No fumo, gracias.

Capitulo uno

El duelo es el proceso psicológico, emocional, físico y social que sigue a una pérdida o una separación, y se caracteriza por sentimientos como culpa, miedo, negación, ansiedad, fatiga, llanto e insomnio.

Adaptarse a una nueva realidad requiere tiempo para sanar, lo que puede generar emociones nuevas e indeseadas, pero estas son necesarias para la sanación.

Es un proceso individual necesario para superar y aceptar la pérdida de un ser querido.

El apoyo de familiares y amigos es importante para la persona en duelo, aunque a veces también se necesita ayuda terapéutica.

El aislamiento tras la muerte de un ser querido es una manifestación del duelo, especialmente durante la fase de profunda tristeza, depresión o shock emocional.

Cuando una persona no acepta la muerte de un ser querido, se denomina fase de negación o shock dentro del proceso de duelo.

El duelo patológico es un duelo doloroso y complejo que hace que la persona se niegue por completo a aceptar la muerte de un ser querido y se caracteriza por una duración prolongada y una interferencia significativa en la vida cotidiana.

Se diferencia del duelo normal porque la persona se siente estancada, incapaz de aceptar la realidad, y su dolor no disminuye con el tiempo; incluso puede intensificarse.

La depresión es un trastorno grave del estado de ánimo que causa tristeza persistente, pérdida de interés y fatiga. En los peores casos, pueden aparecer pensamientos suicidas.

A menudo la descartamos como una debilidad o una rabieta, pero no lo es; requiere atención profesional. Se puede tratar con medicamentos o terapia.

Algunas de las causas pueden incluir:

Factores biológicos y químicos.

Factores hormonales.

Genética.

Condiciones médicas y medicamentos.

Factores psicológicos.

...

El timbre volvió a sonar, la tercera vez, pero Tadeo se acurrucó aún más bajo las sábanas.

<<"¿Por qué no se van?">>

pensó Tadeo mientras se tapaba con las sábanas hasta la nariz, esperando a que quien llamara se fuera.

Eran casi las nueve de la mañana y seguía en la cama, despreocupado. Sus ojos seguían rojos e hinchados, la única señal de que había vuelto a llorar la noche anterior.

La habitación estaba completamente oscura; la luz del sol apenas se filtraba. Había un par de latas de cerveza en la mesita de noche y algunas vacías en el suelo.

El timbre volvió a sonar.

"¡Tadeo, sé que estás ahí! ¡Sal ahora mismo!".—Era Simón, el antiguo jefe de su amado Teodoro.

Tadeo se acurrucó aún más bajo las sábanas mientras se deslizaba de nuevo en la cama.

Llevaba días así: bebiendo, llorando, intentando dormir, ignorando el mundo que lo rodeaba. Nada le importaba, nadie le importaba.

"Te traje tu pollo frito favorito",— dijo Simón, golpeando la puerta con más fuerza.

<<"¿Pollo frito?">>

Un buen pollo frito nunca se desperdicia, o al menos eso dijo Teodoro.

Tadeo se levantó a regañadientes y buscó sus sandalias, pero al final salió de la habitación solo con los calcetines.

Fotos de tiempos más felices colgaban en la pared: su foto de boda, una foto de un viaje a Italia por su aniversario, fotos de Teodoro. La chaqueta de Teodoro seguía colgada en el perchero, al igual que sus sandalias, como si él esperaba que algún día, como por arte de magia, Teodoro regresara...

Era mejor engañar a su mente que aceptar la realidad.

Al menos para él.

"Tadeo, te juro que si no abres la puerta, llamo a la policía ahora mismo."—La voz de Simón resonó al acercarse.

"¿Qué haces aquí? Te dije que no volvieras."— Tadeo abrió la puerta, ahora con un aspecto completamente distinto al del hombre sonriente de la foto en la pared.

"Te ves fatal. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?"—Simón empujó a Tadeo adentro.—"A Teodoro le daría un infarto si te viera."

Simon miró a su alrededor, notando el polvo en los muebles.

"Cállate",—dijo Tadeo, mirando al suelo.— "Si solo viniste a decir tonterías, entonces vete. Deja el pollo frito y vete". Tadeo empezó a buscar platos para servir la comida.

"Anda, no seas así. ¿No te alegra verme?",—dijo Simon, fingiendo ofenderse.

"Mimi quería venir con las chicas ayer, pero nadie abrió la puerta. ¿No estabas en casa?",— preguntó Simon mientras ponía los condimentos y las guarniciones para el pollo frito en los platos.

El olor a pollo frito llenó la habitación, y para alguien que no había comido en días, le revolvió el estómago.

"Estuve aquí, pero no abre la puerta",— declaró Tadeo sin remordimientos mientras se sentaba a la mesa, no sin antes enderezar la silla ligeramente torcida de su amado.

"¿Sigues usando el anillo?" —preguntó Simón, mirando a Tadeo con una mezcla de lástima y preocupación—. Ya hace ocho meses que Teodoro se fue. Deberías olvidarte de él. Solo te estás haciendo daño —dijo Simón mientras le servía a Tadeo un plato de comida con dos piezas de pollo frito.

—No se ha ido, solo se fue de viaje de negocios —dijo Tadeo, apartando el plato—. He perdido el apetito. Vete —dijo con lágrimas en los ojos, y ninguno de los dos sabía el porqué de las lágrimas del hombre mas joven.

Simón dejó escapar un profundo suspiro mientras se pellizcaba las sienes.

—Anda, Tadeo, acéptalo. Está muerto. Ya no eres un niño; eres un hombre de treinta y dos años. Deja de negar la realidad. Está muerto. Nunca volverá —dijo Simón, mirándolo con lástima y rabia.

Un vaso se hizo añicos contra la pared al otro lado de la habitación.

—¡Fuera! ¡Deja de mentir! ¡Fuera de aquí, maldito cabrón! —gritó Tadeo mientras tiraba el plato vacío al suelo. Los platos tintinearon cuando se agachó rápidamente a recogerlos, con lágrimas corriendo por su rostro.

—¡Ay, maldita sea, Tadeo! Anda, déjalo ahí. Yo lo limpio —murmuró Simón mientras veía al joven llorar y recoger la porcelana rota.




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