Durante muchos meses sentí que mi cuerpo tenía demasiadas funciones y muy pocas preguntas.
Servía para cargar.
Para alimentar.
Para levantarse de madrugada.
Para sostener.
Para limpiar.
Para perseguir.
Para aguantar.
Para resolver.
Pero casi nadie le preguntaba qué quería.
Ni siquiera yo.
Por mucho tiempo dejé de pensar en mi cuerpo como algo relacionado con placer.
Era un cuerpo útil.
Un cuerpo cansado.
Un cuerpo que respondía.
Un cuerpo que había cambiado.
Y eso afecta el deseo más de lo que una imagina.
Porque el deseo necesita espacio.
Y durante los primeros meses casi no hay.
No hay silencio.
No hay descanso.
No hay demasiada privacidad.
No hay una cabeza vacía.
Hay pendientes.
Hay sueño.
Hay un bebé.
Hay miedo.
Hay culpa.
Hay un cuerpo que quizá todavía estás aprendiendo a reconocer.
Y entonces pasan los meses.
No ocurre de golpe.
No hay una mañana en la que despiertas y dices:
Listo.
Volví.
No.
Es más lento.
Más raro.
Más íntimo.
Empieza con cosas pequeñas.
Un día te arreglas porque te provoca.
No porque tengas que salir.
No porque venga alguien.
Porque quieres.
Otro día te pones perfume.
Otro te miras al espejo y no buscas inmediatamente lo que cambió.
Solo te miras.
Y eso ya es distinto.
Tal vez empiezas a sentirte bonita otra vez.
No exactamente como antes.
Pero bonita.
Esa diferencia importa.
Porque durante meses quizá comparaste tu cuerpo actual con uno anterior.
Y el actual siempre perdía.
Siempre.
Hasta que un día dejas de competir contigo misma.
Y ahí empieza algo.
No necesariamente amor.
Pero sí tregua.
Dejas de tocar tu abdomen únicamente para juzgarlo.
Dejas de esconderte automáticamente.
Dejas de pensar que una cicatriz arruinó tu cuerpo.
Dejas de esperar verte como antes para sentirte deseable.
Eso puede tomar mucho tiempo.
Y no pasa igual para todas.
Hay mujeres que recuperan el deseo relativamente pronto.
Otras tardan mucho.
Otras lo sienten por momentos.
Otras tienen semanas de ganas y después nada.
Eso también puede ser normal.
Porque la sexualidad no es una puerta que se abre una vez y queda abierta.
Se mueve.
Con el sueño.
Con el estrés.
Con las hormonas.
Con la relación.
Con cómo te sientes contigo.
Con cuánto apoyo recibes.
Con cuánto resentimiento tienes acumulado.
Con si tu cuerpo se siente seguro.
Eso último es importante.
Seguro.
Porque una mujer puede amar a su pareja y aun así no sentirse lista.
Puede querer intimidad y tener miedo al dolor.
Puede extrañar el sexo y, al mismo tiempo, tensarse cuando llega el momento.
Puede sentirse atraída y no querer penetración.
Puede querer besos.
Caricias.
Cercanía.
Dormir abrazada.
Puede querer sexo un día y al siguiente no soportar que nadie la toque.
No hay contradicción.
Hay cuerpo.
Y memoria.
Porque el cuerpo recuerda.
Recuerda el parto.
Una cesárea.
Puntos.
Dolor.
Lactancia.
Cambios hormonales.
Noches de cansancio extremo.
El cuerpo no siempre vuelve a sentirse sexual al mismo ritmo que la cabeza.
Y está bien.
No hay que apurarlo.
Pero a veces, después de meses, aparece algo inesperado.
Una mirada.
Una caricia.
Una conversación.
Un momento.
Y el cuerpo responde.
Tal vez no con la intensidad de antes.
Pero responde.
Y piensas:
Todavía estoy aquí.
Eso puede conmover.
Porque quizá habías empezado a pensar que esa parte de ti había desaparecido.
No desapareció.
Estaba agotada.
Estaba ocupada.
Estaba escondida debajo de muchas cosas.
Y ahora empieza a salir.
También puede pasar que el deseo regrese cuando la relación mejora.
No cuando alguien te dice:
—Ya deberíamos hacerlo más.
Eso no ayuda.
Al contrario.
La presión mata el deseo.
El deseo no funciona bien bajo obligación.
Puede despertar cuando te sientes cuidada.
Cuando alguien comparte la carga.
Cuando no tienes que explicar todo.
Cuando puedes descansar.
Cuando tu pareja te mira sin exigencia.
Cuando un abrazo no tiene automáticamente una segunda intención.
Cuando un beso puede ser solo un beso.
Qué importante es eso.
Porque si cada gesto cariñoso termina convirtiéndose en una expectativa sexual, puedes empezar a evitar incluso el cariño.
Y entonces la distancia crece.
En cambio, cuando vuelves a sentir que tu cuerpo puede recibir afecto sin deuda, algo cambia.
Te relajas.
Bajas la guardia.
Empiezas a acercarte porque quieres, no porque temes que si no lo haces habrá discusión.
Eso vuelve a construir intimidad.
Y con la intimidad puede volver el deseo.
No siempre rápido.
Pero más verdadero.
También cambia mucho cuando dejas de sentir que tu cuerpo pertenece a todos.
Durante meses, quizá el bebé necesitó brazos, pecho, regazo, contacto.
Tu cuerpo estuvo disponible casi todo el tiempo.
Y si encima hay una pareja esperando acceso al mismo cuerpo, puedes sentir que no tienes un solo pedazo realmente tuyo.
Eso agota.
Por eso recuperar deseo también puede requerir recuperar propiedad.
Mi cuerpo es mío.
Aunque sea mamá.
Aunque tenga pareja.
Aunque amamante.
Aunque me amen.
Sigue siendo mío.
Yo decido cuándo quiero contacto.
Cómo.
Cuánto.
Eso no enfría la relación.
La hace más honesta.
Porque el deseo que nace de la libertad se siente distinto al que nace de la obligación.
#1360 en Novela contemporánea
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Editado: 30.09.2026