartó la mirada.
—Porque yo desperté antes —dijo—. Y porque yo sí hice la pregunta equivocada.
—¿Cuál?
Su voz bajó todavía más.
—Qué pasaba si me iba.
El silencio cayó pesado entre nosotras.
—¿Hay salida? —pregunté, con miedo a la respuesta.
Ariana tardó en responder.
—Hay una —dijo al fin—. Pero no es para todos. Y no es limpia.
Tragué saliva.
—¿Y qué pasa ahora?
Ella se puso de pie.
—Ahora el lugar va a probarlos —dijo—. Uno por uno. Va a quitarles cosas. Confianza. Personas. Certezas.
Antes de irse, se inclinó hacia mí.
—Y cuando llegue el momento —susurró—, vas a tener que decidir si seguís siendo parte del lugar… o si lo rompés.
Se alejó sin mirar atrás.
Me quedé ahí, sola, entendiendo algo que me heló la sangre:
no estábamos atrapados por error.
Estábamos ahí porque, sin saberlo…
habíamos dicho que sí.La noche pasó más rápido de lo que esperábamos, como si el lugar tuviera prisa.
La luz cambió sin aviso, apagándose antes de tiempo, acomodándose en ese tono apagado y tenso que ya habíamos aprendido a temer. No fue oscuridad total, pero tampoco era la claridad engañosa de siempre. Era otra cosa.
Como si el lugar nos estuviera preparando.
Nadie habló.
Las voces no estaban.
Y eso fue la señal.
Sentí el frío antes de entenderlo. No envolvía todo el lugar. Se movía. Avanzaba lento, como si buscara algo… o a alguien.
Ahí fue cuando la prueba empezó.
Algo dentro de mí lo supo antes que mi mente. Una sensación brusca, urgente, como si el aire mismo me empujara a moverme. Esta vez no me quedé callada.
Corrí hacia Tomás y Vera como si el mundo dependiera de mis pies, de mi conciencia y de mis palabras.
Y por un segundo, lo escuché.
Un ruido profundo, metálico, como si un muro gigante se hubiera abierto en algún punto del lugar.
Mis pies se detuvieron.
No porque yo quisiera, sino porque mis ojos y mi mente me obligaron a girarme.
Lo que vi hizo que el cuerpo se me helara.
Desde la distancia se acercaba una docena de criaturas. No eran animales normales. Tenían la forma de escorpiones, pero eran demasiado grandes, demasiado rígidos. Mitad monstruo, mitad máquina. Sus cuerpos brillaban apenas, como si estuvieran hechos de metal vivo.
Corrían directo hacia nosotros.
—¡CORRAN! —grité con todo lo que me quedaba—. ¡VAYAN A LAS CASAS! ¡ESCÓNDANSE DONDE PUEDAN!
El pánico estalló.
Chicos y chicas corrieron en todas direcciones, buscando refugio en las casas que habíamos construido durante las últimas semanas. Yo también empecé a correr.
Mi cuerpo me obligó.
Tropecé.
No sé con qué. Que el creador de este libro lo sepa, porque yo no. Solo sentí el golpe y el frío del césped limpio bajo mi cuerpo. Pensé, con una claridad aterradora, que ese mismo suelo pronto se ensuciaría con la tormenta que se acercaba desde el lado contrario.
Este es mi fin, pensé.
Las cosas se acercaban.
Demasiado rápido.
Entonces sentí unas manos.
Me levantaron con fuerza y me empujaron a correr, más rápido de lo que creí posible.
Cuando por fin recuperé el control de mi cuerpo, corrí por mi cuenta. La entrada de una de las casas estaba a pocos metros cuando escuché un grito.
Una voz fina.
Desesperada.
—¡Líaaaaa! ¡Ayudameeee!
Ariana.
Vera y Tomás me agarraron de los brazos.
—¡No! —gritó Vera—. ¡No vuelvas!
—¡Lía, no! —dijo Tomás—. ¡Es lo que el lugar quiere!
Pero fue inútil.
Me solté.
Mis piernas se movieron solas.
Corrí hacia Ariana sin pensar, sin medir, sin escuchar nada más que su voz. Cuando la alcancé, me abalancé sobre ella para protegerla.
Y el suelo desapareció.
Caímos juntas.
El mundo se volvió oscuridad.
Y el pozo nos tragó.Pasaron unos minutos.
O tal vez horas.
En ese lugar, el tiempo ya no significaba nada.
Empecé a escuchar pasos. No eran de una sola persona. Eran varios. Un grupo. Mi grupo.
Alguien me sacó del pozo junto a Ariana. No pude distinguir quién fue. Cuando caí, algo había golpeado mi cabeza con fuerza y todo me retumbaba por dentro, como si el mundo estuviera desacomodado.
Después… nada.
Cuando desperté, estaba dentro de una de las casas.
Vera estaba de pie, recostada contra la puerta, mirando hacia afuera, tensa, alerta, como si esperara que algo volviera en cualquier momento.
—Vera… —dije con una voz tan débil que apenas me reconocí.
Se dio vuelta enseguida.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Lía, tenemos que salir de ac—
No la dejé terminar.
De alguna manera junté fuerzas, la alcancé y le tapé la boca.
