No lo llamaría error

Capítulo 13: Los Cimientos de Arena

El zumbido en el lobby del Cliffhaven Castle era una sinfonía perfectamente orquestada, una melodía que Valeria podía desglosar con oído de directora experta. El tintineo de copas de cristal fino, el murmullo bajo de conversaciones en francés e inglés de negocios, la risa ahogada y feliz de una pareja de recién casados que se miraban como si el hotel hubiera sido creado solo para ellos—cada nota componía la partitura de un triunfo que Valeria no solo escuchaba, sino que respiraba con profunda y merecida satisfacción. Un año completo. Doce meses desde que la sombra de Dante Lombardi se había desvanecido de sus vidas como el humo después de un incendio controlado, dejando atrás un terreno fértil e inesperado. El hotel no solo se había recuperado del escándalo; había florecido de una manera que superaba sus sueños más ambiciosos, convirtiéndose en un referente de elegancia discreta y calidez auténtica.

"El refugio con alma en el corazón de la ciudad", había declarado el artículo de portada de Global Wanderer. Valeria podía palpar esa alma en cada rincón, era tangible: en las flores frescas que Tito cambiaba personalmente cada mañana con el cuidado de un jardinero real, en el aroma embriagador a pan de masa madre recién horneado que emanaba de la cocina de Carmen, en la sonrisa genuina y no forzada de Camila al recibir a los huéspedes recurrentes, llamándolos por su nombre. Esta calidez, esta verdad, era su victoria más preciada—la prueba viviente de que podía crear algo hermoso, duradero y lleno de vida, lejos del mundo opresivo, controlador y frío que Dante representaba.

Esa tarde, Valeria recorría las instalaciones con un andar seguro que hablaba de propiedad absoluta, su vestido color arena—su color favorito ahora, el color de la estabilidad y la tierra firme—ondeando con una elegancia casual y poderosa. Su rostro, sin embargo, mostraba las huellas sutiles pero permanentes de sus batallas: unas líneas finas alrededor de los ojos que no estaban allí antes, grabadas por noches de insomnio y días de ansiedad; una determinación más profunda, tallada a cincel, en su mirada. Pero por primera vez en años, su sonrisa nacía desde un lugar genuino de paz, forjada a fuego lento en la certeza de haber elegido bien, de haber protegido lo que más amaba.

En el jardín interior, un oasis de verdor y tranquilidad, Matti—ahora un torbellino de cuatro años con los ojos curiosos e inquisitivos de su padre y la terquedad característica de su madre—corría entre los macizos de lavanda, persiguiendo una mariposa azul bajo la atenta mirada de su niñera. Su risa, alta, cristalina y completamente despreocupada, era la banda sonora de la vida que Valeria había logrado construir con uñas y dientes. Un año de rutinas seguras, de noches leyendo cuentos bajo la misma lámpara, de mañanas en la playa recogiendo conchas. Un año sin amenazas, sin sobresaltos, sin la sombra alargada y ominosa de su padre.

Pero en la cima siempre acechan los depredadores, oliendo el éxito desde lejos con el instinto certero de los que se alimentan de los logros ajenos, esperando el momento de debilidad para atacar.

—Señorita Costa. —La voz de Camila, ahora su gerente general y mano derecha incondicional, tenía un tono metálico, urgente, que cortó la armonía del lobby como un cuchillo—. Tenemos una situación. Urgente.

En la privacidad de su oficina—el mismo espacio que Dante había convertido en su centro de mando un año atrás, pero que ella había transformado con plantas colgantes, luz natural y fotografías de Matti que capturaban su risa—Camila deslizó una carta de papel grueso, de un blanco impoluto, sobre el escritorio de caoba. El membrete era sobrio, elegante en su minimalismo, y por eso mismo, infinitamente más amenazador: Aethelred Holdings.

—Es la tercera oferta —explicó Camila, cruzando los brazos con una tensión visible en sus hombros—. Las dos anteriores eran tentativas, exploratorias, tanteando el terreno. Esta no es una oferta, es un ultimátum. Si no aceptamos su precio de compra—un precio insultantemente bajo, por cierto—en setenta y dos horas, iniciarán acciones legales agresivas. —Hizo una pausa, buscando las palabras correctas, su rostro serio—. Alegan prácticas comerciales desleales, intento de monopolio en la zona... son tonterías, basura legal, lo sé, pero son tonterías caras. Muy, muy caras de combatir para una empresa de nuestro tamaño.

Valeria leyó la carta, y el sabor dulce del éxito del último año se le convirtió en cenizas amargas en la boca. Conocía demasiado bien la reputación de Aethelred. Eran buitres con trajes de diseñador y MBAs de Harvard, especializados en devorar negocios familiares exitosos, despiezarlos con precisión quirúrgica y vender los órganos por separado al mejor postor. No construían; saqueaban. No creaban valor; lo extraían hasta dejar sólo la cáscara vacía y el personal en la calle.

—Podemos luchar —declaró Valeria, con más convicción de la que sentía en sus huesos, que de pronto parecían de cristal—. Tomás y yo hemos sido prudentes. Tenemos reservas, líneas de crédito... No nos van a doblegar con intimidación.

—Hay más —Camila mordió su labio inferior, una señal de nerviosismo que Valeria rara vez veía en ella—. Recibí una llamada anónima esta mañana. De una mujer. Su voz era... fría. Como el mármol en invierno. No dejaba lugar a dudas. Dijo: "Dile a la señorita Costa que los castillos de arena, por muy altos que se construyan, siempre se los lleva la marea". Y colgó.

Un frío paralizante, familiar y odioso, recorrió la espina dorsal de Valeria. No hacía falta adivinar, no había lugar para la duda. Alessandra De la Vega. La humillación pública de la cancelación de su boda con Dante apenas días antes de la ceremonia no había sido olvidada ni perdonada. Se había fermentado en la oscuridad de su orgullo herido, transformando el dolor de una mujer despechada en un rencor puro, venenoso y paciente. Y ahora encontraba su canal de venganza perfecto, limpiando sus manos con guantes de seda, a través de un fondo de inversión sin escrúpulos que haría el trabajo sucio. Era un ataque personal, meticulosa y elegantemente disfrazado de negocios, y por tanto, doblemente peligroso.




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