El hombre sonrió con malicia, sacando algo que parecía ser un dispositivo electrónico pequeño y negro. Lo sostuvo frente a ella, y Sofía vio cómo las luces del aparato parpadeaban rápidamente.
– Ese dispositivo puede borrar todos los datos de tu celular y de cualquier documento electrónico que tengas contigo – explicó con voz fría –, en cuestión de segundos. Si no me das las pruebas que tienes en esa carpeta, no tendrás nada que mostrar en el tribunal. Y tu hermano pasará el resto de su vida en la cárcel.
Sofía se mantuvo firme, agarrando la carpeta con ambas manos contra su pecho. Alrededor de ellas, algunas personas se habían detenido a mirar, preocupadas por lo que estaba sucediendo. El hombre notó la atención que estaban llamando y se acercó más a ella, bajando la voz:
– No hagas que tenga que hacer algo que lamentemos los dos – susurró –, mis jefes no son personas que se dejen contradecir. Ya han demostrado lo que están dispuestos a hacer para protegerse.
Sofía pensó en Diego, en Luisa y los niños, en todos los que podrían estar en peligro si ella continuaba con esto. Pero también pensó en la justicia, en la necesidad de demostrar que nadie está por encima de la ley, ni siquiera los que se encargan de hacerla cumplir.
– No te daré nada – respondió con voz clara, para que todos pudieran oírla –, estas pruebas demuestran que mi hermano es inocente y que personas poderosas han estado manipulando el sistema. Voy a llevarlas a la policía y al tribunal, y la verdad saldrá a la luz.
El hombre frunció el ceño, claramente molesto por su actitud. Se movió como si fuera a atacarla, pero en ese momento se oyó el sonido de sirenas acercándose. Alguien había llamado a la policía.
El hombre miró hacia la calle donde se acercaban las patrulleras, luego volvió a mirar a Sofía con una expresión de amenaza:
– Esta no ha terminado, señorita Ramírez – dijo –, todavía tienes tiempo de cambiar de opinión. Pero cuando mis jefes actúen, será demasiado tarde.
Con esas palabras, se dio la vuelta y se fue corriendo hacia su coche, desapareciendo en el tráfico antes de que llegaran los policías.
Los agentes se acercaron a Sofía, preguntándole qué había pasado. Ella les explicó lo sucedido, mostrándoles el celular roto en el suelo y contándoles sobre el hombre que la había estado siguiendo. Los policías tomaron nota de todo y le dijeron que la acompañarían hasta su despacho para asegurarse de que llegara a salvo.
Mientras conducían juntos, Sofía llamó a Ricardo para contarle lo que había descubierto en TechnoService y lo sucedido en la plaza. Él respondió con voz preocupada:
– Sofía, tienes que tener cuidado – dijo –, estas personas no juegan en serio. Ya han demostrado que están dispuestos a hacer cualquier cosa para mantener su secreto. Tal vez deberíamos dejar esto en manos de la policía.
– No puedo hacerlo, Ricardo – respondió ella –, la policía podría estar involucrada también. Hemos visto cómo Alejandro, que es fiscal, ha estado manipulando los documentos y los sistemas. ¿Quién sabe quién más forma parte de esto?
– Tienes razón – dijo Ricardo con suspiro –, pero prométeme que no te arriesgarás más de lo necesario. Necesitamos que estés a salvo para poder defender a Diego.
Llegaron al despacho sin incidentes. Los policías revisaron el lugar para asegurarse de que no hubiera nadie escondido y luego se fueron, prometiendo investigar el incidente y mantenerla informada. Sofía se sentó en su escritorio, colocando las pruebas sobre la mesa y mirándolas con atención. Tenía las capturas de pantalla de los accesos al sistema de Globaltrans, los documentos que mostraban la propiedad del dominio a nombre de Alejandro, y los registros que Ana le había proporcionado de Globaltrans. Todo lo que necesitaba para demostrar la inocencia de Diego y incriminar a los verdaderos responsables.
