Alejandro no terminó de pronunciar su nombre, se quedó mirándola con la puerta entreabierta mientras el aire fresco del apartamento se mezclaba con el calor húmedo de la madrugada limeña. Sofía sintió cómo las manos le temblaban, pero se mantuvo firme, mirándolo a los ojos con toda la determinación que podía reunir.
– Necesito hablar contigo – dijo, sin darle tiempo a que cerrara la puerta en su cara –, es sobre Diego.
La expresión de Alejandro se endureció de inmediato, como si una cortina se hubiera cerrado sobre sus emociones. Dio un paso atrás para dejarla pasar, sin decir palabra. El apartamento era moderno y minimalista, con muebles de líneas rectas, paredes blancas y cuadros abstractos que no recordaba haber visto antes. Había cambiado todo desde la última vez que ella había estado ahí – incluso el olor era distinto, a madera nueva y café recién hecho en lugar del aroma a vainilla y tabaco que ella asociaba con él.
– Quédate ahí – dijo Alejandro, señalando un sofá gris en la sala –, voy a preparar café. Necesitarás café si has venido a estas horas.
Sofía se sentó en el sofá, mirando a su alrededor con curiosidad y tristeza mezcladas. En la pared frente a ella había una fotografía enmarcada – Alejandro con un grupo de personas en lo que parecía ser una ceremonia oficial, sonriendo con una expresión que ella nunca había visto en él. No había rastro de lo que había sido su hogar juntos, de los libros que compartían, de las plantas que ella había cuidado con tanto amor.
Alejandro regresó unos minutos después con dos tazas de café en una bandeja. Se sentó en el sillón frente a ella, colocando la bandeja en la mesa de centro entre ellos. No miró a los ojos, se limitó a tomar su taza y a soplar el café antes de beberlo.
– Sé que no debería estar aquí – empezó Sofía, agarrando su propia taza con ambas manos para calentarse las manos –, sé que las reglas dicen que no deberías hablar conmigo sobre el caso, pero tengo que hacerlo. Diego es inocente, Alejandro. Lo sabes como yo.
Él levantó la vista entonces, y en sus ojos vio la misma mezcla de tristeza y rabia que había visto el día en que se separaron.
– Las reglas existen por una razón, Sofía – respondió con voz seca –, y no es mi trabajo creer o no creer en la inocencia de alguien. Mi trabajo es seguir la evidencia, y la evidencia apunta directamente a tu hermano.
– La evidencia ha sido manipulada – insistió Sofía, poniendo la taza sobre la mesa con cuidado –, alguien ha alterado los documentos en mi despacho. Alguien ha cambiado las firmas, ha creado empresas falsas, ha usado la logística de Globaltrans para desviar dinero. Diego no sabe nada de esto, él solo hace su trabajo, asegura que las entregas lleguen a tiempo.
– Y ¿quién crees que ha hecho todo esto? – preguntó Alejandro, arqueando una ceja – ¿Alguien que tiene algo en contra de ti? De mí? De tu hermano?
Sofía se quedó callada un instante, pensando en las posibles respuestas. Podía decirle sobre Comercializadora del Pacífico, sobre los vínculos con su antiguo almacén en Callao, pero no tenía pruebas concretas que lo relacionaran con él. Y acusarlo sin evidencia sería el peor error que podría cometer.
– No lo sé – respondió finalmente –, pero sé que no fue Diego. Lo conoces, Alejandro. Lo conociste cuando estábamos juntos, cuando venía a cenar a nuestra casa. Él detesta la corrupción, detesta la gente que se aprovecha de los demás. Nunca haría algo así.
Alejandro bajó la cabeza, pasando una mano por su rostro cansado. Parecía más viejo de lo que era, como si los últimos años le hubieran pesado mucho más de lo que ella imaginaba.
– Quisiera poder creerte, Sofía – dijo con voz más baja –, de verdad que lo quisiera. Pero los documentos que tenemos son claros. Las firmas coinciden con las muestras que hemos tomado de tu hermano, las transferencias bancarias están registradas en cuentas a su nombre, y hay testigos que aseguran haber visto a Diego en reuniones con representantes de Transurbano.