—No —susurré—. No termines la frase. Este lugar escucha. Y toma en cuenta todo.
La vi tragar saliva.
Antes de poder decir algo más, el cuerpo me falló.
Caí en sus brazos.
Y me desmayé otra vez.
Pasaron horas.
Cuando volví a abrir los ojos, escuché una voz suave. La reconocí incluso antes de verla.
Ariana.
—Pasaste la primera prueba —dijo.
La miré, confundida, tratando de entender qué significaban esas palabras.
—Faltan tres —agregó.
Antes de que pudiera preguntar nada, la puerta se abrió de golpe.
—¡Todo esto es tu culpa! —gritó Vera.
Nunca le había escuchado ese tono. Era rabia pura. Miedo acumulado. Culpa buscando dónde caer.
—Desde que llegaste todo cambió —continuó—. Aparecen cosas, bichos gigantes, pruebas… ¡Lía pudo morir por tu culpa!
Ariana no se movió.
La miraba como si pudiera ver más allá de ella. Como si supiera exactamente cómo iba a terminar esa escena.
—Les decís que hay pruebas —siguió Vera—. Que hay una salida, pero que no es para todos. ¿Qué querés de nosotros?
Su voz se quebró al final.
El silencio se volvió pesado.
Ariana habló despacio.
—No quiero nada —dijo—. El lugar sí.
Vera apretó los puños.
—Mentís.
—Ojalá —respondió Ariana—. Pero no.
Se acercó un poco más.
—Esto no empezó cuando yo llegué —continuó—. Empezó cuando ustedes despertaron… y aceptaron quedarse.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Y Lía? —preguntó Vera, señalándome—. ¿Qué pasa con ella?
Ariana me miró.
No con pena.
Con certeza.
—Ella ya está marcada —dijo—. Porque eligió correr. Porque eligió volver. Porque eligió salvar a alguien sabiendo que podía morir.
El aire se volvió más frío.
—La primera prueba no era sobrevivir a las criaturas —agregó—. Era ver quién estaba dispuesto a perderse por otro.
Vera no dijo nada.
Yo cerré los ojos un segundo, entendiendo algo que me hizo temblar.
El lugar no nos estaba castigando.
Nos estaba midiendo.
Y lo peor de todo…
era que todavía no había empezado a hacerlo en serio.
La noche cayó como un rayo, con furia.
Los que quedaban se refugiaron en las pocas casas que seguían en pie. Nadie discutió. Nadie preguntó. El lugar había dejado claro que, cuando llegaba la noche, resistir era lo único permitido.
Yo no podía moverme.
El cuerpo no me respondía, como si todavía estuviera atrapado en el pozo.
Tomás, Vera y una chica que no dejaba de observarme con cautela se quedaron conmigo. Se movían a mi alrededor con cuidado, protegiéndome, como si nos conociéramos desde chicos, como si ese vínculo hubiera existido antes de que todo empezara.
Esa noche soñé.
Me desperté llorando, como una nena de cinco años después de la peor pesadilla de su vida, con el pecho apretado y la sensación de que algo horrible acababa de pasar… o estaba por pasar.
Y ahí estaba ella.
Ariana.
Observándome.
Como si supiera exactamente cuándo iba a despertar. Como si nada fuera casual.
Salimos sin decir palabra. El aire todavía estaba húmedo por la lluvia. Nos sentamos en un tronco que recién empezaba a secarse, todavía oscuro, todavía frío.
La miré con un sentimiento que no supe nombrar.
Miedo. Rabia. Necesidad.
Me armé de valor.
—Decime qué está pasando acá, Ariana.
Ella no me miró.
—No es el momento —dijo, tranquila, como si hablara del clima.
—No importa si es o no el momento —respondí—. Decime igual.
Por un segundo pensé que no iba a decir nada.
Suspiró.
—Está bien —dijo—. Pero si lo hago, vos y yo vamos a tener que arriesgarnos por el resto.
No respondí. Solo la miré. Creo que en ese silencio dije más de lo que podría haber dicho con palabras.
Ariana me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos.
—Esto no es reciente —empezó—. Más allá de lo que vemos, hay cosas que no se explican solas. Este lugar… no nació vacío.
Sentí un escalofrío.
—Necesito tu ayuda —continuó—. Sé que vos también escuchás las voces. Sé que sentís cuándo el lugar cambia. Y sé que, cuando llegue el momento, vas a tener que venir conmigo.
—¿Venir a dónde? —pregunté.
—A escapar —dijo—. Juntas.
Algo en mí dudó.
Cuando estaba a punto de preguntarle por qué solo nosotras…
—¡TRAICIONERA!
El grito me atravesó.
Vera se abalanzó sobre Ariana antes de que pudiera reaccionar. La golpeó con furia, una y otra vez, hasta que Ariana cayó al suelo, inconsciente.
—¡¿Qué te pasa?! —grité.
Vera respiraba agitada, temblando.
—Yo lo sabía desde el principio —dijo—. Ella no es lo que creés.
Miré a Ariana en el suelo.
—Por algo te trajo hasta acá sola —continuó Vera—. Te dice cosas, te llena la cabeza… y te pone en riesgo. Eso es lo que hace este lugar. Te separa.
Me agarró del brazo.
—Vámonos.