Pero también sabía que presentar estas pruebas en el tribunal no sería fácil. Alejandro era un fiscal respetado, con muchos amigos en el sistema judicial. Probablemente trataría de desacreditar las pruebas, de decir que habían sido manipuladas, de culparla a ella de intentar influir en el proceso. Necesitaba un plan sólido, alguien que la ayudara a presentar las pruebas de la manera correcta y que pudiera defenderlas contra cualquier ataque.
Decidió llamar a un antiguo profesor suyo de la facultad de derecho – el doctor Enrique Fuentes. Él era uno de los abogados más respetados del país, especializado en casos de corrupción y derecho penal. Había sido quien la había animado a dedicarse a la defensa penal, y siempre había estado ahí para ella cuando la necesitaba.
– Sofía, mija – dijo el doctor Fuentes cuando contestó la llamada –, hace mucho tiempo que no te oía. ¿Cómo estás?
– No estoy muy bien, profesor – respondió ella con voz triste –, mi hermano ha sido detenido acusado de corrupción, y he descubierto que el fiscal encargado del caso es quien realmente está detrás de todo. Necesito tu ayuda.
El doctor Fuentes escuchó con atención mientras ella le contaba todo – los documentos falsificados, el acceso al sistema de Globaltrans, las pruebas que había encontrado en TechnoService, el incidente en la plaza. Cuando terminó, suspiró profundamente:
– Sofía, esto es mucho más serio de lo que crees – dijo –, Alejandro Velásquez forma parte de un grupo de personas poderosas que han estado manipulando el sistema de justicia durante años. Han estado desviando dinero de contratos públicos, protegiendo a criminales y encarcelando a inocentes para cubrir sus propios crímenes. He intentado exponerlos varias veces, pero siempre tienen pruebas falsas listas para desacreditarme.
– ¿Entonces qué puedo hacer? – preguntó Sofía con voz temblorosa – ¿Cómo puedo demostrar la inocencia de mi hermano si todo el sistema está en su contra?
– Hay una forma – dijo el doctor Fuentes con voz seria –, pero es arriesgada. Tenemos que presentar las pruebas directamente ante la corte suprema de justicia, y también hacer que la prensa se entere. Si la historia sale a la luz pública, ellos no podrán manipular el proceso sin que todo el mundo se dé cuenta.
– ¿Pero cómo conseguimos que la prensa se interese? – preguntó Sofía.
– Conozco a una periodista muy buena – respondió el doctor Fuentes –, su nombre es Gabriela Mendoza. Ella ha estado investigando este grupo durante meses, pero no ha podido encontrar pruebas concretas. Si se las damos a ella, ella podrá hacer una historia que no podrán ignorar.
– ¿Y cuándo podemos hacerlo? – preguntó Sofía con impaciencia.
– Mañana mismo – dijo el doctor Fuentes –, ven a mi despacho a las diez de la mañana. Yo la llamaré y la encontraremos allí. Juntos podremos planificar cómo presentar las pruebas de la manera más efectiva.
Después de colgar la llamada, Sofía sintió un alivio tremendo. Por primera vez desde que había sido detenido Diego, sentía que había una posibilidad real de conseguir la justicia. Sabía que el camino sería difícil, que probablemente tendrían que enfrentarse a muchas dificultades y amenazas, pero también sabía que no estaba sola.
Decidió pasar la noche en el despacho de nuevo, revisando las pruebas una y otra vez para asegurarse de que no había nada que se le hubiera escapado. Ricardo se quedó con ella hasta tarde, ayudándola a organizar los documentos y a preparar la presentación que harían al día siguiente.
– También he hablado con el perito documentalista – dijo Ricardo mientras ordenaban los archivos –, él ha revisado los documentos que teníamos y ha confirmado que han sido alterados. Las firmas de Diego son falsas, y algunas páginas han sido reemplazadas por otras que han sido fabricadas recientemente.
– Eso es otra prueba más – dijo Sofía con satisfacción –, entre todo lo que tenemos, no podrán negar la verdad.
Mientras trabajaban, la puerta del despacho se abrió de repente. Sofía y Ricardo se giraron rápidamente, preparándose para cualquier cosa, pero resultó ser Marcela, su secretaria, con una bandeja con café y sandwiches.
– Lo siento por entrar sin llamar – dijo ella con voz baja –, pero pensé que necesitarían algo para comer y beber. Ha sido un día muy largo para todos nosotros.
