No Fui Yo ,pero Siempre Supe Que Fuiste Tu

LA SOMBRA DEL PASADO

El primer chasquido del trueno sacudió los cristales de la ventana del despacho de abogados Martínez & Asociados, justo cuando Sofía terminaba de sellar el sobre con los documentos del caso García. Había llovido durante tres días seguidos en Lima, y el aire húmedo se colaba por las rendijas del marco de madera, dejando en el parqué oscuro manchas que parecían mapas de territorios desconocidos. Se frotó las manos sobre los pantalones de vestir, intentando calentarse a pesar del calor opresivo que caracterizaba a la ciudad en temporada de lluvias, y miró el reloj de pared: eran las 19:47. Su socio, Ricardo, se había ido horas antes, excusándose con una reunión familiar que sabía Sofía que no existía – siempre encontraba una forma de evitar los casos complicados, los que llevaban consigo más que solo papeles y cifras.
Ella tomó el sobre y lo colocó en el cajón superior del escritorio, el único que tenía cerradura. La combinación era la fecha de su cumpleaños y la de su hermano menor, Diego: 120589. Había sido una decisión impulsiva cuando empezó en la firma, hace ocho años, y nunca se había dado cuenta de lo simbólico que sería hasta ahora. Diego había cumplido treinta y seis años hacía dos semanas, pero ella no había podido ir a su fiesta – estaba inmersa en el caso que acababa de cerrar, el que prometía cambiar todo lo que conocían sobre la corrupción en los contratos públicos de transporte urbano.
El teléfono móvil vibró sobre el escritorio, rompiendo el silencio pesado del despacho. El número no aparecía registrado, pero el código de área era el de Callao, donde Diego vivía con su esposa y sus dos hijos. Sofía contestó con la garganta seca:
– Hola?
– Sofía. Es Luisa.
La voz de su cuñada estaba rota, como si hubiera estado llorando durante horas. Sofía se puso de pie de un salto, golpeando con la rodilla el borde del escritorio sin sentir el dolor:
– ¿Qué pasa? ¿Están bien ustedes? ¿Los niños?
– Estamos bien. Pero... han venido los policías. Por Diego.
Las palabras cayeron como una losa sobre el pecho de Sofía. Sintió cómo se le helaba la sangre, cómo el aire dejaba de llegar a sus pulmones. Se apoyó en el escritorio para no caerse, cerrando los ojos con fuerza como si así pudiera hacer desaparecer las palabras de Luisa.
– ¿Por Diego? ¿Qué han hecho?
– No lo sabemos. Dijeron que está relacionado con el caso García. Que tienen pruebas de que él fue quien manipuló los documentos, quien hizo los desvíos de dinero. Sofía, él no haría eso. Lo conoces tú mejor que nadie – la voz de Luisa se rompió en un sollozo –, él siempre ha sido tan recto, tan cuidadoso con todo.
Sofía cerró el cajón del escritorio con un golpe seco, sintiendo cómo la furia empezaba a reemplazar al miedo. El caso García era el que ella había estado llevando durante meses, el que había investigado hasta en sus mínimos detalles, el que había asegurado que no tenía vínculos con personas de su círculo cercano. Había revisado cada documento, cada firma, cada transferencia bancaria. Y en ningún momento había aparecido el nombre de Diego.
– ¿Cuándo se lo han llevado?
– Hace media hora. Llegaron en dos patrulleros, muy formales, muy serios. No le dejaron ni siquiera decirle adiós a los niños bien. Solo les dijo que no se preocuparan, que todo se arreglaría. Pero yo sé que está asustado, Sofía. Él nunca ha tenido nada que ver con nada de esto.
Sofía tomó su bolso y las llaves de la mesa, moviéndose con una rapidez que no creía posible en su estado de shock. El trueno volvió a retumbar, ahora más cerca, iluminando el despacho por un instante con una luz azulada que hacía parecer los estantes llenos de libros como figuras fantasmales.