No tuve fuerzas para resistirme.
Mientras me llevaba de vuelta a la casa donde estaban los demás, miré una última vez hacia atrás.
Ariana seguía inmóvil.
Y por primera vez desde que desperté ahí, sentí algo peor que miedo:
la certeza de que, haga lo que haga…
alguien va a traicionar a alguien.
Y el lugar ya lo sabe.El día comenzó y arrasó con todo.
Me desperté como siempre, antes que los demás. El cuerpo ya no necesitaba alarmas en ese lugar. Abrí los ojos con la certeza de que algo iba a pasar. Ariana había dicho que faltaban tres pruebas, y yo sabía que ninguna iba a avisar antes de empezar.
Salí a tomar aire.
El silencio era raro. Demasiado atento.
Suspiré y me di la vuelta.
Ahí estaba.
Ariana.
Parada frente a mí, observándome. Abrí la boca para decir su nombre, apenas llegué a la mitad cuando me agarró de golpe y me tapó la boca.
—Shhh —susurró—. No hables. ¿No ves que lo agresiva que está tu amiga? Me puede volver a golpear.
Se me escapó una sonrisa mínima, nerviosa, sin saber por qué.
Antes de que pudiera decir algo, me tomó del brazo y empezó a llevarme lejos, hacia una cabaña aislada que no recordaba haber visto antes.
—¿Dónde estamos, Ariana? —pregunté, ya desconfiando.
—Tranquila —dijo—. Solo vení conmigo.
La seguí, mirando a todos lados.
—Ariana… este lugar no me gusta —le dije, bajando la mirada.
—Shhh —repitió—. No hables. Te escuchan.
Cuando levanté la vista, lo entendí todo.
No estábamos solas.
Había más gente. Demasiada.
—¡Ariana! —grité.
Algo me golpeó la cabeza.
El mundo se apagó.
Cuando desperté, Vera estaba frente a mí.
Me miraba con tristeza. Con decepción. Como si ya supiera exactamente lo que había pasado.
—¿Qué pasó? —pregunté, incorporándome con dificultad mientras me tocaba la cabeza.
—No lo sabemos —respondió—. Te encontramos hace una hora. No apareciste en toda la tarde… y cuando te vimos, estabas sangrando.
El estómago se me cerró.
—La voy a matar —susurré.
La chica que me había estado observando desde hacía días se acercó. Me miró con cautela, como siempre, pero esta vez había algo más.
Bronca.
Determinación.
Se inclinó hacia mí y me susurró:
—Te juro que yo también.
La abracé sin pensarlo.
Ella me devolvió el abrazo.
Y por primera vez desde que desperté en ese lugar, sentí algo parecido a seguridad. Como si, por un segundo, todo pudiera estar bien.
—Todo va a pasar —me dijo.
Me llevó a bañarme, me ayudó a cambiarme la ropa, todavía manchada de barro y sangre. El agua estaba fría, pero me devolvió un poco de claridad.
Mientras me secaba, una idea me atravesó la cabeza con fuerza:
Ariana no solo sabía más.
Sabía dónde llevarme para que nadie me encontrara.
Y eso significaba una sola cosa.
La siguiente prueba no iba a ser física.
Iba a ser decidir en quién confiar.
La prueba empezó
y mi mente se nubló.
No fue de golpe. No fue un apagón. Fue como si alguien hubiera tirado una niebla espesa dentro de mi cabeza, mezclando recuerdos, voces y sensaciones que no me pertenecían del todo.
El lugar se volvió borroso.
Escuché pasos, pero no sabía si eran míos. Escuché respiraciones, pero no estaba segura de que salieran de un pecho real. Las voces volvieron, más cerca que nunca, superpuestas, imposibles de distinguir.
Elegí, decían.
Siempre elegís, decían.
Me llevé las manos a la cabeza. El suelo parecía moverse, como si no quisiera sostenerme.
Entonces empecé a ver.
No imágenes claras. Fragmentos.
Vera riéndose, pero con sangre en las manos.
Tomás dándome la espalda sin mirarme.
Ariana extendiéndome la mano… y soltándola en el último segundo.
—No es real —susurré—. No es real.
El lugar no respondió.
Cambió.
Las casas desaparecieron. El cielo constante se quebró en tonos más oscuros. Estaba sola. Completamente sola. Y eso, más que cualquier monstruo, fue lo que me aterrorizó.
—Lía —dijo una voz detrás mío.
Me di vuelta.
Era yo.
O algo que se parecía demasiado.
—Esta es la parte donde dudás —dijo—. Donde ya no sabés si lo que sentís es tuyo… o del lugar.
—Callate —dije, con lágrimas en los ojos.
—Si dudás, perdés —respondió—. Y si confiás mal… también.
Sentí el peso de todo caer sobre mí.
Las pruebas no eran trampas.
Eran espejos.
Y el lugar no quería saber si yo era fuerte.
Quería saber
a quién estaba dispuesta a perder
para seguir adelante.
Entonces escuché un nombre.
No gritado.
No susurrado.
Pronunciado con una calma que me heló la sangre.
—Lía.
Y supe, con una certeza brutal, que la prueba recién empezaba de verdad.
—Lía.
