CAPÍTULO 2
Huellas en la arcilla
El guardia no movió un músculo mientras Sofía intentaba razonar con él, su rostro impasible bajo el gorro de la policía nacional. La luz amarilla de los faroles del recinto proyectaba sombras largas sobre el suelo mojado, y en el fondo se oía el crujido de puertas de metal y el murmullo lejano de voces. Sofía cerró los puños, conteniendo la tentación de golpear la barandilla de hierro que separaba la entrada del resto de la cárcel.
– Por favor – dijo con voz más baja, más suplicante esta vez –, mi hermano está asustado. No ha estado nunca en un lugar así. Solo necesito decirle que lo estoy ayudando, que no está solo.
El guardia suspiró, pasando una mano por su rostro cansado. Parecía tener unos cuarenta años, con arrugas alrededor de los ojos que hablaban de muchas horas de turno y demasiados problemas para resolver.
– Señora, yo entiendo su preocupación. De verdad lo hago. Pero las órdenes son claras. Los detenidos en casos de corrupción no reciben visitas fuera del horario establecido. Además, su hermano acaba de llegar – miró una libreta que tenía en la mano –, Diego Ramírez, número de detención 2758. Está siendo registrado en este momento y luego será llevado a su celda. No puedo hacer nada por usted.
Sofía sabía que no iba a conseguir nada más con él. Dio un paso atrás, asintiendo con la cabeza aunque por dentro se sintiera desbordada por la impotencia. Mientras caminaba hacia su auto, vio cómo un camión de carga pasaba por la calle contigua, su luces altas iluminando brevemente la fachada de la cárcel antes de desaparecer en la oscuridad. El logo en la cabina era el de Globaltrans – la empresa donde trabajaba Diego. Se detuvo un instante, observando el camino que había tomado el vehículo, preguntándose si quizás alguno de los conductores conocía algo de lo que estaba pasando. Pero sabía que era una idea descabellada – en ese momento, la única cosa que podía hacer era volver a su despacho, revisar de nuevo todos los documentos y tratar de encontrar alguna pista que la llevara a la verdad.
Al llegar al edificio donde estaba Martínez & Asociados, se encontró con que la luz del despacho de Ricardo seguía encendida. Subió las escaleras con paso rápido, notando cómo sus tacones resonaban con un eco sepulcral en el pasillo vacío. Al llegar a la puerta de su despacho, se dio cuenta de que la cerradura estaba dañada – el pestillo estaba doblado como si alguien hubiera intentado abrirla con fuerza. Sofía sacó su celular y marcó el número de Ricardo, quien contestó en el tercer tono.
– Ya estoy aquí – dijo ella antes de que él pudiera hablar –, la cerradura está rota. Alguien ha intentado entrar.
– Ya lo sé – respondió Ricardo con voz tensa –, estoy en mi despacho. Ven aquí, por favor. Traje a Marcela también, ella estaba en casa pero la llamé enseguida.
Sofía cruzó el pasillo hasta el despacho de Ricardo, que estaba al final del corredor. La puerta estaba entreabierta, y al entrar vio a su secretaria sentada en una silla frente al escritorio, con los ojos rojos de haber llorado. Ricardo estaba de pie frente a la ventana, mirando hacia la calle con los brazos cruzados. Al oírla entrar, se giró hacia ella.
– ¿Alguien ha entrado aquí? – preguntó Sofía, cerrando la puerta a sus espaldas.
– No parece – respondió Ricardo –, pero la cerradura de tu despacho no es la única que está dañada. La de la sala de archivos también ha sido manipulada. He llamado a la policía, deberían llegar en cualquier momento.
– ¿La sala de archivos? – Sofía sintió cómo se le helaba la sangre –, ahí están todos los documentos del caso García, los originales que yo guardé antes de hacer las copias.
– Sé que lo sé – dijo Ricardo, pasando una mano por su cabello canoso –, y lo peor de todo es que el cajón donde los tenías guardados está abierto. Alguien los ha buscado.
