No extraño mi vida, Me extraño a mi.

Crece él, cambia el mundo, y yo sigo aprendiendo a no tener miedo de todo

Hay un momento en la maternidad en que miras a tu hijo y te preguntas:

¿Cuándo dejó de ser tan pequeño?

No sabes exactamente cuándo pasó.

No hubo una alarma.

No hubo un día marcado en el calendario.

Simplemente un día lo cargas y pesa más.

Otro día estira los brazos hacia algo que antes ni veía.

Después intenta ponerse de pie.

Luego ya no quiere quedarse quieto.

Y tú entiendes que el bebé que conociste está desapareciendo poco a poco para darle paso a otro.

Uno más curioso.

Más fuerte.

Más inquieto.

Más independiente.

Y eso emociona.

Pero también da miedo.

Porque cada etapa nueva trae preguntas nuevas.

Cuando era recién nacido te preocupaba que respirara bien.

Después que comiera suficiente.

Después que sostuviera la cabeza.

Después que se sentara.

Después que gateara.

Después que caminara.

Después que hablara.

Y así parece que la maternidad siempre tiene una preocupación esperando turno.

Cuando una se va, aparece otra.

No terminas de respirar completamente.

Solo cambias de miedo.

El clima también se vuelve una preocupación

Antes mirabas por la ventana y pensabas:

Hace calor.

O:

Va a llover.

Después de tener un bebé, mirar el clima puede convertirse en una planificación completa.

¿Lo abrigo?

¿Será demasiado?

¿Le pongo medias?

¿Le quito una capa?

¿Hace frío para salir?

¿Y si llueve?

¿Y si se resfría?

¿Y si el aire acondicionado está muy fuerte?

¿Y si el ventilador le da directo?

¿Y si suda demasiado?

Y claro.

Aparecen las opiniones.

Siempre.

—Abrígalo más.

—Ese niño tiene frío.

—No lo saques con lluvia.

—No le dé el aire.

—Ponle gorro.

—Quítale eso, se va a sofocar.

Y tú mirando al bebé como si él pudiera levantarse y decir:

“Mamá, estoy exactamente a 23 grados y me siento perfectamente.”

No.

Solo tienes otra cosa que aprender.

Observarlo.

Sentir su cuerpo.

Vestirlo de manera adecuada al ambiente.

Evitar extremos.

Y consultar cuando realmente hay síntomas que preocupan.

Porque con el tiempo también aprendes que no todo estornudo significa enfermedad.

No toda tos ocasional es una tragedia.

No todo cambio de temperatura se convierte automáticamente en gripe.

Pero al principio cuesta.

Muchísimo.

La primera vez que escuchas al bebé congestionado por la noche puedes no dormir.

Te acercas.

Escuchas su respiración.

Te vuelves a acostar.

A los tres minutos estás otra vez de pie.

¿Respira bien?

¿Está incómodo?

¿Debería despertarlo?

¿Será necesario llevarlo al médico?

Y ahí aparece el teléfono.

El pediatra.

Internet.

La mamá.

La suegra.

La vecina.

Cada una con una teoría distinta.

Y tú quieres una sola cosa:

que tu hijo esté bien.

Los pediatras también forman parte de tu maternidad

Al principio puede darte vergüenza preguntar.

Sientes que quizá la duda es tonta.

“¿Será normal que haga esto?”

“¿Es normal que duerma así?”

“¿Está comiendo suficiente?”

“¿Ese ruido es normal?”

“¿Esto de la piel debería preocuparme?”

Con los meses empiezas a entender algo.

No importa si la pregunta parece pequeña.

Si a ti te preocupa, merece una respuesta.

Pero también aprendes a diferenciar.

Hay cosas que pueden esperar a la próxima consulta.

Y hay señales que necesitan atención antes.

Eso te da tranquilidad.

No porque elimine todos los miedos.

Sino porque ya no estás sola frente a ellos.

Un buen profesional no debería hacerte sentir ridícula por preguntar.

Tampoco debería darte miedo hablar de lo que haces en casa.

Porque si le diste algo.

Si probaste un remedio.

Si cambiaste una rutina.

Si el bebé comió algo nuevo.

Si hubo una caída.

Necesita saberlo.

No para juzgarte.

Para orientarte.

Eso parece obvio.

Pero muchas madres ocultan cosas porque temen escuchar:

“¿Cómo se le ocurrió?”

Y la maternidad ya tiene suficiente culpa.

No necesitamos añadir vergüenza cuando buscamos ayuda.

Y los consejos familiares nunca descansan

Cuando cambia el clima, aparece una receta.

Cuando tiene mocos, otra.

Cuando tose, otra.

Cuando no come, otra.

Cuando no duerme, otra.

Cuando está inquieto, otra.

Parece que cada síntoma tiene una tía esperando con una solución.

—Hazle esto.

—Dale aquello.

—Ponle esto en el pecho.

—Un poquito de tal cosa.

—A ustedes se los hacíamos.

Y quizá viene desde el amor.

Pero el amor no convierte automáticamente un consejo en seguro.

Eso es algo que vas aprendiendo.

No tienes que pelear con todos.

Tampoco obedecer a todos.

Puedes decir:

—Gracias, lo voy a consultar.

Y listo.

Hay una libertad enorme en dejar de sentir que debes justificar cada decisión de crianza.

Porque al principio quieres quedar bien con todos.

Después quieres dormir.

Esa etapa te hace práctica.

También llega la comparación con el desarrollo

El hijo de alguien ya camina.

El tuyo no.

Otro ya dice varias palabras.

El tuyo balbucea.

Otro come solo.

El tuyo todavía tira la mitad al piso.

Y la cabeza empieza.

¿Está atrasado?

¿Será normal?

¿Estoy estimulándolo suficiente?

¿Hice algo mal?

Esa última pregunta aparece demasiado.

Como si cada diferencia del desarrollo fuera culpa de la madre.

No.

Los niños avanzan a ritmos distintos.

Hay rangos.

Hay habilidades que aparecen antes en unos y después en otros.




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