No Fui Yo ,pero Siempre Supe Que Fuiste Tu

EL PRECIO DE LA VERDAD

Al ver a Sofía, Carlos Márquez se detuvo con expresión de sorpresa, aunque rápidamente recuperó la compostura. Despidió al hombre con quien venía hablando con un apretón de manos seco y se acercó a ella con paso firme.
– ¿Sofía Ramírez? – dijo, extendiendo la mano –, soy Carlos Márquez, jefe del departamento de logística de Globaltrans. He oído hablar de usted – su sonrisa era forzada, sus ojos observadores –, su hermano ha sido un excelente empleado. Lamento mucho lo que está pasando.
Sofía estrechó su mano con fuerza, mirándolo a los ojos sin dejar espacio a dudas sobre su propósito.
– Gracias por sus palabras, señor Márquez – respondió –, pero estoy aquí porque necesito hacerle algunas preguntas. Sobre Diego, sobre la empresa, sobre ciertas entregas que fueron autorizadas en su nombre hace unos días.
La sonrisa de Márquez desapareció por completo, reemplazada por una expresión seria y distante.
– Entiendo – dijo –, pero no creo que pueda ayudarlo mucho. Como usted debe saber, la policía ya ha revisado nuestros registros, y todo apunta a que su hermano fue quien autorizó esas entregas. Yo personalmente no estoy involucrado en las operaciones diarias de autorización – hizo una pausa, mirando hacia la puerta como si temiera ser escuchado –, tal vez deberíamos hablar en mi oficina. Es más privado.
Lo siguió hasta el segundo piso, donde su oficina estaba ubicada en el extremo del pasillo, con ventanas que daban hacia el puerto. El mobiliario era lujoso – un escritorio de madera maciza, sillones de cuero, estanterías llenas de libros y trofeos. En la pared principal había más fotografías – Márquez con políticos locales, con empresarios reconocidos, con miembros de la policía y el poder judicial. Entre ellas, la misma fotografía que había visto en la mesa abajo, ahora en un marco más grande.
– Tomemos asiento – dijo Márquez, señalando los sillones frente a su escritorio –, ¿qué tipo de preguntas tiene para mí?
Sofía sacó la copia de los registros que Ana le había dado y se los puso sobre la mesa.
– Estos son los registros de las entregas autorizadas el día 28 de enero – explicó –, según el sistema, fueron autorizadas por Diego a las diez y media de la noche. Pero ese día Diego estaba en casa, celebrando el cumpleaños de su hija menor. Tiene más de veinte testigos que pueden confirmarlo.
Márquez miró los documentos con expresión impasible, pasando una mano por su barba bien cuidada.
– Eso es... preocupante – dijo finalmente –, no sé cómo podría haber pasado. Nuestro sistema es uno de los más seguros del mercado, con protección de huella dactilar y contraseña de doble nivel. Solo Diego y yo tenemos acceso completo.
– ¿Y usted? – preguntó Sofía directamente – ¿Dónde estaba usted el día 28 de enero a las diez y media de la noche?
Márquez arqueó una ceja, como si se sintiera insultado por la pregunta.
– Estaba en casa, señorita Ramírez – respondió con voz seca –, con mi familia. Mi esposa y mis dos hijos pueden confirmarlo. Además, ¿por qué iba a usar las credenciales de su hermano para autorizar entregas falsas? No tengo nada que ganar con eso.
– Tal vez no usted directamente – dijo Sofía, señalando la fotografía en la pared –, pero sé que usted conoce a Alejandro Velásquez, el fiscal encargado del caso de mi hermano. Y también conoce a Roberto Fernández, director general de Transurbano. ¿Qué relación tienen ustedes tres?
La expresión de Márquez cambió por completo en ese instante – los ojos se le abrieron de par en par, y su rostro palideció. Se inclinó hacia adelante, apoyándose en el escritorio con ambas manos.
– ¿De dónde sacó esa idea? – preguntó con voz temblorosa –, solo he visto al señor Velásquez en algunas reuniones oficiales, como cualquier otro ciudadano responsable. Y el señor Fernández es simplemente el director de una empresa con la que trabajamos.
