No extraño mi vida, Me extraño a mi.

Y entonces entendí que esto apenas comenzaba

Un día lo miré caminar lejos de mí.

No demasiado lejos.

Apenas unos pasos.

Pero suficientes.

Suficientes para que algo dentro de mí se moviera.

Durante meses había vivido con él pegado al cuerpo.

En mis brazos.

Sobre mi pecho.

Dormido junto a mí.

Llorando por mí.

Buscándome.

Necesitándome.

Y ahora caminaba.

Tambaleándose.

Mirando el mundo.

Descubriendo cosas.

Alejándose un poco.

Volviendo.

Alejándose otra vez.

Yo lo miraba y entendí algo que me dolió y me dio orgullo al mismo tiempo:

mi trabajo nunca iba a ser retenerlo.

Iba a ser prepararlo para irse.

No ahora.

Claro que no.

Todavía era pequeño.

Todavía necesitaba brazos.

Todavía lloraba.

Todavía tropezaba.

Todavía me buscaba cuando algo le daba miedo.

Pero ese pequeño cuerpo ya estaba haciendo algo que no iba a dejar de hacer nunca más.

Crecer.

Y crecer significa alejarse poco a poco.

Primero unos pasos.

Después una habitación.

Después una escuela.

Después amigos.

Después decisiones.

Después una vida.

La suya.

Y esa idea me partió un poco.

Porque durante este tiempo hubo tantas veces en las que deseé espacio.

Tantas noches en las que pedí descanso.

Tantas veces en las que pensé:

Necesito estar sola.

Y ahora que podía estarlo un poquito más, había momentos en los que extrañaba exactamente aquello que antes me agotaba.

Sus brazos aferrados a mí.

Su necesidad constante.

Su forma de dormirse encima de mi cuerpo.

Qué contradicción.

Pero la maternidad había sido eso desde el principio.

Querer que una etapa termine y llorar cuando termina.

Desear que duerma solo y extrañar su peso.

Querer que camine y después querer detenerlo.

Celebrar cada palabra nueva y sentir nostalgia por sus sonidos de bebé.

Nada dura.

Esa era la verdad.

Y por fin dejé de pelearme con ella.

No podía congelar nada.

No podía guardar para siempre su olor.

Ni su voz pequeña.

Ni la forma en que pronunciaba las primeras palabras.

Ni la manera en que se caía sobre el pañal y se levantaba como si nada.

Solo podía vivirlo.

No “disfrutar cada segundo”.

Nunca voy a decir eso.

Algunos segundos son horribles.

Pero sí estar.

Estar de verdad cuando pueda.

Mirarlo.

Escucharlo.

Tomar fotos.

Aparecer en algunas.

Guardar recuerdos.

Y también guardar algo de mí.

Porque si este primer año me enseñó algo, fue que no quiero volver a desaparecer.

No quiero que el crecimiento de mi hijo ocurra al mismo tiempo que el borrado de mi identidad.

Quiero acompañarlo.

No disolverme dentro de él.

Quiero que crezca sabiendo que mamá tiene una vida.

Que sueña.

Que descansa.

Que se equivoca.

Que trabaja o no trabaja, según la etapa y la realidad.

Que puede cambiar de opinión.

Que pone límites.

Que ríe.

Que llora.

Que tiene amigos.

Que puede amar.

Que puede estar cansada.

Que puede pedir ayuda.

Quiero que me conozca como mamá.

Pero también como mujer.

Porque algún día preguntará quién era yo antes de él.

Y quiero poder responder.

No quiero decir:

No sé. Dejé de existir cuando naciste.

Eso sería demasiado peso para poner sobre un hijo.

Él nunca me pidió desaparecer.

Fui yo quien durante un tiempo confundió amor con renuncia.

Y ahora entendía la diferencia.

Miré hacia atrás

El embarazo.

El parto.

La primera noche.

La primera toma.

La primera vez que lloró y no supe qué hacer.

La primera vez que dudé de mi leche.

La primera fórmula, si la hubo.

Los remedios que me recomendaron.

Los consejos que acepté.

Los que ignoré.

Los que casi pruebo por desesperación.

La primera fiebre.

El termómetro.

Las noches escuchando su respiración.

Los mocos.

Los dientes.

La comida.

El miedo al atragantamiento.

Las caídas.

Los pasos.

Las palabras.

Mi cuerpo.

Mi deseo.

Mi relación.

Mi cansancio.

Mis culpas.

Las veces que me sentí pobre.

Las veces que me sentí afortunada.

Las veces que comparé mi maternidad con la de otras mujeres.

Las veces que pensé que todas podían menos yo.

Y también todas las veces que resolví.

Eso casi nunca lo recordaba.

Recordaba los errores.

Pero no todas las veces que hice las cosas bien.

Qué injustas podemos ser con nosotras mismas.

Hubo noches en que no sabía qué hacer.

Y aun así encontré una manera.

Hubo días sin suficiente energía.

Y aun así cuidé.

Hubo miedos.

Y pregunté.

Hubo momentos en los que me equivoqué.

Y corregí.

Eso también era maternidad.

No hacerlo perfecto.

Aprender.

También entendí que no todas llegamos hasta aquí iguales

Algunas mujeres llegaron acompañadas.

Otras completamente solas.

Algunas tuvieron un padre presente al lado.

Uno que estuvo en las noches.

En las enfermedades.

En los baños.

En las comidas.

En las consultas.

Uno que conocía a su hijo sin necesidad de que la madre le entregara instrucciones.

Otras tuvieron una presencia a medias.

Un hombre en la casa que parecía visita dentro de la crianza.

Otras criaron sin él.

No porque lo eligieran.

Porque él eligió no estar.

Y ahí estuvieron ellas.

Haciendo doble turno emocional.

Tomando decisiones solas.

Celebrando logros sin alguien con quien compartirlos.

Llorando miedos sin relevo.

Y aun así llegaron.

No porque fuera justo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.