– Voy para allá ahora mismo. No te preocupes, Luisa. Voy a averiguar qué está pasando, y voy a sacarlo de ahí. Lo juro.
– Pero Sofía, ellos dijeron que tienen pruebas contundentes. Que alguien les ha proporcionado todo lo necesario para procesarlo.
La puerta del despacho se abrió de golpe antes de que Sofía pudiera responder. Ricardo entró apresurado, su rostro pálido y sudoroso a pesar del frío que ahora parecía haberse instalado en la habitación. Llevaba en la mano un sobre blanco, similar al que Sofía acababa de guardar, y sus ojos estaban abiertos de par en par, como si acabara de ver un fantasma.
– Sofía. Tenemos un problema. Un gran problema.
– No me digas nada, Ricardo. Ya sé que han llevado a Diego. ¿Qué tiene que ver él con esto? Yo revisé todo, no había nada que lo involucrara.
Ricardo cerró la puerta a sus espaldas, apoyándose en ella como si necesitara evitar que algo entrara. Miró el sobre que tenía en la mano y luego a Sofía, y en sus ojos ella vio algo que nunca había visto antes: miedo genuino, mezclado con culpa.
– Ese es el problema. Los documentos que tú guardaste... no son los originales. Alguien los ha cambiado. Y los que están en poder de la policía llevan la firma de Diego.
Sofía sintió cómo se tambaleaba, como si el suelo se desvaneciera bajo sus pies. Agarró el borde del escritorio con ambas manos, intentando mantenerse en pie. El sobre que Ricardo llevaba en la mano parecía brillar con una luz maligna, como si fuera el centro de todo el mal que ahora invadía su vida.
– ¿Cómo puede ser? Yo los cerré yo misma. El cajón está cerrado con llave, solo yo sé la combinación.
– Eso es lo que quería decirte. Alguien que conoce la combinación ha estado aquí. Alguien que sabe que usas tu cumpleaños y el de Diego.
La mente de Sofía comenzó a dar vueltas a toda velocidad, recorriendo la lista de personas que podían conocer la combinación del cajón. Ricardo, claro está – él había ayudado a instalar la cerradura. Su secretaria, Marcela – ella había visto algunas veces cómo Sofía introducía los números. Y... alguien más. Alguien a quien ella había contado la combinación en un momento de debilidad, años atrás, cuando creía que podía confiar en él ciegamente.
– No puede ser – susurró Sofía, cerrando los ojos con fuerza –, no lo haría. Nunca lo haría.
– Lo siento, Sofía. Pero las pruebas están ahí. Y lo peor de todo es que el fiscal encargado del caso es Alejandro Velásquez.
El nombre cayó como un puñal en el corazón de Sofía. Alejandro. El hombre con quien había compartido cuatro años de su vida, el que la había dejado sin explicaciones hace cinco años, el que ahora era uno de los fiscales más importantes de la ciudad, conocido por su rigor y su incapacidad para perdonar las traiciones.
Ricardo se acercó a ella, extendiendo la mano como si quisiera consolarla, pero Sofía se apartó bruscamente. No quería consuelo, no ahora. Quería respuestas. Quería saber por qué alguien habría hecho esto, por qué habría decidido arruinar la vida de Diego, por qué habría elegido justo ahora para hacerlo.
– Tengo que ir a verlo – dijo Sofía, tomando su abrigo del perchero –, tengo que hablar con Alejandro. Tengo que hacerle entender que Diego es inocente.
– No lo hagas, Sofía. Ahora mismo él no te escuchará. Está demasiado comprometido con el caso, y sabe que tú estuviste a cargo de la defensa inicial. Podría pensar que estás tratando de influir en él.
– No me importa lo que piense. Mi hermano está en la cárcel por algo que no hizo, y yo voy a hacer todo lo posible para sacarlo de ahí. Incluso si eso significa enfrentarme a él.