– No creo que sea tan simple – insistió Sofía –, he investigado sobre Comercializadora del Pacífico S.A.C., la empresa que supuestamente proveía los bienes a Transurbano. Es una empresa fantasma, creada con documentos falsos, y los pagos que recibía estaban siendo desviados a cuentas bancarias en el extranjero. Y parece que Globaltrans fue usada para hacer creer que las entregas se estaban realizando.
Márquez se quedó callado por varios minutos, mirando los documentos sobre la mesa como si esperara que desaparecieran. Luego suspiró profundamente, pasando una mano por su rostro cansado.
– No debería decir nada – dijo con voz baja –, pero la verdad es que he estado preocupado desde hace tiempo. Hace unos meses, el señor Fernández vino a verme con una propuesta – dijo que necesitaba que autorizaramos algunas entregas "especiales", que no requerían revisión completa. Me dijo que era para agilizar los procesos y que recibiría una compensación económica por mi colaboración.
– ¿Y usted aceptó? – preguntó Sofía, aunque ya sabía la respuesta.
– Al principio no – respondió Márquez, bajando la cabeza –, pero la cantidad de dinero que me ofrecían era demasiado grande. Mis hijos están estudiando en el extranjero, y necesitaba pagar sus colegiaturas. Me dijo que todo estaría bien cubierto, que nadie se daría cuenta. Y me presentó al señor Velásquez, quien me aseguró que la policía no investigaría esas entregas, que todo estaba controlado.
– ¿Así que Alejandro sabía de todo esto? – preguntó Sofía, sintiendo cómo el corazón le dolía con cada palabra – ¿Él era parte del plan?
– No lo sé exactamente – respondió Márquez –, pero él estaba ahí cuando se acordó todo. Me dijo que era necesario para "mantener el orden" en el sector, que algunas empresas necesitaban ese dinero para seguir funcionando y mantener a sus empleados. Dijo que era una forma de ayudar a la economía del país.
– ¡Mentiras! – exclamó Sofía, levantándose de un salto – Eso es solo una excusa para robar dinero que debería ir para la gente. ¿Y qué tienen que ver mis documentos falsificados y la detención de Diego con todo esto?
Márquez también se levantó, mirándola con expresión de desesperación.
– No lo sé, señorita Ramírez – dijo –, yo solo autoricé las entregas que me pidieron, usando mi propia cuenta de usuario. Nunca usé las credenciales de su hermano. Tal vez alguien más lo hizo, alguien que quería culpar a alguien más cuando las cosas empezaran a salir a la luz.
– ¿Quién más tenía acceso al sistema? – preguntó Sofía.
– Solo el departamento de tecnología – respondió Márquez –, pero ellos solo pueden hacer mantenimiento, no pueden autorizar entregas. A menos que... – se detuvo un instante, pensando –, a menos que alguien hubiera hackeado el sistema. Pero como te dije, es muy seguro.
Sofía sacó su celular y llamó a Martín, su amigo de la superintendencia nacional de empresas. Él contestó en el segundo tono.
– Martín, necesito que revises algo para mí – dijo Sofía con voz apremiante –, la empresa Globaltrans, departamento de tecnología. ¿Hay alguna persona que haya tenido acceso reciente al sistema de autorizaciones de entregas que no debería haberlo tenido?
– Dame unos minutos – respondió Martín –, voy a revisar los registros de acceso al servidor.
Mientras esperaba la respuesta, Sofía continuó hablando con Márquez. Le preguntó sobre las cuentas bancarias donde se habían desviado los fondos, sobre las personas que habían estado involucradas en las reuniones con Fernández y Alejandro, sobre cualquier detalle que pudiera ser útil. Márquez respondió todas sus preguntas con sinceridad, pareciendo alivio por finalmente poder contar la verdad.
– También debo decirte algo más – dijo Márquez después de un rato –, el señor Fernández me dijo que si algo salía mal, él se encargaría de que la culpa recayera en alguien más. Dijo que tenía "personas en el lugar adecuado" que se asegurarían de que la investigación siguiera el camino correcto.
En ese momento, Martín llamó de vuelta.