La voz volvió a sonar, más cerca. No venía de un lugar fijo. Parecía surgir de todos lados y de ninguno a la vez, como si el aire mismo supiera mi nombre.
Di un paso atrás.
El suelo cambió bajo mis pies. Ya no era pasto. Era algo frío, liso, casi como vidrio empañado. En él se reflejaban imágenes que no quería ver.
—No mires —me dije—. No mires.
Miré igual.
Vi a Vera sentada en el suelo, con la cabeza entre las manos, repitiendo mi nombre como si fuera una disculpa.
Vi a Tomás de pie, inmóvil, mirando un punto vacío donde yo debería haber estado.
Vi a Ariana… sonriendo. No con maldad. Con tristeza.
—Esto no es real —dije en voz alta.
—Es posible —respondió la voz—. Y eso alcanza.
La niebla en mi cabeza se hizo más espesa. Me costaba respirar. Sentí que, si me quedaba quieta un segundo más, iba a olvidar quién era. No dónde estaba: quién.
Entonces apareció el lugar de nuevo.
Pero no como antes.
Estaba dividido.
A mi izquierda, Vera y Tomás. Me miraban sin verme, como si yo fuera un recuerdo que se desarmaba.
A mi derecha, Ariana, sola, con la mano extendida.
Entre ambos lados, una distancia corta. Ridículamente corta.
—Elegí —dijo el lugar, sin voz.
—No —respondí—. No voy a elegir.
El suelo vibró.
Las imágenes empezaron a romperse, como espejos agrietados. El dolor me atravesó la cabeza, pero no grité. Apreté los dientes.
—Si no elegís —dijo la voz—, alguien lo hará por vos.
Vi a Vera levantar la mirada.
Por primera vez, me vio.
—Lía… —dijo—. Volvé.
Y al mismo tiempo, Ariana habló:
—Si volvés, todo sigue igual. Si venís conmigo, algo cambia.
Las palabras pesaban distinto. No prometían nada bueno. No ofrecían seguridad.
Solo verdad.
Mis piernas temblaban. Sentí miedo, pero también algo nuevo: bronca.
—Esto es una trampa —dije—. No es una elección justa.
El lugar no negó nada.
Eso fue peor.
Respiré hondo. Recordé el pozo. La caída. Las manos levantándome. La sangre. La confusión.
Y entendí.
La prueba no era elegir personas.
Era elegir qué parte de mí iba a sobrevivir.
Di un paso.
No hacia la izquierda.
No hacia la derecha.
Hacia adelante.
El suelo se resquebrajó.
Las imágenes se desarmaron en pedazos de luz. Las voces gritaron, no de enojo… de sorpresa.
El dolor explotó en mi cabeza y caí de rodillas.
Pero no desaparecí.
—Interesante —dijo el lugar, casi con curiosidad—. Nadie había hecho eso antes.
El mundo volvió de golpe.
El aire. El frío. Los sonidos reales.
Abrí los ojos.
Estaba en el piso de una de las casas. Vera me sostenía la cabeza. Tomás estaba a mi lado. La chica que me había cuidado apretaba mi mano.
—Volvió —dijo alguien—. Lía volvió.
Intenté hablar, pero solo salió un susurro.
—La prueba… —dije—. No terminó.
Sentí algo en el pecho. No dolor. Cambio.
A lo lejos, muy lejos, el lugar se acomodó.
No contento.
Alerta.
Porque por primera vez…
alguien no había jugado como se esperaba.
Y yo sabía algo más, algo que no debería saber todavía:
ya no estaba participando de las pruebas.
Las había desordenado.
Y el lugar
no perdona eso.Yo era especial.
Y el lugar lo sabía.
El aire se tensó de golpe, como si hubiera cometido un error imperdonable. Sentí esa presión conocida en el pecho, pero esta vez venía cargada de enojo. No curiosidad. No interés.
Rabia.
El suelo vibró con violencia.
Entonces los soltó.
Más de esos bichos horribles, saliendo de todos lados al mismo tiempo. Escorpiones gigantes, cuerpos metálicos, patas afiladas golpeando el suelo con un ruido ensordecedor. Eran demasiados. Muchísimos más que antes.
El caos explotó.
Gritos. Pasos. Golpes. El sonido del metal rozando la tierra.
Pero entre todo ese ruido, escuché algo con claridad absoluta.
Una voz.
No venía de afuera.
Venía de adentro del lugar.
—No creas que sos inteligente —dijo—. Por eso mismo vas a cansarte. Y cuando lo hagas… los vas a abandonar.
Sentí que me atravesaba.
—Todo lo que empezó —continuó la voz— va a terminar por tu culpa. Creeme.
—¡NO! —grité con todo lo que me quedaba.
El dolor me partió la cabeza. Fue como si algo se cerrara de golpe dentro de mí, como una puerta demasiado pesada.
Mis piernas cedieron.
El mundo se inclinó.
Mientras caía, lo último que pensé fue que el lugar no me estaba probando.
Me estaba advirtiendo.
Y después…
nada.
La oscuridad me envolvió otra vez.
Y me desmayé.
El lugar no solo me probaba.
Me torturaba.
Porque no buscaba resistencia. No buscaba inteligencia. No buscaba coraje.
Buscaba una traición fuerte.