– ¡Testigos pagados! – exclamó Sofía, levantándose de un salto – ¿Cómo puedes creer en eso? ¿No te das cuenta de que alguien está construyendo un caso contra él desde cero?
– Y ¿por qué alguien haría eso? – preguntó Alejandro, también de pie ahora, mirándola a los ojos – ¿Qué tiene tu hermano que alguien quiera destruirlo de esta forma?
Ella no tenía respuesta para esa pregunta. No sabía por qué alguien había elegido a Diego como chivo expiatorio, no sabía qué motivos podrían tener para arruinar su vida. Pero sabía que tenía que encontrar la respuesta antes de que fuera demasiado tarde.
– Necesito tiempo – dijo, volviendo a sentarse con la cabeza baja –, necesito poder investigar, encontrar quién está detrás de todo esto. Pero si llevas adelante el juicio ahora, si presentas las acusaciones con estos documentos falsos, Diego va a pasar muchos años en la cárcel.
Alejandro se acercó a la ventana, mirando hacia la calle vacía. La luz del amanecer empezaba a aparecer en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados.
– Tengo hasta el final de la semana para presentar las acusaciones formales – dijo sin voltearse –, después de eso, el juicio se programará en cuestión de días. Eso es todo el tiempo que puedo darte, Sofía. No puedo hacer más.
Ella sintió un alivio tremendo al escuchar esas palabras. Cinco días – cinco días para encontrar la verdad, para demostrar la inocencia de su hermano. No era mucho tiempo, pero era más de lo que esperaba.
– Gracias – dijo con voz temblorosa –, no te voy a defraudar. Encontraré la prueba de que está todo montado.
Alejandro se volvió entonces, y por un instante la barrera que siempre había entre ellos pareció desaparecer. En sus ojos vio el hombre que había amado, el que había compartido sus sueños y sus miedos, el que había prometido estar con ella para siempre.
– Cuidate, Sofía – dijo con voz suave –, esta cosa es más peligrosa de lo que crees. Las personas que están detrás de esto no juegan limpio. Si te metes en su camino, podrías terminar como tu hermano. O peor.
Ella asintió, entendiendo la seriedad de sus palabras. Sabía que estaba jugando con fuego, que cada paso que diera podría poner en peligro no solo a ella, sino a toda su familia. Pero no tenía otra opción – no podía dejar que Diego pagara por algo que no había hecho.
Al salir del apartamento de Alejandro, el sol ya empezaba a calentar la ciudad. Los primeros coches de transporte público circulaban por las calles, y algunos comercios ya estaban abriendo sus puertas. Sofía se dirigió hacia su auto, pero antes de subir vio a un hombre sentado en un coche aparcado en la esquina, mirando fijamente el edificio donde vivía Alejandro. Era un hombre alto y fornido, con gafas oscuras y una chaqueta negra a pesar del calor. Cuando vio que Sofía lo miraba, bajó la cabeza y encendió el motor, alejándose rápidamente.
Sofía se quedó mirando el camino que había tomado el coche, preguntándose si era solo una casualidad o si alguien la estaba siguiendo. Decidió no pensar demasiado en ello en ese momento – tenía cosas más importantes que hacer. Subió a su auto y se dirigió hacia el distrito de Callao, donde vivía Diego y Luisa.
Llegó a su casa poco después de las siete de la mañana. Luisa abrió la puerta con los ojos hinchados de haber llorado toda la noche, y detrás de ella se veían a los niños – Martín, de ocho años, y Valentina, de cinco – sentados en la sala con las manos cruzadas, mirándola con expresión preocupada.
– ¿Has podido verlo? – preguntó Luisa apenas la hubiera hecho entrar.
– No – respondió Sofía, abrazándola con fuerza –, pero he hablado con el fiscal encargado del caso. Me ha dado unos días para encontrar pruebas de que Diego es inocente. Y he conseguido información importante sobre lo que está pasando.