Sofía salió del despacho con paso firme, aunque dentro se sentía como si estuviera caminando sobre hielo delgado. La lluvia seguía cayendo a cantaros, formando charcos en la acera que reflejaban las luces de los faroles como pequeños océanos incandescentes. Mientras caminaba hacia el estacionamiento, su mente no dejaba de volver al día en que había contado la combinación del cajón a esa persona, el día en que había creído que la confianza era suficiente para protegerlos a todos.
Había sido un sábado de agosto, hace seis años. Estaban en su departamento, preparando una cena para celebrar el ascenso de Diego a jefe de departamento en la empresa donde trabajaba. Habían bebido un poco de vino, hablaban de planes futuros, de cómo iban a ayudar a sus padres a construir una casa en el campo, de cómo los niños de Diego iban a tener todas las oportunidades que ellos no habían tenido. En un momento de alegría compartida, ella le había contado la combinación del cajón, riéndose y diciendo que era la única forma en que podría acceder a los documentos importantes si algo le pasaba a ella.
– Nunca tendrás que usarla – había dicho él, tomándole la mano y mirándola a los ojos con esa expresión cariñosa que siempre la había hecho sentir segura –, porque yo siempre estaré aquí para cuidarte a ti y a tu hermano.
Sofía se detuvo en medio de la acera, sintiendo cómo las lágrimas mezcladas con la lluvia recorrían su rostro. El recuerdo era tan vívido que podía sentir la temperatura del vino en su copa, oler el aroma de la pasta que estaban preparando, escuchar la risa de Diego desde la sala donde jugaba con sus sobrinos. Había creído en esas palabras con todo su corazón, había confiado en que esa persona sería siempre su apoyo, su refugio en los momentos difíciles.
Pero ahora, frente a la evidencia que Ricardo le había mostrado, frente a la noticia de que Diego estaba detenido, empezaba a darse cuenta de que esa confianza había sido un error. Un error que ahora podría costarle la libertad de su hermano, el que más quería en el mundo.
Subió a su auto y encendió el motor, girando la llave con fuerza como si así pudiera arrancar también de su mente los pensamientos que la atormentaban. El camino hasta la cárcel de Miguel Castro Castro era largo, especialmente con el tráfico que siempre se acumulaba en las avenidas de Lima cuando llovía. Mientras conducía, su mente no dejaba de trabajar, revisando cada detalle del caso García, cada persona que había estado involucrada, cada conversación que había mantenido.
Había empezado el caso hace ocho meses, cuando la firma había sido contratada por la empresa Transurbano para defenderla de las acusaciones de corrupción en la adjudicación de los contratos de las nuevas rutas de autobuses. Sofía había sido elegida para llevarlo porque era conocida por su meticulosidad y su capacidad para encontrar detalles que otros pasaban por alto. Había pasado meses revisando documentos, entrevistándose con testigos, analizando transferencias bancarias y conversaciones grabadas. Y en todo ese tiempo, nunca había encontrado nada que relacionara a Diego con el caso.
Diego trabajaba en la empresa de logística Globaltrans, que tenía algún tipo de vínculo con Transurbano, pero siempre había mantenido su distancia de los asuntos financieros de la compañía. Él se encargaba de la distribución de mercancías, de coordinar los camiones y los conductores, de asegurar que todo llegara a su destino a tiempo. Sofía sabía que su hermano era una persona honesta, que detestaba la corrupción y que habría sido el primero en denunciar cualquier irregularidad que encontrara.
Entonces, ¿cómo había llegado su firma a los documentos que ahora tenían los policías? ¿Cómo alguien había podido cambiar los originales que ella había guardado en su despacho? Y, lo más importante: ¿por qué?
La respuesta a esa última pregunta la llevó de nuevo a pensar en Alejandro. Él había dejado su bufete hace cinco años para convertirse en fiscal, diciendo que quería hacer cosas de verdad, que quería luchar contra la corrupción desde dentro del sistema. Habían discutido mucho al respecto, porque Sofía creía que la defensa también era una forma de hacer justicia, de asegurar que las personas tuvieran la oportunidad de demostrar su inocencia. Pero Alejandro había sido inflexible, había dicho que ya no podía estar del lado de los que intentaban escapar de sus responsabilidades.