Y la obtuvo.
Al día siguiente desperté con el cuerpo pesado, como si no hubiera dormido en días. Cada músculo dolía. Cada pensamiento costaba. Abrí los ojos sabiendo algo con una certeza horrible: ya no estaba jugando en igualdad de condiciones.
Ariana había dicho que faltaban dos pruebas.
Pero el lugar no respetaba reglas.
Parecía que una sola prueba se multiplicaba, se estiraba, se deformaba hasta volverse cinco al mismo tiempo. Como si quisiera agotarme antes de que pudiera entenderlas.
La gente me miraba distinto.
Algunos con miedo.
Otros con bronca.
Otros… con desconfianza.
Ahí lo entendí.
La traición no iba a venir de un golpe ni de un grito.
Iba a venir de una duda sembrada con paciencia.
De una palabra mal dicha.
De una mirada sostenida de más.
De alguien creyendo que yo sabía cosas que no estaba diciendo.
Sentí el peso de todas esas miradas sobre mí mientras caminaba entre las casas.
El lugar estaba ganando.
No porque me estuviera venciendo físicamente.
Sino porque estaba logrando lo que quería desde el principio:
que empezáramos a rompernos entre nosotros.
Y lo peor de todo…
era que todavía me quedaban dos pruebas.
Pero yo ya sentía que estaba atravesando muchas más.
Como si cada respiración fuera una.
Como si cada decisión escondiera otra.
Como si el lugar ya no esperara que yo falle…
sino que eligiera a quién arrastrar conmigo cuando lo hiciera.
Y por primera vez desde que todo empezó, tuve miedo no de morir…
sino de convertirme
en exactamente lo que el lugar quería.
La prueba empezó y mi mente se nubló.
Tenía miedo, pero al mismo tiempo sentí un alivio extraño, como si el lugar hubiera decidido darme un respiro. Caminé entre las casas con cuidado, respirando lento. Sentía que las pruebas no seguirían… hasta que un grito desgarrador cruzó todo el lugar.
—¡VERA! —grité sin pensar.
Recordé lo que Ariana nos había dicho: nos probaría uno por uno. Cada palabra retumbaba en mi cabeza. Corrí sin importar si me quedaban fuerzas, sin medir cada paso. Mis piernas temblaban, pero seguí hasta llegar a Vera.
Ella estaba en el suelo, retorciéndose, sus ojos abiertos llenos de miedo y dolor. El lugar no la atacaba con criaturas esta vez; la torturaba de otra manera, mucho más cruel. Caí de rodillas a su lado.
—Vera… —susurré—. Estoy acá.
Abrí los ojos y la vi. Supe en ese instante que el lugar había decidido continuar mis pruebas en ella, como si mi miedo y mis decisiones se hubieran trasladado a su cuerpo.
—No… —susurré, temblando—. No con ella.
—Siempre con alguien —respondió una voz detrás mío.
No era la del lugar. Era Ariana.
La levanté la mirada y la vi allí, demasiado tranquila, observándonos con esa calma que me ponía los pelos de punta. Recordé cómo la primera vez me había mirado con la certeza de que podía elegir el destino de alguien.
Sin pensar, me acerqué y la golpeé. No fue fuerte, pero suficiente para mostrarle mi rabia y miedo acumulados.
—¡¿Qué hacés?! —gritó alguien.
Tomás apareció corriendo. Sin decir palabra, cargó a Vera en sus brazos con cuidado y se la llevó directo a nuestra enfermería improvisada.
El caos volvió a moverse a nuestro alrededor. Gritos, pasos, preguntas sin respuestas.
Entonces sentí manos firmes sobre mis hombros. La chica de mi calma estaba allí.
—No —dijo—. Vos venís conmigo. Ahora.
Mientras me llevaba a una casa apartada, cerrando la puerta tras nosotras, me soltó por fin y me obligó a sentarme.
—Respirá —me dijo—. El lugar se alimenta de cuando te quebrás.
—¿Quién sos? —pregunté, tratando de recuperar el aliento.
—Me llamo Elena —dijo—. Y sé más de lo que debería.
Suspiré. El miedo no se había ido. Solo estaba mezclado con confusión.
—Estas pruebas no son normales —continuó Elena—. No son como las de los demás.
—Porque soy especial —dije.
Ella negó con la cabeza.
—No. Sos útil. Para el lugar… y para alguien más.
El silencio se volvió espeso.
—La traición que viene —dijo Elena— no va a ser un accidente. No va a ser impulsiva. Va a ser una elección consciente.
—¿De quién? —pregunté, casi sin voz.
Elena me miró con tristeza.
—De alguien que cree que, entregándote, puede salvarse.
Sentí un frío profundo, distinto a todos los anteriores.
—¿Vera? —susurré.
—No —respondió Elena rápido—. Ella está siendo probada, no traicionando.
Respiré apenas.
—Entonces… ¿quién?
Elena no contestó.
Se acercó y me tomó la mano.
—Todavía te quedan dos pruebas —dijo—. Pero una de ellas no la vas a vivir vos.
—¿Cómo? —pregunté, con el corazón latiendo como loco.
—La vas a sufrir.
En ese momento, muy lejos, escuché un ruido seco. Como una puerta cerrándose.