– Sofía, he revisado los registros – dijo con voz seria –, hay un usuario que accedió al sistema el día 28 de enero a las diez y media de la noche, usando las credenciales de tu hermano. Pero el acceso no se hizo desde la oficina ni desde la casa de Diego. Se hizo desde una dirección IP que corresponde a un centro de cómputo en el distrito de San Isidro. Y el usuario que realizó el acceso está registrado como "soporte técnico", pero el nombre que aparece es falso.
– ¿Hay alguna forma de rastrear quién estaba usando esa dirección IP en ese momento? – preguntó Sofía.
– Estoy trabajando en ello – respondió Martín –, pero va a tomar tiempo. El centro de cómputo es de una empresa que presta servicios a muchas compañías, y los registros no son fáciles de obtener. Te llamo en cuanto sepa algo.
Después de colgar la llamada, Sofía explicó a Márquez lo que Martín le había dicho. Él frunció el ceño, pensando en las posibilidades.
– El centro de cómputo en San Isidro... – dijo pensativo –, la empresa que maneja nuestros sistemas es TechnoService, y su oficina está justo ahí. Tal vez alguien de allí tuvo algo que ver.
Sofía tomó nota del nombre de la empresa, luego se despidió de Márquez. Él la acompañó hasta la puerta de la oficina, con una expresión de preocupación en el rostro.
– Señorita Ramírez – dijo antes de que ella se fuera –, si usted consigue demostrar la inocencia de su hermano, por favor... no mencione mi nombre. Tengo mi familia que cuidar, y si el señor Fernández se entera de que he hablado con usted, me va a hacer daño a mí y a los míos.
Sofía asintió con la cabeza, entendiendo su miedo. Sabía que Márquez había cometido un error al aceptar la propuesta de Fernández, pero también sabía que él no era el único responsable, y que probablemente era tan víctima como Diego.
– No mencionaré su nombre a menos que sea absolutamente necesario – prometió –, pero necesito que sepa que si la policía llega a enterarse de esto, usted también tendrá que enfrentar las consecuencias de sus acciones.
– Lo sé – respondió Márquez con voz triste –, y estoy dispuesto a hacerlo. Solo espero que no sea demasiado tarde para poder hacer las cosas bien.
Sofía se dirigió hacia TechnoService, que estaba en un edificio moderno en el corazón de San Isidro. La recepcionista la recibió con una sonrisa amable y la hizo pasar a la sala de espera. Mientras esperaba a que la atendieran, miró a su alrededor – la oficina estaba decorada con colores brillantes, había plantas en todas partes y los empleados parecían trabajar en un ambiente relajado. Pero Sofía sabía que a menudo las apariencias engañaban.
Unos minutos después, una mujer de unos treinta años con el cabello rubio corto y gafas de marco grueso entró en la sala. Se presentó como Carolina, jefa del departamento de seguridad informática.
– Soy Sofía Ramírez – dijo Sofía, estrechándole la mano –, he venido porque necesito información sobre un acceso al sistema de Globaltrans que se realizó el día 28 de enero a las diez y media de la noche.
Carolina frunció el ceño, pareciendo desconcertada.
– Globaltrans es uno de nuestros clientes más importantes – dijo –, pero no puedo proporcionarle información sobre sus sistemas sin una orden judicial o la autorización de la empresa.
– Entiendo – respondió Sofía –, pero se trata de la libertad de mi hermano, quien ha sido detenido acusado de cosas que no ha hecho. El acceso al sistema que menciono fue realizado con sus credenciales, pero él estaba en otro lugar en ese momento. Necesito demostrar que alguien más usó su cuenta.
Carolina se quedó callada un instante, pensando en la respuesta. Luego suspiró profundamente y la condujo hasta su oficina.
– Debería pedirle una orden judicial – dijo cerrando la puerta a sus espaldas –, pero la verdad es que he notado algunas irregularidades en los registros de Globaltrans desde hace unos meses. Alguien ha estado accediendo al sistema de forma no autorizada, usando cuentas de soporte técnico que deberían estar desactivadas.
– ¿Sabes quién podría ser? – preguntó Sofía con interés.