Marcela se levantó de la silla, moviéndose con timidez hacia Sofía:
– Lo siento mucho, profesora Sofía. Yo cerré la sala de archivos antes de irme hoy por la tarde, y la cerradura estaba bien. No sé cómo alguien pudo entrar.
– No es tu culpa, Marcela – dijo Sofía, poniéndole una mano en el hombro –, nadie podía haber esperado esto. ¿Algún extraño ha estado por aquí hoy? ¿Alguien que no conocieras?
Marcela negó con la cabeza, frunciendo el ceño en un esfuerzo por recordar:
– Solo los clientes habituales. El señor Pérez vino a dejar unos documentos sobre el caso de herencia, y la señora Mendoza pasó por su dinero. No había nadie más. Y durante la tarde solo estábamos nosotros tres – miró a Ricardo –, usted, el profesor Ricardo y yo.
Sofía miró a su socio, quien evitó su mirada, bajando la cabeza como si se sintiera culpable. Sabía que Ricardo no habría hecho nada, que él tenía tanto que perder como ella si el caso García se descontrolaba. Pero en ese momento, no podía evitar sentir una chispa de desconfianza hacia todos los que la rodeaban.
– Cuando llegué aquí hace una hora – dijo Ricardo, volviendo a mirarla –, encontré la puerta de tu despacho entreabierta. Pensé que tú habías vuelto, pero cuando entré vi que la cerradura estaba rota y que el sobre con los documentos había sido sacado del cajón. Lo puse en mi escritorio para mantenerlo seguro hasta que llegaras.
Sofía se acercó al escritorio de Ricardo y vio el sobre blanco sobre la mesa, exactamente igual al que ella había guardado horas antes. Cogió el sobre con cuidado, como si temiera que se rompiera en sus manos, y lo abrió. Los documentos dentro eran los mismos que ella había preparado – o al menos, parecían serlo. Pero sabía que no podían ser los originales, porque los que tenía la policía llevaban la firma de Diego.
– He llamado a un perito documentalista – dijo Ricardo –, vendrá mañana temprano para revisarlos. Tal vez pueda decirnos si han sido alterados, o si alguien ha cambiado alguna página.
– Necesitamos que lo haga lo antes posible – respondió Sofía, revisando rápidamente las páginas –, porque si estos son falsificados, tenemos que demostrarlo antes de que el juicio comience.
En ese momento, se oyó un golpe en la puerta. Ricardo fue a abrirla y encontró a dos policías en la entrada – un hombre alto y delgado con uniforme de teniente, y una mujer más joven con la mirada alerta.
– Soy el teniente Carlos Márquez – dijo el hombre, mostrando su credencial –, hemos recibido una llamada sobre un intento de robo en estas instalaciones.
Ricardo los invitó a entrar, y Sofía les explicó lo que había sucedido – el daño a las cerraduras, el hecho de que alguien hubiera buscado los documentos del caso García, la detención de su hermano. El teniente Márquez tomó nota de todo con cuidado, mientras su compañera revisaba la puerta del despacho de Sofía y luego se dirigía a la sala de archivos.
– Este caso parece estar relacionado con la detención de Diego Ramírez – dijo el teniente después de escucharla –, la policía está investigando todas las vías posibles. ¿Usted tiene alguna idea de quién podría tener interés en alterar los documentos o en involucrar a su hermano en el caso?
Sofía se quedó callada un instante, pensando en Alejandro, en la forma en que él había dejado su vida, en el odio que había sentido en sus últimas palabras. Pero no podía decirlo – no tenía ninguna prueba, y acusar a un fiscal sin evidencia podría llevarla a ella misma a tener problemas.
– No lo sé – respondió finalmente –, el caso García ha sido complicado, y hay muchas personas involucradas. Cualquiera de ellas podría tener motivos para hacer algo así.