Luisa la llevó a la cocina, donde había preparado café y pan tostado. Los niños se acercaron a Sofía, y Martín la tomó de la mano:
– ¿Va a salir papá pronto, tía Sofía? – preguntó con voz pequeña.
– Claro que sí, cariño – respondió ella, acariciándole la cabeza –, tu papá es el hombre más bueno que conozco, y los buenos siempre salen adelante.
Mientras desayunaba, Sofía le explicó a Luisa lo que había descubierto sobre Comercializadora del Pacífico S.A.C., sobre los vínculos con Globaltrans y sobre la posibilidad de que alguien hubiera usado el nombre de Diego para autorizar entregas falsas. Luisa escuchó con atención, tomándose notas en un cuaderno pequeño con una mano mientras la otra sostenía a Valentina en el regazo.
– Diego nunca habría autorizado nada así – dijo Luisa después de que Sofía terminara –, él siempre revisa cada documento dos veces antes de firmarlo. Siempre dice que es mejor tardar un poco más pero estar seguro de que todo está en orden.
– Eso es lo que creo yo también – respondió Sofía –, por eso estoy segura de que alguien ha falsificado sus firmas, ha usado sus credenciales para acceder al sistema de la empresa. Necesito hablar con alguien que trabaje con él en Globaltrans, alguien que me cuente cómo funciona el sistema de autorizaciones.
– Hay una chica que trabaja como asistente de Diego – dijo Luisa, pensativa –, su nombre es Ana. Ella está con él todo el tiempo, sabe cómo funciona todo en la oficina. Tal vez ella pueda ayudarte.
Sofía anotó el nombre y el número de teléfono de Ana que le dio Luisa, luego se levantó para irse. Tenía mucho que hacer en poco tiempo, y cada minuto contaba. Antes de salir, se detuvo en la sala para besar la frente a los niños.
– Cuídense mucho a ustedes tres – dijo a Luisa –, y si alguien se acerca a la casa preguntando por Diego o por mí, no abran la puerta. Llámeme de inmediato.
Luisa asintió con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. Sofía sabía que debía ser duro para ella, tener que cuidar a los niños sola mientras su marido estaba detenido, no saber qué iba a pasar con su familia. Pero también sabía que Luisa era fuerte, que podría aguantar todo esto mientras ella encontraba la forma de sacar a Diego de allí.
Se dirigió hacia las oficinas de Globaltrans, que estaban en un complejo industrial en el puerto de Callao. El lugar estaba lleno de camiones y contenedores, y el aire olía a salitre y combustible. Sofía encontró la oficina principal y pidió hablar con Ana. La recepcionista la hizo pasar a una sala de espera pequeña, y unos minutos después entró una mujer joven con el cabello negro recogido en una coleta y unos ojos grandes y expresivos.
– Soy Ana – dijo, estrechándole la mano –, la señora Luisa me ha llamado. Dijo que necesitabas saber algo sobre el trabajo del señor Diego.
– Gracias por recibirme, Ana – respondió Sofía –, sé que esto debe ser difícil para ti también. Diego siempre me ha dicho lo bueno que eres en tu trabajo, lo mucho que confía en ti.
Ana se sentó frente a ella, apretando las manos sobre el regazo. Parecía nerviosa, mirando hacia la puerta como si temiera que alguien los oyera.
– El señor Diego es la mejor persona que he conocido en esta empresa – dijo con voz baja –, siempre me trata con respeto, siempre está dispuesto a ayudar. Cuando me dijeron que lo habían detenido, no lo pude creer. Él nunca haría nada malo.
– Eso es lo que yo creo también – dijo Sofía –, y es por eso que necesito tu ayuda. Necesito saber cómo funciona el sistema de autorizaciones de entregas en la empresa. ¿Alguien más que Diego puede autorizar las entregas? ¿Cómo se registran los documentos?