Y supe que la traición ya había empezado.
—No, Elena… decime que no.
Elena abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma.
Entonces todo empezó.
El aire dentro de la casa cambió. No fue un sonido, ni un temblor. Fue una presión invisible que me apretó el pecho y me obligó a llevarme una mano al corazón. Elena soltó mi mano de golpe, como si quemara.
—No… —murmuró—. No ahora.
La luz afuera se apagó de golpe, mucho más rápido que otras veces. No cayó de a poco: se cerró, como si alguien hubiera bajado un interruptor gigante. El lugar había decidido.
—Elena, ¿qué pasa? —pregunté, poniéndome de pie con dificultad.
Ella dio un paso atrás. Su mirada ya no estaba fija en mí, sino en la pared, como si pudiera ver a través de ella.
—Nos están separando —dijo en voz baja—. Esto no es para vos.
Un grito atravesó el lugar.
No fue como el de Vera.
Fue peor.
Más desesperado. Más crudo.
—¡TOMÁS! —reconocí sin pensar, y sentí que el suelo se me iba de debajo de los pies.
Intenté correr hacia la puerta, pero Elena me sujetó del brazo con fuerza.
—No —dijo, casi suplicando—. Si vas, perdés la prueba.
—¡Me da igual la prueba! —grité—. ¡Lo van a matar!
Elena apretó los dientes.
—Eso es lo que el lugar quiere —respondió—. Que elijas mal.
Otro sonido se escuchó afuera. Metálico. Como pasos que no eran humanos. Como algo arrastrándose lentamente, disfrutando del miedo.
—La traición… —susurré—. Ya empezó, ¿no?
Elena no respondió.
La casa crujió. Las paredes parecían respirar. Sentí cómo algo se movía dentro de mi cabeza, revolviendo recuerdos, miedos, dudas. El lugar estaba entrando en mí otra vez.
—Lía —dijo Elena, mirándome fijo—. Escuchame bien. Alguien del grupo ya eligió.
—¿Ariana? —pregunté sin pensar.
Elena negó despacio.
—No —dijo—. Ariana juega a otro nivel. Ella empuja. Observa. Provoca.
—Entonces, ¿quién? —insistí, con la voz quebrada.
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos apresurados acercándose a la casa. La puerta se abrió de golpe.
Era Vera.
Pálida. Temblando. Con los ojos enrojecidos.
—¿Dónde está Tomás? —preguntó—. ¿Por qué nadie me dice dónde está?
Me acerqué a ella sin pensar, pero Elena se interpuso apenas, como si quisiera protegerme… o contenerme.
—Vera… —empecé.
Ella me miró. Y en su mirada no había solo miedo.
Había culpa.
El lugar vibró.
Las voces regresaron, esta vez más claras, más cercanas.
—Una decisión —susurraron—. Solo una alcanza.
Vera dio un paso atrás.
Y en ese segundo entendí algo que me partió en dos:
la traición no iba a ser un ataque,
ni un golpe,
ni una mentira directa.
Iba a ser una elección hecha desde el miedo.
Y todavía no había terminado.
Vera se acercó a mí con paso firme, los ojos brillando de una determinación que me hizo dudar.
—Lía… —dijo con voz baja, casi dulce—. Ya entendí todo. Encontré la salida. Vamos.
Algo en su tono me hizo dudar. Pero no podía quedarme quieta. Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente. Esquivando a Elena, empecé a caminar hacia Vera.
—Vamos —insistió ella, extendiendo la mano.
Mi corazón latía a mil. Sabía que algo estaba mal, pero la desesperación y la esperanza se mezclaban y nublaban mi juicio.
Entonces, de golpe, Elena apareció frente a nosotras. Su mirada era fría y decidida. Antes de que pudiera reaccionar, me empujó con fuerza hacia atrás. La puerta de la casa se cerró de golpe entre nosotras.
—¡No! —grité, golpeando la madera con las manos—. ¡Déjame salir!
Elena me miró fijamente, sus ojos fijos en los míos como si pudieran ver todo lo que pensaba y sentía.
—Solo confía —dijo con sinceridad—.
Sus palabras cayeron sobre mí como un peso y, al mismo tiempo, como un alivio imposible de explicar. Todo alrededor seguía temblando, las voces del lugar murmuraban entre los muros, pero por primera vez sentí que quizá, solo quizá, podía dejar de luchar contra todo… y escuchar.
Y de la nada, todo dejó de temblar.
El silencio cayó de golpe, tan pesado que me dolieron los oídos. Miré alrededor, buscando a Vera.
No estaba.
—Vera… —susurré, con la garganta cerrada.
Entonces algo me habló. No fue una voz fuerte. Fue un susurro, pegado a mi mente, imposible de ignorar.
Pasaste la prueba.
Las piernas no me sostuvieron. Caí arrodillada al suelo cuando entendí lo que eso significaba. El aire se me fue del pecho y empecé a llorar. Lloré sin freno, sin vergüenza, sin fuerzas. Por Vera. Por todo lo que había pasado. Por haber dudado. Por haber elegido.
Me levanté como pude y corrí. Corrí hasta encontrar a Tomás. Cuando lo vi, supe que era lo único que me quedaba.
—Tomás… —dije, con la voz rota.
