Valeria empujó la puerta de la habitación y, como cada mañana, el corazón se le encogió de un amor tan vasto que casi resultaba doloroso. Matti dormía abrazado a su almohada, sus rizos castaños rebeldes esparcidos como un halo sobre la blanca sábana. La paz absoluta de su rostro era un bálsamo que calmaba cualquier rastro de cansancio en ella, borrando las sombras de sus noches en vela.
Se acercó en silencio, sintiendo cómo la suave alfombra amortiguaba sus pasos, y se sentó en el borde de la cama.
—Buenos días, mi amor —susurró, sellando un beso suave en su mejilla cálida, que olía a sueños y a talco para bebé.
El niño frunció el ceño en un gesto de profundo descontento, una mueca tan exacta a la de su padre que, a veces, aún le dolía como una punzada fresca. Sus ojos, grandes y oscuros como pozos de noche, se entreabrieron con pereza.
—No —refunfuñó, enterrando la cara en la almohada—. No quiero.
—¿No quieres acompañar a mami al trabajo? —preguntó Valeria, alisándole los rizos con dedos que conocían cada curva.
—No —protestó, apretando los párpados con una fuerza que delataba su terquedad heredada.
—¿Tampoco quieres entrar a la piscina?
Como por arte de magia, el ceño se esfumó. Matti se incorporó de un salto, una sonrisa amplia y deslumbrante iluminando su rostro.
—¡Sí! —gritó, con la energía del amanecer—. ¡Quiero acompañar a mi mami!
Valeria lo tomó en brazos, acomodando su peso familiar y reconfortante en la cadera. Matti le enlazó el cuello con sus brazos pequeños pero firmes y le plantó una ráfaga de besos húmedos.
—Te quiero, mami.
—Y yo te quiero mucho más —replicó ella, devolviéndole un beso en la nariz que le arrancó una risa cristalina, el sonido más preciado de su mundo.
La rutina matutina transcurrió entre negociaciones para sacarlo de la bañera —donde su flotilla de animales de goma libraba épicas batallas— y la lógica impecable y aplastante de un niño de cuatro años.
—Si no me visto, ¿quieres que despidan a mamá?
—Eres la jefa —replicó él, con la seriedad de un erudito, mientras su tiburón de goma embestía a un pato de hule—. No despiden a los jefes.
Finalmente, sellada la tregua con la promesa de la piscina por la tarde, llegaron al Cliffhaven Castle. El hotel era su orgullo, su refugio, el castillo de piedra y madera que había construido con sus propias manos, lejos del mundo opresivo de Dante. Al traspasar las puertas, la atmósfera de madera cálida, el suave y persistente aroma a gardenias y el sonido amortiguado del agua en la fuente de mármol la envolvieron en una burbuja de falsa seguridad.
—¡Mami, voy a ver a Tito! —gritó Matti, soltando su mano para correr hacia el conserje, un hombre mayor cuya sonrisa se iluminaba siempre al verlo.
Valeria esbozó una sonrisa, pero esta se congeló en sus labios al ver acercarse a Camila. Algo en la postura impecable de su gerente, en la rigidez de sus hombros, delataba problemas que no podían esperar.
—Señorita Costa —la voz de Camila era un hilo más tenso de lo habitual—. Necesitamos hablar. En privado.
Un nudo familiar y gélido se formó en el estómago de Valeria.
—¿Problemas con los proveedores? ¿Algún inconveniente con la reserva de los inversores?
—Peor —Camila bajó la voz hasta convertirla en un susurro confidencial—. Es... por la boda.
Valeria frunció el ceño, buscando en su mente la agenda que conocía al dedillo.
—¿Qué boda? No tenemos ninguna boda de alta gama hasta el próximo mes.
—Llegó anoche. Una reserva exprés, presupuesto ilimitado. Para este fin de semana. —Camila tragó saliva con un movimiento nervioso—. La novia es Alessandra De la Vega.
El nombre resonó en el aire entre ellas como un campanazo. De la Vega. La vieja aristocracia, un apellido tejido con hilos de poder discreto y legados ancestrales. Valeria sintió que el suelo cedía levemente bajo sus pies.
—Los De la Vega... aquí. ¿Y el novio? —preguntó, casi sin querer oír la respuesta.
Camila pareció encogerse, como si quisiera desaparecer dentro de su traje sastre.
—Esa es la parte... complicada.
Deslizó los dedos sobre la tableta con agilidad. La pantalla se iluminó, mostrando la reserva en alta definición: "Boda De la Vega-Lombardi. 40 invitados. Presupuesto: ilimitado."
Lombardi.
La palabra la golpeó con la fuerza contundente y sorda de un martillo. El aire escapó de sus pulmones en un suspiro forzado. El rumor del agua en la fuente, la risa lejana de Matti jugando con Tito, todo se apagó de golpe, reemplazado por un zumbido agudo y persistente en sus oídos. No. No puede ser. No aquí.
—¿Lombardi? —logró articular, su voz sonó débil y distante, como si viniera del fondo de un pozo—. Como en...
—Como en Dante Lombardi —confirmó Camila, sus dedos aferrándose a los bordes de la tableta como si fuera un salvavidas—. El magnate. Su asistente, un tal Luca Núñez, manejó todos los detalles. Dijo que el Sr. Lombardi busca "autenticidad sobre ostentación".
Autenticidad. La ironía le quemó la garganta con un regusto amargo. Dante, el hombre que había construido un imperio sobre la fachada y el engaño, buscaba autenticidad para su boda. Su boda. Con Alessandra De la Vega.
Su mirada se dirigió, por pura necesidad instintiva, hacia Matti. Su hijo. Los rizos castaños, los ojos oscuros que a veces parecían negros... y ese gesto de fruncir el ceño que era un calco perfecto, un espejo del pasado, del hombre que estaba a punto de cruzar esa puerta.
—¿Y... él sabe? —la pregunta, cargada de un pánico visceral que no pudo contener, escapó de sus labios antes de que pudiera morderse la lengua.
Camila frunció el ceño, una línea de confusión surcando su frente impecable.
—¿Sabe qué, señorita Costa?
—Que... que este hotel es mío —se corrigió torpemente, sintiendo un calor repentino subirle a las mejillas.
—No lo mencioné —respondió Camila, mirándola ahora con una curiosidad profunda y preocupada—. Luca Núñez manejó toda la comunicación. Lo más probable es que el Sr. Lombardi ni siquiera haya visto el nombre del establecimiento. Solo dio una orden y su equipo la ejecutó. Como siempre.