El calor de Maracaibo no perdona a nadie.
Ni siquiera a mí, que llevaba toda la vida viviendo ahí.
—¡Mariana! —gritó mi mamá desde la cocina—. ¿Vas a salir así?
—¡Así cómo, mamá! —respondí sin voltear, tratando de acomodar los planos sobre la mesa.
El comedor estaba lleno de papeles, reglas, lápices y maquetas a medio terminar. Arquitectura no era una carrera… era una guerra constante contra el tiempo.
—Con esa cara de amargada —añadió mi hermano mayor, riéndose mientras uno de mis sobrinos corría alrededor de la mesa—. Vas a espantar a cualquiera.
—Perfecto —murmuré—. Justo lo que necesito.
Vivía en una casa donde nunca había silencio. Entre mis padres, mis hermanos, los niños, la televisión prendida y el calor infernal, estudiar era casi un acto heroico.
Agarré mi bolso, metí el cuaderno y los audífonos.
—Voy a la universidad —avisé—. Si alguien toca mis cosas, muere.
—Drama queen —dijo mi papá, sin despegar los ojos del periódico.
Salí de la casa con el sol golpeándome en la cara. El barrio estaba igual de siempre… hasta que lo vi.
Un camión de mudanza estaba estacionado frente a la casa de al lado.
—¿Y ahora qué…? —murmuré.
Nunca había vivido nadie ahí. La casa llevaba meses vacía.
Mientras observaba, él apareció.
Alto. Demasiado alto. Piel clara, cabello castaño un poco despeinado y una camiseta blanca empapada de sudor. Cargaba una caja como si no pesara nada.
Y entonces me miró.
—Morning —dijo, sonriendo como si nos conociéramos de toda la vida.
Me quedé quieta.
—…¿Qué?
Sonrió, claramente divertido.
—Good morning —repitió—. You’re my neighbor, right?
No entendí casi nada, pero su tono confiado me irritó.
—Mira —le dije—, yo no hablo taka taka. A mí me hablas en español.
Parpadeó un segundo… y luego se rió.
—Okay, okay —dijo—. Buenos días.
Su acento era extraño… no era gringo. Sonaba más elegante. Más… extranjero.
—¿Te mudas ahí? —pregunté, señalando la casa vacía.
—Yeah —respondió sin pensar—. Digo… sí. Por un tiempo.
—Bueno… suerte —contesté, girándome para irme.
—Hey —me llamó—. What’s your name?
No entendí bien la pregunta, pero sabía que era algo relacionado sobre mi.
Suspiré y volteé.
—Mariana.
—Nice to meet you, Mariana —dijo, pronunciándolo perfecto—. I’m Liam.
No tenía idea de qué había dicho, pero sonaba demasiado seguro de sí mismo.
Claro.
Extranjero.
Vecino.
Problemas.
Seguí caminando, hasta que escuché algo más a mis espaldas:
—See you later, sunshine.
No entendí las palabras…
pero sí entendí la intención.
Me detuve y volteé.
—No sé qué dijiste —le advertí—, pero no me hables así.
Su sonrisa se ensanchó, como si eso le hubiera causado gracia.
—Okay —respondió—. Lo que tú digas.
Seguí mi camino con el ceño fruncido.
Y en ese momento supe que ese chico iba a ser un problema enorme, aunque todavía no entendiera ni una sola palabra de lo que decía.
Holis! Espero que sea de su agrado.
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