– No con certeza – respondió Carolina, encendiendo su computadora –, pero he rastreado algunos de estos accesos a una cuenta de usuario que fue creada hace aproximadamente tres meses. El nombre que aparece es "Jorge Mendoza", pero los datos de identificación son falsos. Y la dirección de correo electrónico asociada a la cuenta pertenece a un dominio que está registrado a nombre de... – se detuvo, mirando la pantalla con expresión de sorpresa –, a nombre de Alejandro Velásquez.
Sofía sintió cómo se le cortaba la respiración. Alejandro – el hombre que había amado, el que le había prometido que siempre estaría ahí para ella, el que ahora era el fiscal encargado del caso de su hermano. Había sido él quien había creado la cuenta falsa, él quien había accedido al sistema de Globaltrans, él quien había usado las credenciales de Diego para autorizar las entregas falsas.
– ¿Puedes mostrarme esas pruebas? – preguntó Sofía con voz temblorosa.
Carolina imprimió los registros de acceso y los documentos que mostraban la propiedad del dominio. Sofía los revisó con atención – todo estaba ahí, claro como el agua: la fecha de creación de la cuenta, la dirección de correo electrónico asociada, las direcciones IP desde las que se había accedido, incluso algunas capturas de pantalla que mostraban el nombre de usuario y la contraseña que se habían usado.
– Estas pruebas son contundentes – dijo Carolina –, pero necesitarás una orden judicial para que podamos presentarlas en un tribunal. Y también necesitarás que un perito confirme que no han sido alteradas.
– Lo sé – respondió Sofía, guardando los documentos en su carpeta –, pero esto es un buen comienzo. Gracias por tu ayuda, Carolina. No sabes lo mucho que significa para mí.
– Solo espero que esto ayude a tu hermano – dijo Carolina –, nadie debería pagar por los errores de otros.
Sofía se despidió de ella y salió de la oficina, sintiendo una mezcla de emociones que no podía explicar. Por un lado, estaba aliviada de haber encontrado pruebas concretas de la inocencia de Diego. Por otro lado, estaba destrozada al descubrir que Alejandro había sido el responsable de todo esto. No podía entender por qué él habría hecho algo así, por qué habría arruinado la vida de un inocente solo para cubrir sus propios crímenes.
Decidió ir a ver a Alejandro de nuevo, esta vez con las pruebas en la mano. Tenía que hacerle entender que no podría escapar de la justicia, que tendría que pagar por lo que había hecho. Subió a su auto y se dirigió hacia su departamento en Miraflores, pero antes de llegar vio de nuevo el coche que la había estado siguiendo días antes – el mismo hombre alto y fornido con gafas oscuras. Esta vez, no bajó la cabeza cuando la vio, sino que la miró directamente a los ojos y luego empezó a seguirla.
Sofía aumentó la velocidad, tratando de perderlo en el tráfico de la hora punta. El hombre la siguió de cerca, maniobrando entre los coches con habilidad. Sofía giró por una calle estrecha, esperando poder encontrar un lugar donde aparcar y llamar a la policía, pero el hombre la siguió sin perderla de vista.
Llegó a una plaza pequeña en el centro de Miraflores, donde había varios coches aparcados y algunas personas caminando. Decidió aparcar en medio de la plaza, donde había más gente, pensando que así el hombre no se atrevería a hacer nada. Bajó del auto con la carpeta que contenía las pruebas en la mano, dispuesta a correr hacia la policía si era necesario.
El hombre aparcó su coche a unos metros de distancia y se bajó con paso firme. Sofía sacó su celular y empezó a marcar el número de la policía, pero el hombre se acercó rápidamente y le dio un golpe en la mano, haciendo que el celular cayera al suelo.
– Déjame las pruebas, señorita Ramírez – dijo con voz grave –, y te dejo en paz. Si no lo haces, tendrás problemas mucho mayores que los que tienes ahora.
– Nunca te daré estas pruebas – respondió Sofía con firmeza –, mi hermano es inocente, y voy a demostrarlo. Y tú y tus amigos vais a pagar por lo que habéis hecho.




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