– Gracias, Marcela – dijo Sofía con una sonrisa –, realmente lo necesitamos.
Mientras comían, Marcela les contó que había recibido varias llamadas desconocidas durante la tarde, preguntando por Sofía y por los documentos del caso García. Había dicho que no sabía nada, pero admitió que se sentía asustada.
– No te preocupes, Marcela – dijo Ricardo –, hemos llamado a una empresa de seguridad para que instale cámaras y sistemas de alarma en el despacho. Mañana estarán aquí para hacerlo. Y mientras tanto, si alguien te llama o se acerca a ti preguntando por algo, no respondas nada y llámanos de inmediato.
Marcela asintió con la cabeza, agradecida por la preocupación. Después de dejarles la bandeja, se fue a casa, prometiendo llegar temprano al día siguiente para ayudar en lo que fuera necesario.
Sofía y Ricardo continuaron trabajando hasta altas horas de la noche, preparando los documentos y planificando cada paso que tomarían al día siguiente. Cuando finalmente decidieron descansar un poco, el sol ya empezaba a aparecer en el horizonte.
Sofía se recostó en el sofá del despacho, cerrando los ojos pero sin poder dormir. Su mente no dejaba de dar vueltas a todo lo que había sucedido en los últimos días – la detención de Diego, la confrontación con Alejandro, las pruebas que había encontrado, las amenazas que había recibido. Pensó en su familia, en cómo su padre había enseñado ellos a siempre decir la verdad y a luchar por lo que era correcto, incluso cuando era difícil. Sabía que él estaría orgulloso de ella por lo que estaba haciendo, aunque también estaría preocupado por su seguridad.
Se levantó temprano al día siguiente, duchándose en el baño del despacho y cambiándose de ropa. Ricardo llegó poco después, acompañado del perito documentalista, quien trajo con él los informes oficiales que confirmaban que los documentos habían sido alterados.
– Estos informes son irrefutables – dijo el perito, cuyo nombre era Javier –, las técnicas que usaron para falsificar las firmas son avanzadas, pero no son perfectas. He encontrado varias irregularidades que demuestran claramente que no son auténticas.
Sofía agradeció su trabajo y guardó los informes con el resto de las pruebas. A las nueve y media, se dirigieron al despacho del doctor Fuentes, que estaba en un edificio histórico en el centro de Lima. Al llegar, encontraron a Gabriela Mendoza esperándolos en la sala de espera – una mujer alta y delgada con el cabello negro largo y unos ojos penetrantes que parecían ver más allá de lo obvio.
– Soy Gabriela – dijo, estrechándoles la mano a Sofía y a Ricardo –, el doctor Fuentes me ha contado todo lo que han descubierto. Si lo que dice es cierto, esta historia cambiará todo en el sistema de justicia peruano.
– Es cierto – respondió Sofía con firmeza –, y tenemos las pruebas para demostrarlo.
El doctor Fuentes los invitó a entrar en su despacho, que estaba lleno de libros y documentos antiguos. Se sentaron alrededor de una mesa grande de madera, y Sofía comenzó a mostrarles todas las pruebas que tenía – los registros de Globaltrans, los documentos de TechnoService, los informes del perito, las declaraciones de Carlos Márquez y Ana.
Gabriela escuchó con atención, tomando notas detalladas y haciendo preguntas precisas sobre cada punto. Cuando Sofía terminó de explicar todo, se quedó callada por varios minutos, procesando la información.
– Esta es la historia más importante de mi carrera – dijo finalmente –, pero necesitamos hacerlo bien. No podemos publicar nada hasta que tengamos todas las pruebas confirmadas y hasta que estemos seguros de que no podemos ser desacreditados. Además, necesitamos proteger a todos los testigos, especialmente a Carlos Márquez y a Ana. Si ellos son descubiertos, estarán en peligro mortal.
– Estoy de acuerdo – dijo el doctor Fuentes –, por eso hemos de presentar las pruebas primero ante la corte suprema, acompañados de una petición de investigación inmediata. Mientras tanto, Gabriela podrá preparar la historia, pero solo la publicará cuando nosotros le digamos que es seguro hacerlo.