El teniente asintió con la cabeza, cerrando su libreta:
– Entendido. Vamos a tomar huellas dactilares en las áreas afectadas y a revisar las cámaras de seguridad del edificio. Si encontramos algo, se lo haremos saber de inmediato. En el meantiempo, le recomiendo que cuide bien cualquier documento relacionado con el caso. Parece que alguien está dispuesto a hacer cualquier cosa para asegurar que la investigación siga un camino determinado.
Después de que los policías se fueron, Sofía decidió pasar la noche en el despacho. No tenía ganas de volver a su departamento, donde todo le recordaría a Alejandro, a los momentos felices que habían compartido antes de que todo se viniera abajo. Marcela se ofreció a quedarse con ella, pero Sofía la mandó a casa, diciéndole que necesitaba estar sola para pensar. Ricardo también se fue, prometiendo volver temprano la mañana siguiente con el perito.
Sofía se sentó en su escritorio, rodeada de pilas de documentos, y empezó a revisar cada uno de los archivos del caso García con atención. Había trabajado en este caso durante meses, y cada página, cada firma, cada número era familiar para ella. Pero ahora, mirándolos con ojos nuevos, empezó a ver detalles que antes no había notado – pequeñas irregularidades en las fechas, firmas que parecían estar un poco desalineadas, cifras que no cuadraban del todo con los informes financieros correspondientes.
Se detuvo en un documento en particular – un contrato de suministro entre Transurbano y una empresa que ella no reconocía: Comercializadora del Pacífico S.A.C. Había revisado este contrato antes, pero en ese momento no le había prestado mucha atención, pensando que se trataba de una empresa proveedora más. Pero ahora, al mirar la dirección registrada de la empresa, se dio cuenta de que era la misma que la de un local que había pertenecido a Alejandro hace algunos años – un pequeño almacén en el distrito de Callao que él había alquilado cuando empezaba en el bufete.
Sofía cogió su celular y buscó el nombre de la empresa en internet. Los resultados fueron escasos – se trataba de una empresa registrada hace dos años, con capital social mínimo y solo un representante legal registrado: un tal Jorge Mendoza. No había información sobre sus actividades, ni sobre sus clientes, ni sobre sus ingresos. Parecía ser una empresa fantasma, creada solo para aparecer en documentos como este.
Decidió llamar a un amigo suyo que trabajaba en la superintendencia nacional de empresas – Martín. Él contestó en el quinto tono, con voz adormilada:
– Sofía? ¿Qué pasa? Son las dos de la mañana.
– Lo siento, Martín, se que es tarde – dijo ella con voz apremiante –, pero necesito que me ayudes con algo. ¿Puedes revisar la información de una empresa llamada Comercializadora del Pacífico S.A.C.?
– A estas horas? Sofía, no puedo acceder al sistema desde mi casa. Tendrás que esperar hasta la mañana.
– No puedo esperar, Martín. Se trata de la libertad de mi hermano. Por favor, hay algo que puedas hacer?
Hubo un silencio en el otro extremo de la línea, y luego Martín suspiró:
– Bueno... tal vez pueda llamar a un compañero que está de turno esta noche. Pero no puedo asegurar nada. Dame diez minutos y te llamo de vuelta.
Mientras esperaba la llamada de Martín, Sofía continuó revisando los documentos. Encontró otros contratos donde aparecía Comercializadora del Pacífico S.A.C., siempre como proveedora de bienes o servicios a Transurbano, y siempre con montos que parecían inflados de forma artificial. Calculó rápidamente el total de los pagos realizados a la empresa – más de dos millones de soles en los últimos doce meses. Dinero que había desaparecido del presupuesto asignado para las nuevas rutas de autobuses, dinero que nunca había llegado a los proveedores reales.
El celular vibró en su mano – era Martín.
– Sofía, he hablado con mi compañero. La empresa está registrada a nombre de Jorge Mendoza, pero los documentos de identidad que se presentaron son falsos. Además, las cuentas bancarias asociadas a la empresa están a nombre de personas que tampoco existen – dijo Martín con voz seria –, es una operación clara de lavado de dinero. Pero lo más preocupante es que hemos encontrado vínculos con otra empresa: Globaltrans.