Él me miró con una calma que no sentía real. Se acercó un poco y dijo:
—Ya no sufriremos más.
Quise creerle.
Pero el lugar sabía que era mentira.
El cielo se cerró de golpe y empezó a llover. No agua: miedo. Las voces aparecieron por todos lados, gritando, riéndose, mezclándose. Los bichos gigantes volvieron a surgir del suelo, persiguiéndonos, rodeándonos.
Entonces escuché un ruido.
Uno solo.
Profundo. Tan fuerte que hizo vibrar todo.
No sabía qué era.
Miré a Ariana. Ella estaba ahí, inmóvil, observándolo todo como si ya lo hubiera visto antes.
—Llevanos a ese lugar —le dije desesperada—. Pero siquiera—
No terminé la frase.
El dolor me atravesó de golpe, desde adentro. Algo me estaba rompiendo por dentro, apretándome el pecho, la cabeza, el cuerpo entero. Caí al suelo gritando, sin poder respirar, sin poder pensar.
Todo se volvió negro.
Desperté de golpe.
El silencio había vuelto.
Y una voz, suave, conocida, me habló al oído:
Te dije que todo estaría bien.
Abrí los ojos.
Y supe que nada había terminado.
Desperté con el cuerpo pesado, como si cada músculo hubiera olvidado cómo moverse. El aire estaba frío y húmedo, pero tranquilo, demasiado tranquilo. La lluvia había cesado, y el silencio que quedó pesaba más que los gritos y los bichos.
Miré alrededor. Tomás estaba a un par de pasos, inclinado sobre mí, con la mirada preocupada pero firme. Vera no estaba a la vista. La sensación de abandono me apretó el pecho, pero sabía que debía levantarme.
Ariana estaba frente a mí, como siempre, tranquila. Sus ojos me recorrían de arriba a abajo, evaluando, midiendo. Era imposible saber qué pasaba por su cabeza.
—Estás despierta —dijo con esa calma que daba miedo—. Buen trabajo. Pasaste la primera prueba.
No pude responder. El corazón me latía demasiado fuerte y la cabeza me daba vueltas. Solo podía sentir el vacío de todo lo que había ocurrido, y la certeza de que algo peor vendría.
—Lía —dijo Tomás—. Esto… esto no terminó. Lo sabemos. Pero por ahora… sobrevivimos.
Su voz era un intento de consuelo, pero el lugar no lo permitiría. Lo sentí en el aire: un zumbido bajo, como si el suelo mismo respirara, como si todo esperara nuestro siguiente movimiento.
Entonces, sin aviso, el cielo volvió a oscurecerse, y el viento trajo consigo ecos. Voces mezcladas con rugidos metálicos, pasos que no pertenecían a nadie humano, crujidos que hacían temblar la tierra.
Ariana dio un paso al frente.
—No hay tiempo para dudas —dijo—. La siguiente prueba viene. Y esta vez… no es solo física. Es de decisiones. De confianza. De traición.
Mi corazón se detuvo un instante. La traición que había sentido antes, la que Vera había insinuado, estaba lejos de terminar. Sabía que cualquiera de nosotros podía romperse, caer o equivocarse, y que el lugar lo usaría en nuestra contra.
—Lía —susurró Ariana, más cerca esta vez—. Todo lo que decidas ahora cambiará lo que pueda pasar después. Elegí con cuidado… y sobre todo… confía en lo que sentís.
Tomás me sostuvo un instante. Sus ojos me decían lo mismo: no importaba cuán imposible fuera, no estaba sola.
Miré alrededor y lo entendí.
El lugar no solo probaba nuestra fuerza. No solo nos torturaba.
Nos obligaba a mirar dentro de nosotros mismos.
A decidir en medio del miedo.
A enfrentarnos a la traición… incluso de quienes creíamos amigos.
Y supe que lo peor aún estaba por venir.
El cielo estaba listo.
El lugar estaba listo.
Y nosotros… apenas habíamos comenzado.
Desperté. Otra vez.
O al menos eso creí.
El aire estaba pesado, como si la memoria de lo que pasó antes me siguiera presionando. El lugar parecía igual que la última vez… pero no del todo. Algo había cambiado.
Mis pasos me llevaron a los espacios conocidos: las casas, los caminos entre los árboles, los troncos que recordaba. Todo parecía igual, pero dentro de mí algo gritaba: esto ya pasó.
Recordé a Vera, a Tomás, a Ariana. Cada prueba. Cada grito. Cada traición. Cada golpe de miedo.
—No otra vez… —susurré, con el cuerpo temblando.
Pero entonces algo diferente apareció: un detalle que no estaba antes. Un tronco caído, una marca en el suelo. Algo que solo yo podía notar porque lo había visto en el ciclo anterior.
Mi corazón dio un vuelco.
Puedo cambiarlo, pensé. Puedo romper esto.
Corrí. No hacia donde había ido la última vez, sino hacia un lugar que antes no había explorado. El lugar se estiraba a mi alrededor, como si supiera que estaba intentando algo distinto. Las voces murmuraban más bajas, confusas. Los bichos, aunque todavía acechaban en la distancia, parecían vacilar.
—Ariana —dije en voz baja, más para mí que para ella—. Esta vez no voy a ser parte de tu juego.
