El polvo en la boca sabe a cal y a tierra seca. Juan escupe hacia un lado, justo sobre los tenis viejos y sucios que ya se están abriendo por los lados, y aprieta los dedos alrededor de la resortera de hule negro guardada en la bolsa del pantalón. Tiene diez años y una habilidad maldita para caerle mal a todo el mundo en tres cuadras a la redonda. No es el tipo de chamaco al que le regalan dulces en las tiendas; es el que se roba los mangos verdes de la barda ajena solo para ver cómo el viejo dueño les grita mentadas desde el patio, agitando un machete oxidado que nunca va a usar.
Afuera, en la calle polvorienta del pueblo donde los perros flacos se rascan las pulgas bajo los postes de luz que parpadean con zumbido de mosco, la noche del dos de noviembre no huele a fiesta de disfraces ni a cuentos bonitos sacados de la televisión. Huele a incienso pesado quemándose en los altares de las casas, un humo blanco y espeso que se mete por las rendijas de las puertas y se pega a la ropa con el dulzor empalagoso de la cera quemada. A eso se le suma el tufo del monte cercano, ese muro verde y ciego que por la noche parece cerrarse lentamente como un animal paciente que está esperando un descuido.
Las abuelas del rumbo se encerraron apenas cayó el sol. Trancaron las puertas con maderos pesados y colgaron rosarios negros detrás de los marcos. Afuera, en las esquinas donde los hombres se recargan en las paredes para tomar refresco, se dice que en estas fechas las ánimas andan buscando cuerpo, que los aluxes estan inquietos, que se meten en los huecos y que, el que pise fuera de la casa a medianoche se arriesga a que le pase algo irreparable. Pero los chamacos como Juan se limpian las advertencias con la risa floja de los que se creen intocables. Para él, los muertos son pura chingadera de viejas miedosas.
—Si te atrapan los aluxes en el monte, te chupan la vida y te dejan el juicio al revés —le había advertido su abuela horas antes, con esa voz seca mientras le cruzaba la mano con una vara porque Juan acababa de romperle el cristal de la ventana al vecino con una piedra—. No se juega a las escondidas a medianoche, menos hoy. Los difuntos no perdonan a los malcriados.
Pero a Juan las advertencias le valían exactamente tres pesos.
—Pinches viejas mitoteras —murmuró entre dientes, agachado detrás de un barda de piedra donde las chicharras hacían un ruido tan cabrón que parecía que iban a reventar los oídos.
El plan se había armado detrás de la tortillería a la hora en que el sol empezaba a caer pesado, dejando el cielo de un color morado sucio, como un moretón viejo. Los demás chamacos del callejón —Chano, el gordo Efraín y los dos morros más chicos— tenían miedo, se les notaba en el temblor de las rodillas. Pero Juan los había orillado a punta de empujones y de llamarlos rajones hasta que doblaron las manitas. Tenían que demostrar que no eran ningunos bebés. Y la prueba de fuego era esa: jugar a las escondidas cruzando la última hilera de casas, justo donde el pavimento se acababa y empezaba la vereda oscura que se adentraba en el monte espeso.
A Juan le tocó contar primero. No porque quisiera ceder la ventaja, sino porque le encantaba el poder de tener a los demás temblando en la oscuridad, esperando a que él abriera los ojos.
Se arrimó a la pared rugosa de un viejo taller abandonado. El olor a aceite quemado se mezclaba con el copal. Apoyó la frente contra los nudillos fríos, cerró los ojos con fuerza hasta ver luces rojas bailando bajo los párpados, y empezó a recitar el conteo con esa prisa burlona de quien no respeta ni el tiempo ni a los que están huyendo.
—Uno, dos, tres...
El calor de la zona no aflojaba ni de noche; se le metía por el cuello de la camisa sudada, pegándole la tela a los omoplatos con una comezón constante. Las gotas de sudor le bajaban por la frente, le arrasaban las cejas y se le metían directo en los ojos, picándole. Pero no se movió. Tenía que hacerlo bien para que la cacería durara más.
—...cuatro, cinco, seis...
A lo lejos, el humo del incienso cruzaba la calle como una serpiente blanca. Juan sonreía con la comisura de los labios rota, sabiendo exactamente dónde se había metido el tonto de Chano. Unos segundos antes de empezar a contar, vio los tenis blancos y sucios de su compadre brillar detrás del tronco del viejo flamboyán en el terreno baldío. Chano era un imbécil para esconderse; siempre dejaba los pies de fuera o respiraba tan fuerte que se escuchaba desde lejos. Juan ya se estaba relamiendo los dientes, pensando en el empujón recio que le iba a meter solo para verle la cara de susto.
—...siete, ocho...
El conteo se detiene en seco. La voz se le atora a Juan en la garganta, dura y seca.
No hay ruido de chicharras. No hay risas lejanas de los otros chamacos. Lo único que se escucha es el latido de su propio corazón golpeándole contra las costillas.
Una respiración corta, pesada y demasiado cercana no encajaba con el crujido lejano de las hojas secas. No viene de donde se escondió Chano. Pegaba justo detrás de su oreja derecha, un soplo frío y húmedo que huele a tierra recién cavada y a cera vieja, un olor que no debería existir en ninguna calle del pueblo.
Y lo peor, lo que de verdad le congela la sangre y le afloja los muslos hasta dejarlo sin fuerza en los tenis, no es que alguien esté parado ahí vigilándolo en la penumbra.
Lo peor es el susurro. Una calma tan fría y desganada que no pertenece a ningún niño del barrio. La voz dice 'nueve' con burla, helándole los pulmones a Juan antes de que el grito siquiera intente escapar por su garganta.
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Editado: 24.10.2026