Ana frunció el ceño, pensando en la respuesta:
– El sistema está protegido con contraseña y huella dactilar – explicó –, solo el señor Diego y su jefe, el señor Carlos Márquez, tienen acceso completo. Los demás podemos ver la información, pero no podemos autorizar nada. Los documentos se registran en un servidor interno, y cada cambio queda registrado con la fecha y la hora, y el nombre de la persona que lo hizo.
– ¿Y alguien ha podido acceder al sistema sin autorización? – preguntó Sofía.
– No que yo sepa – respondió Ana –, el sistema es muy seguro. Además, el departamento de tecnología revisa los registros todos los días para detectar cualquier irregularidad. Pero... – se detuvo un instante, mirando hacia abajo –, hace unos días noté algo raro.
– ¿Qué cosa? – preguntó Sofía con interés.
– Había algunos documentos de entregas que no reconocía – continuó Ana –, estaban autorizados con la firma del señor Diego y su huella dactilar, pero yo no los había visto antes. Cuando se lo mencioné, él me dijo que eran entregas urgentes que había autorizado el día anterior desde su casa. Pero después pensé en ello, y ese día el señor Diego estaba con la familia en el cumpleaños de su hijo menor. No pudo haber estado trabajando.
Sofía sintió cómo su corazón latía más rápido. Esa era la prueba que necesitaba – Diego no había autorizado esas entregas, alguien más había accedido al sistema usando sus credenciales.
– ¿Puedes conseguir acceso a esos registros? – preguntó – ¿Puedes mostrarme las fechas y las horas en que se autorizaron esas entregas?
– Creo que sí – respondió Ana –, puedo acceder a los registros de visualización desde mi computadora. Pero tengo que hacerlo con cuidado, porque si el señor Márquez se entera, me puede despedir.
– Yo me encargo de ti si algo pasa – prometió Sofía –, pero necesito esos registros lo antes posible. Son fundamentales para demostrar la inocencia de Diego.
Ana se levantó y la condujo hasta su escritorio, que estaba en una esquina de la oficina principal. Encendió la computadora y accedió al sistema con su usuario y contraseña. Mientras esperaba a que se cargaran los registros, Sofía miró a su alrededor, observando los demás empleados que trabajaban con concentración, algunos hablando por teléfono, otros revisando documentos. En la mesa del jefe, Carlos Márquez, vio una fotografía enmarcada – él con un grupo de personas que incluía a Alejandro. Sofía se quedó mirando la fotografía, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con más fuerza.
Ana llamó su atención entonces, señalando la pantalla de la computadora:
– Aquí están – dijo –, las entregas que mencioné. Fueron autorizadas el día 28 de enero, entre las diez y las once de la noche. Y según el registro, el usuario que accedió fue el señor Diego. Pero como te dije, ese día él estaba en casa con nosotros.
Sofía tomó una captura de pantalla de los registros con su celular, luego pidió a Ana que la imprimiera por si acaso. Mientras esperaba la impresión, se acercó a la mesa de Carlos Márquez, que estaba vacía en ese momento. La fotografía seguía ahí, y ahora podía ver con claridad quiénes eran las otras personas en la imagen – Carlos Márquez, Alejandro, y un hombre que reconocía como el director general de Transurbano, Roberto Fernández. Habían estado juntos en alguna reunión, hacía unos meses según la fecha que aparecía en la parte inferior de la fotografía.
Ana llegó entonces con los documentos impresos, y Sofía se despidió de ella, agradeciéndola por su ayuda. Antes de salir de la oficina, preguntó a la recepcionista dónde podía encontrar a Carlos Márquez.
– El señor Márquez está en una reunión en el piso de arriba – respondió la chica –, pero creo que ya debe estar terminando.
Sofía decidió esperarlo en la sala de espera. Tenía que hablar con él, preguntarle sobre la fotografía, sobre su relación con Alejandro y con Roberto Fernández. Sabía que era arriesgado, pero necesitaba todas las pistas que pudiera conseguir.
Pasaron unos veinte minutos antes de que Carlos Márquez bajara las escaleras, acompañado de un hombre corpulento con el rostro rojo y la voz alta. Al ver a Sofía, se detuvo con expres.
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Editado: 15.02.2026