El último enfrentamiento que habían tenido había sido terrible. Habían estado en su departamento, después de una cena que había preparado especialmente para intentar hacerle cambiar de opinión. Él había llegado tarde, con el rostro cerrado y la voz seca. Habían empezado a discutir de forma amable, pero poco a poco las palabras se habían vuelto más duras, más hirientes.
– Tú no entiendes, Sofía – había dicho él, levantándose de la mesa y caminando hacia la ventana –, tú pasas tu tiempo defendiendo a gente que sabe perfectamente lo que ha hecho. Y aunque tú no lo admitas, sabes que muchos de ellos son culpables.
– Eso no importa – había respondido ella, también de pie –, todos tienen derecho a una defensa justa. Todos tienen derecho a ser juzgados por un tribunal, no por la opinión pública o por tus prejuicios.
– Prejuicios? ¿Acaso crees que estoy haciendo esto por prejuicios? Estoy tratando de hacer que esta ciudad sea un lugar mejor, de que la gente tenga confianza en el sistema de justicia. Y tú estás ahí, tratando de derribar todo lo que estoy construyendo.
– No estoy derribando nada, Alejandro. Estoy defendiendo los principios en los que se basa este país. El principio de que todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario.
– Y ¿qué pasa cuando la evidencia es contundente? ¿Qué pasa cuando sabes que alguien ha robado dinero que debería ir para la educación o la salud de la gente? ¿Sigues defendiéndolo?
– Sí – había dicho ella con firmeza –, porque es mi trabajo. Y porque creo que incluso los culpables tienen derecho a ser tratados con justicia.
Alejandro había mirado a la ventana por un largo instante, sin decir nada. Luego se había girado hacia ella, y en sus ojos había visto una mezcla de tristeza y rabia que nunca había olvidado.
– No puedo seguir así, Sofía. No puedo estar con alguien que tiene valores tan diferentes a los míos. Creo que es mejor que nos separemos.
Y así fue como se fue, sin darle más explicaciones, sin dejarle tiempo para responder. Había intentado llamarlo, enviarle mensajes, ir a su casa, pero él nunca había querido verla ni hablar con ella. Había desaparecido de su vida como si nunca hubiera existido, dejándola con un vacío que tardó años en llenar.
Ahora, cinco años después, él era el fiscal encargado del caso que podría enviar a su hermano a la cárcel. Y Sofía no podía evitar preguntarse si todo esto no era una forma de venganza, de hacerle pagar por haberle dicho que estaba equivocado, por haberle negado su apoyo en su nueva carrera.
Llegó a la cárcel cuando el reloj marcaba las 21:15. La lluvia había disminuido a un aguanieve constante, y el edificio gris y amenazante se alzaba en medio de la oscuridad como un monstruo de piedra. Sofía bajó del auto y se acercó a la puerta principal, mostrando su carné de abogada al guardia que estaba en la entrada.
– Soy la hermana de Diego Ramírez, que fue detenido hace poco más de una hora. Quiero verlo.
El guardia miró su carné con desdén, luego levantó la vista hacia ella con una expresión fría:
– Lo siento, señora. En este momento no se permite visitas. Los detenidos están siendo procesados, y solo pueden ser vistos por sus abogados durante el horario de oficina.
– Pero soy su abogada – dijo Sofía, intentando mantener la calma –, y necesito hablar con él ahora mismo. Es una cuestión de emergencia.
El guardia negó con la cabeza, sacudiendo los brazos con indiferencia:
– No puedo hacer nada por usted, señora. Vuelva mañana a las ocho de la mañana, y entonces veremos qué podemos hacer.
Sofía sintió cómo la furia empezaba a subir por su cuerpo. Sabía que el guardia estaba siguiendo las reglas.




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