– También necesitamos hablar con Diego – dijo Sofía –, él tiene derecho a saber lo que hemos descubierto y a estar presente cuando presentemos las pruebas. He hablado con Alejandro y me ha dado hasta el final de la semana para presentar las acusaciones, pero ahora que tenemos estas pruebas, podemos pedir que se levante la orden de detención de inmediato.
– Eso es lo que haremos – dijo el doctor Fuentes –, yo mismo me encargaré de presentar la solicitud ante la corte. Con estas pruebas, no podrán negar que su hermano es inocente.
Mientras planificaban los próximos pasos, el teléfono del doctor Fuentes sonó. Contestó la llamada con una expresión seria, y cuando colgó, miró a Sofía con preocupación en el rostro.
– Esa fue la policía – dijo –, han encontrado el coche que te siguió ayer en la plaza. Había sido robado hace unos días, y el hombre que lo conducía no tenía documentos de identidad. Pero lo que es más preocupante es que encontraron una tarjeta de acceso en el coche que pertenece a la oficina de Alejandro Velásquez. Parece que él fue quien le dio las órdenes de seguirte y tratar de conseguir las pruebas.
Sofía sintió cómo se le helaba la sangre. Sabía que Alejandro estaba involucrado, pero saber que él había sido quien ordenara que la atacaran hizo que su corazón se rompiera en mil pedazos. Había amado a ese hombre con todo su ser, había confiado en él, había creído en sus promesas. Y ahora descubría que él era capaz de hacer cualquier cosa para protegerse a sí mismo y a sus amigos.
– También han encontrado algo más – continuó el doctor Fuentes –, documentos en el coche que muestran que este grupo ha estado involucrado en otros casos de corrupción, incluyendo el contrato de construcción del nuevo hospital en el distrito de Villa El Salvador. Han desviado millones de soles que deberían haber sido usados para comprar equipos médicos y contratar personal.
– Esto es peor de lo que pensábamos – dijo Ricardo con voz grave –, no solo están robando dinero, sino que están poniendo en peligro la vida de la gente.
– Es por eso que debemos actuar rápido – dijo Gabriela –, mientras más tiempo pasemos, más daño pueden hacer. Ya he hablado con mi jefe en el periódico, y él está de acuerdo en apoyarnos. Podemos publicar la historia en menos de veinticuatro horas si todo está listo.
El doctor Fuentes asintió con la cabeza:
– Bueno, entonces es hora de poner el plan en marcha. Sofía, tú te encargarás de preparar la solicitud para levantar la orden de detención de tu hermano. Ricardo, tú te ocuparás de contactar a todos los testigos y asegurarte de que estén a salvo. Gabriela, tú te encargarás de preparar la historia y coordinar con otros medios de comunicación para asegurar que la noticia llegue a todo el país. Yo me encargaré de presentar la solicitud ante la corte y de hablar con algunas personas influyentes que pueden ayudarnos a asegurar que se haga una investigación justa.
Mientras repartían las tareas, Sofía pensó en Alejandro. Se preguntó si alguna vez había sido el hombre que ella había creído conocer, o si todo había sido una mentira desde el principio. Se preguntó si él se sentía culpable por lo que había hecho, o si simplemente veía a las personas como herramientas que podía usar y desechar cuando ya no le servían.
Decidió llamarlo una vez más, esta vez no para pedirle ayuda, sino para decirle que sabía la verdad y que no se dejaría intimidar. Él contestó en el cuarto tono, con voz cansada y triste.
– Sofía – dijo su nombre como si fuera un suspiro –, sé que ya sabes todo. Sé que has encontrado las pruebas que incriminan a mí y a mis compañeros.
– ¿Por qué lo hiciste, Alejandro? – preguntó Sofía con voz rota – ¿Por qué arruinaste la vida de un inocente? ¿Por qué mentiste a todos, incluso a mí?
Hubo un silencio en el otro extremo de la línea, y luego Alejandro habló con voz baja y emocionada:
– No tenía elección, Sofía – dijo –, cuando empecé en el ministerio público, pensé que podría cambiar las cosas desde dentro. Pero me di cuenta de que el sistema estaba tan corrupto que no había forma de hacerlo solo.
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Editado: 15.02.2026