Sofía sintió cómo se le cortaba la respiración. Globaltrans – la empresa donde trabajaba Diego.
– ¿Qué tipo de vínculos? – preguntó con voz temblorosa.
– Parece que Globaltrans fue la encargada de hacer las entregas de los bienes que supuestamente proporcionaba Comercializadora del Pacífico. Pero según nuestros registros, nunca se recibieron esos bienes en Transurbano. Alguien ha estado usando la logística de Globaltrans para hacer creer que las entregas se estaban realizando, mientras el dinero desaparecía.
– Pero mi hermano se encarga de la logística en Globaltrans – dijo Sofía, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas empezaban a encajar –, alguien pudo haber usado su nombre para autorizar las entregas sin que él lo supiera.
– Eso es lo más probable – respondió Martín –, pero la policía no lo va a ver así. Van a pensar que él estaba involucrado, que era parte del plan. Sofía, tienes que ser cuidadosa. Esta operación parece ser más grande de lo que creías, y hay personas poderosas detrás.
Después de colgar la llamada, Sofía se quedó sentada en silencio durante varios minutos, procesando la información que Martín le había dado. Alguien había creado una empresa fantasma para desviar dinero de Transurbano, había usado la infraestructura de Globaltrans para hacer creer que todo estaba en orden, y había puesto el nombre de Diego en los documentos para culparle de todo. Pero ¿quién? ¿Por qué elegir a Diego? ¿Y cómo habían conseguido alterar los documentos en su despacho?
Miró el reloj – eran las tres y media de la mañana. Decidió que no podía seguir esperando hasta la mañana. Tenía que hablar con Alejandro, tenía que hacerle entender que había alguien detrás de todo esto, que su hermano era una víctima. Cogió su abrigo y salió del despacho, dirigiéndose hacia el estacionamiento.
La ciudad estaba dormida, con solo algunas luces encendidas en los edificios más altos y el ruido lejano de los coches que circulaban por las avenidas principales. Sofía conducía hacia el departamento de Alejandro, que estaba en el distrito de Miraflores, en un edificio moderno con seguridad las veinticuatro horas. Sabía que no era hora de visitar a alguien, pero no tenía otra opción. Necesitaba hablar con él antes de que fuera demasiado tarde.
Al llegar al edificio, se detuvo frente a la portería. El guardia de seguridad la miró con desconfianza – era una mujer sola, a esas horas de la madrugada, pidiendo ver a uno de los residentes.
– Soy Sofía Ramírez – dijo ella, mostrando su carné de abogada –, necesito hablar con el señor Alejandro Velásquez. Es una cuestión de vida o muerte.
El guardia revisó una lista en su computadora, luego miró de nuevo a Sofía:
– El señor Velásquez vive en el piso diez, apartamento 1003. Pero debo llamarlo primero para ver si está dispuesto a recibirla.
Sofía asintió, esperando mientras el guardia marcaba el número. Escuchó la conversación de un lado – el guardia explicando quién era y por qué quería verlo. Luego hubo un silencio, y el guardia volvió a mirarla con una expresión más amable:
– Dice que puede pasar. Tome el ascensor de la derecha.
Sofía subió en el ascensor, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su pecho. Había pasado cinco años desde la última vez que había visto a Alejandro, cinco años en los que había intentado olvidarlo, pero ahora, a punto de verlo de nuevo, sentía como si el tiempo no hubiera pasado. El ascensor se detuvo en el piso diez, y ella caminó hasta la puerta del apartamento 1003, tomándose un momento para respirar antes de tocar el timbre.
La puerta se abrió unos segundos después. Alejandro estaba de pie en la entrada, vestido con un pantalón de pijama oscuro y una camiseta blanca. Había cambiado – su cabello era más corto, tenía algunas canas en las sienes, y sus ojos tenían más arrugas de las que recordaba. Pero su mirada, intensa y seria, seguía siendo la misma.
– Sofía – dijo su nombre con voz baja, como si no pudiera creer que estuviera ahí.
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Editado: 15.02.2026