Ella apareció frente a mí, como siempre, serena, controlándolo todo. Pero sus ojos cambiaron apenas, un leve reconocimiento de que algo había cambiado.
—Intentás más de lo que creés —dijo—. Pero no olvides: cada acción tiene su consecuencia.
Tomé aire. Cada decisión de este ciclo anterior estaba grabada en mi mente. Cada error, cada caída, cada grito. Y por primera vez supe lo que debía hacer.
—No voy a repetir el mismo camino —me prometí a mí misma.
Y aunque el miedo me quería paralizar, aunque las voces del lugar intentaban confundirme, avancé. Esta vez no corrí solo por Vera ni por Tomás. Corrí por mí. Por la Lía que quería salir de este ciclo, aunque no supiera cómo.
El lugar reaccionó. Lo sentí: las sombras se movieron, los pasos metálicos retumbaron, los bichos surgieron del suelo… pero no con furia. Como si estuvieran probando si realmente tenía memoria de lo que pasó antes.
—Todo va a cambiar —me susurré—. Esta vez voy a elegir.
Y mientras avanzaba, supe algo que nunca había sentido antes:
el bucle podía ser roto.
Si tenía el valor para enfrentar lo que sabía que venía.
Si estaba lista para desafiar al lugar y a Ariana.
Porque esta vez…
el ciclo no me controlaría.
Y así fue como rompí esta trampa.
El aire estaba denso, como si todo el lugar contuviera la respiración. Cada paso que daba me acercaba a Tomás, que me esperaba con la calma que solo él podía mantener. Pero mi mirada no estaba en él. Estaba en Ariana.
La vi de pie, tranquila, serena, como si nada hubiera pasado, pero yo podía sentir todo lo que había hecho, todo lo que había planeado, todo lo que nos había hecho sufrir. La ira me recorrió como fuego.
La miré como para destrozarla, con los ojos llenos de todo el miedo, la rabia y la desesperación que llevaba acumulados desde que llegamos al lugar. Cada prueba, cada grito, cada caída… todo estaba en esa mirada.
Ella no parpadeó. Me sostuvo la mirada con esa calma que me hacía hervir la sangre. Y entonces habló, con suavidad, pero con un peso que me obligó a escucharla:
—Sé que lo viste —dijo—. Pero creéme… no soy yo.
El mundo pareció detenerse por un instante.
No era un juego de palabras. No era manipulación.
Era un aviso.
Mi respiración se volvió rápida. Mi corazón me dolía. Cada músculo temblaba. Todo lo que había aprendido sobre el lugar, sobre las pruebas, sobre traiciones y ciclos, me gritaba que no confiara en ella. Pero algo en su tono… algo en sus ojos… decía otra cosa.
—¿Entonces quién? —gruñí, sin poder contener la rabia ni la confusión.
Ella bajó la mirada por un segundo, como si el peso de todo lo que estábamos viviendo cayera sobre ella también.
—El lugar… —susurró—. No me hace actuar. Solo me obliga a existir dentro de esto. Y cada prueba, cada traición… no son mías.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Todo cobraba sentido.
Los ciclos, los gritos, los bichos, las pruebas, las traiciones… no era ella quien elegía. Era el lugar.
Respiré hondo.
Miré a Tomás, que todavía estaba ahí, firme y silencioso.
Y supe algo con certeza: si quería sobrevivir y proteger a los que amaba, la única opción era enfrentar al lugar, no a Ariana.
El tiempo parecía detenerse mientras nos quedábamos ahí, en silencio, el espacio entre nosotras cargado de todas las preguntas que aún no tenían respuesta.
Y por primera vez, sentí que podía elegir.
No por miedo. No por desesperación.
Sino porque sabía que, esta vez, yo tenía el poder de cambiar el ciclo.
Así que me levanté.
Ella me miró.
No había casas.
No había cielo extraño.
No había bichos, ni voces, ni pruebas.
Solo una habitación blanca.
—Has mejorado, Lía —dijo con una sonrisa tranquila—. Solo tenés que dejar de tener todos esos sueños.
Parpadeé.
La luz era demasiado clara. El silencio, demasiado real. Mis manos temblaban apoyadas sobre mis piernas.
—Tomá —continuó—. Estas te van a ayudar con el insomnio.
Extendió la mano.
Pastillas.
Pequeñas. Inofensivas. Reales.
La miré a la cara.
Era mi psicóloga.
—Está bien —dije, con una voz que no sentía mía—. Vuelvo mañana.
Me levanté. Caminé hacia la puerta. Nadie me detuvo. Nadie gritó mi nombre. No hubo temblores. No hubo pruebas.
Pero mientras cerraba la puerta, algo dentro de mí seguía despierto.
Algo que no encajaba.
Porque yo recordaba.
Recordaba a Ariana.
Recordaba a Tomás.
Recordaba la prueba de confianza.
Y entonces pensé en vo
Sí. Vos que estás leyendo esto.
Decime…
¿vos te acordás de esa prueba?
Porque yo,
Ariana,
y Tomás
sí.
Y si nosotros la recordamos…
quizás nunca salimos de NO EXIT.
Quizás solo aprendimos a soñarlo mejor.




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