Setenta y tres. Setenta y tres grietas serpenteaban por el techo de concreto sobre su cabeza, un mapa de su propia desesperación. Setenta y tres días en los que su mundo se había reducido a esta celda húmeda, al ritmo de sus propias respiraciones y al secreto que crecía, imparable, en su vientre. Valeria yacía con una mano sobre el ligero abultamiento, un pequeño motín de vida contra la injusticia que la encarcelaba.
¿Sabrías que estás aquí, pequeña semilla de tormenta?, pensó, mientras un miedo frío y familiar le cerraba la garganta. ¿Sentirías este pánico que me ahoga?
La memoria de Dante la atravesó entonces como un cuchillo al rojo vivo. No el Dante de las sonrisas frías y las traiciones calculadas, sino el de los primeros días: el que le enseñó a distinguir un Burdeos de un Borgoña en la penumbra dorada de su bodega privada, el que la sostuvo contra su pecho, quieto y sólido, la noche que su padre murió, ahogando su dolor en la lana fina de su suéter.
«Nunca dejaré que nadie te haga daño, Veli», había susurrado su voz, grave como el terciopelo, mientras sus dedos trazaban círculos hipnóticos en su espalda. Ella, ingenua y hambrienta de pertenecer a alguien, había creído con todo su ser que ese «nadie» lo incluía a él.
El chirrido metálico de la reja la devolvió al presente, desgarrándole los tímpanos. El policía de rostro adusto era la realidad golpeándole en el rostro.
—Ya es libre, señora Costa.
Las palabras cayeron como piedras en la quietud. Valeria parpadeó, lentamente, como si despertara de un letargo profundo. Su vista, nublada, se enfocó en la silueta del uniforme.
—¿Qué... qué dice? —Su voz era un hilillo áspero, desgarrado por el llanto y el silencio de setenta y tres días.
—Es libre. ¿Acaso no escuchó? —La reja se deslizó con un sonido estridente que le erizó la piel. El policía hizo un gesto brusco—. Sus familiares la esperan en la salida.
Empujó sus palmas contra la fría madera de la banca, esbozando un movimiento que sus piernas, convertidas en plomo, se resistían a completar. Finalmente, se puso de pie y una marejada de vértigo la sacudió, obligándola a agarrarse del muro húmedo. Siguió al policía por un pasillo angosto donde el eco de sus propios pasos era el tambor de una fuga que no sentía propia.
Al salir a la recepción, la luz del día se estrelló contra sus pupilas, punzante como un alfiler. Entrecerró los ojos, cegada, y al abrirlos de nuevo distinguió dos figuras recortadas contra el resplandor: una de curvas generosas y cabello rojo cobrizo, la otra ancha y estable.
—¡Valeria! —La voz de Sol se quebró en un grito contenido. Sus ojos, enmarcados por el rastro salado de las lágrimas, la recorrieron de arriba a abajo antes de envolverla en un abrazo que le quitó el aire—. Cuánto te extrañé, hermanita.
Tomás, el esposo de Sol, se unió al abrazo, formando un círculo protector del que Valeria se sentía indigna. El olor a jabón limpio de la camisa de Tomás le provocó un nudo en la garganta; había olvidado cómo olía la normalidad.
—¿Cómo... cómo lo hicieron? —logró balbucear, su mejilla aplastada contra el hombro de su hermana.
—Tomás y yo vendimos algunas cosas, movimos algunos ahorros... —respondió Sol con una sonrisa débil—. Discúlpanos por haber tardado tanto.
Ningún "gracias" alcanzaba. El alivio y la vergüenza formaban un nudo imposible en su garganta.
—Vamos a casa —susurró Sol, dándole suaves golpecitos en la espalda, un ritmo que decía "estás a salvo, estás con nosotros".
Afuera, Tomás ya esperaba dentro de su pequeño auto. Sol abrió la puerta trasera para Valeria y luego se acomodó en el asiento del copiloto. El asiento trasero estaba sembrado de periódicos viejos. Valeria, con movimientos automáticos, tomó uno. Las fechas eran de meses anteriores a su liberación. Pasó las páginas con lentitud, intentando recomponer el mundo del que había estado ausente, un mundo que parecía haber seguido girando sin darle importancia.
De pronto, la sangre se heló en sus venas.
En la portada, una fotografía suya, tomada desde un ángulo horrible que la hacía ver culpable y esquiva, ocupaba la mitad de la página. El titular gritaba con letras negras y gigantescas: "Valeria Costa, asistente del empresario Dante Lombardi, es llevada a prisión por uso de identidad falsa".
—Fui famosa por un día o quizás varios, y no pude disfrutarlo —masculló con una amargura que le sabía a hiel.
Sol se volvió, alarmada, y le arrebató el periódico, haciéndolo un bola entre sus manos.
—Esos buitres no saben nada. Estoy segura de que esa información la filtró la parte afectada. Solo una. —El eufemismo que usaba para no nombrar a Dante era tan transparente como un cristal.
—De todos modos, fui la gran noticia del día —Valeria dejó caer la cabeza contra el cabezal y cerró los ojos, que pesaban como plomos—. Nadie sabrá nunca lo que realmente sucedió. Lo que él me hizo.
El auto se detuvo. Valeria extendió una pierna y luego la otra, sintiendo cada músculo protestar. Cuando Sol le tendió la mano para ayudarla, Valeria vio el reflejo de sus propias ojeras y su palidez mortal en los ojos preocupados de su hermana. Una punzada de culpa le atravesó el pecho. Ella había traído esta sombra a sus vidas.
Tomás sostenía la puerta de la casa. Valeria entró y se dejó caer sobre el enorme sofá crema del salón, hundiéndose en su suavidad familiar. Su cuerpo era un fardo de plomo, y sus párpados se cerraban solos, arrastrándola no hacia el sueño, sino hacia un recuerdo que había grabado a fuego en su alma.
Los meses que siguieron pasaron en un lento torbellino de visitas al médico y noches en vela, hasta que el invierno cedió su lugar a una primavera que anunciaba, con sus flores impertinentes, la llegada inminente del bebé. El pequeño motín en su vientre se había convertido en una revolución activa y constante.
—¡¿Tomaste la bolsa?! —exclamó Sol, caminando de un lado a otro en el salón como un tigre enjaulado, su cabello rojo una llamarada de ansiedad.