No lo llamaría error

Capítulo 14: El Pacto con el Diablo

La decisión no llegó como un rayo de claridad, sino como una niebla tóxica que se fue filtrando lentamente en cada rincón de su conciencia durante aquellos tres días interminables. Setenta y dos horas que pesaban como losas de mármol sobre sus hombros, cada minuto un recordatorio del ultimátum de Aethelred que pendía sobre su cabeza como una espada de Damocles. En su luminoso apartamento, ese espacio que había sido su santuario personal, el aire olía ahora a ansiedad contenida y a papeles legales esparcidos sobre la mesa del comedor, donde antes solo había crayones de colores y cuentos infantiles.

Tomás, con el rostro demarcado por la preocupación y las noches en vela, se reunió con ella la tarde del segundo día, buscando refugio de las miradas curiosas del hotel.
—Los números no mienten, Valeria —susurró, señalando las proyecciones financieras que se extendían sobre la mesa como un mapa de batalla—. Podemos aguantar seis meses, quizás ocho si recortamos hasta lo imposible. Pero será una agonía lenta, desgastante. Y si Aethelred decide jugar sucio con la prensa, manchando el nombre del hotel con acusaciones falsas... —No necesitó terminar la frase. El fantasma del escándalo público y la bancarrota se cernía sobre ellos como una sombra alargada.

Valeria miró hacia el balcón donde Matti, gloriosamente ajeno a las tormentas adultas que se cernían sobre su mundo, construía un elaborado fuerte con cojines del sofá. Su hijo, su verdadero hogar, el centro de su universo. Él merecía estabilidad, raíces profundas en un suelo firme, no otra guerra de desgaste que envenenara los cimientos de su infancia como ya había ocurrido antes.

La noche anterior a que expirara el ultimátum, se encontró de pie frente al cajón de su mesita de noche como una sonámbula. Lo abrió con la pesadez de quien desentierra un ataúd que creía sellado para siempre. Allí, bajo el libro desgastado de Donde viven los monstruos que le leía cada noche, yacían la foto y la carta de retirada de Dante. Su "victoria" solitaria, su triunfo agridulce. Tomó el documento con manos que apenas reconocía como propias y buscó con dedos temblorosos el membrete del bufete de abogados, esa prueba tangible de que todo había sido real.

Fue Camila, con sus contactos en los círculos más opacos de la ciudad y su lealtad a prueba de bombas, quien consiguió el número privado después de horas de discretas indagaciones.
—Valeria —dijo, entregándole el papel doblado que parecía arder en sus manos—, ¿estás absolutamente segura de esto? Esto es como soltar al genio de la lámpara después de haberlo tenido bajo control. No sabes qué vas a desatar, qué versiones de nosotros mismos vamos a encontrar al otro lado.

—No —respondió Valeria, con una honestidad visceral que le partía el alma—. No estoy segura de nada. Solo sé que rendirme no es una opción. Que dejar que Alessandra gane a través de estos testaferros... sería morir en vida.

Más tarde, con Matti durmiendo profundamente en la habitación de al lado, tomó el teléfono como si sostuviera una serpiente venenosa. El salón, iluminado solo por el tenue círculo de luz de la lámpara de lectura, se sentía enorme y vacío, un escenario perfecto para su propia capitulación. Marcó el número con la lentitud del condenado. Cada tono resonó en el silencio como un latido de tambor fúnebre, marcando el ritmo de su derrota. Esperaba un contestador, una voz desconocida, cualquier cosa que la liberara de la carga de tener que enfrentar directamente al fantasma que había convocado.

—Sí. —Una voz. Su voz. Profunda, serena, y cargada de una cautela que no recordaba. No sonaba sorprendido. Era como si hubiera estado aguardando esta llamada todo el tiempo, como si supiera que, eventualmente, la necesidad derribaría su orgullo y tocaría a su puerta.

El aire le abandonó los pulmones en un suspiro tembloroso. —Dante —logró articular, y su nombre en sus labios supo a polvo, a recuerdos envenenados y a un dolor antiguo y familiar que creía haber enterrado.

Un silencio cargado, eléctrico, se extendió al otro lado de la línea. Luego, —Valeria. —Pronunció su nombre como quien examina una reliquia peligrosa, un artefacto de un pasado que aún podía estallar en sus manos—. ¿Está Matti bien?

La pregunta, directa y desprovista de preámbulos, cargada de una preocupación genuina e inmediata, la desarmó por completo. No era el magnate implacable, era el padre que emergía ante la más mínima posibilidad de que su hijo estuviera en peligro.

—Sí. Está... bien. Está creciendo —Tragó saliva, buscando fortaleza en lo más profundo de su ser—. Esto no es sobre Matti. Es... negocios.

La línea se cargó de una tensión diferente, más fría, más profesional. El cambio fue casi físico, como si hubiera puesto una máscara. —Continúa.

Ella le explicó con palabras entrecortadas. Aethelred. Las ofertas hostiles, las amenazas legales veladas. La sombra alargada de Alessandra tirando de los hilos en la sombra, su rencor alimentando la maquinaria. Las palabras salían a borbotones, teñidas de una urgencia que no podía ocultar. Cuando terminó, un silencio espeso, pesado como el plomo, llenó la línea.

—¿Y por qué crees que yo puedo, o querría, hacer algo? —Su tono era impasible, el del estratega que evalúa una propuesta desde la distancia segura de su fortaleza.

—Porque Aethelred es un cáncer —argumentó, apelando desesperadamente a su lado práctico—. Se expanden, devoran, y son una amenaza a largo plazo para cualquier negocio sólido en la ciudad, incluidos los tuyos. Y porque... —dudó, sabiendo que esta era la parte más peligrosa, la que lo hacía personal—. Porque Alessandra no está haciendo esto solo por el dinero. Lo está haciendo por ti. Por lo que pasó. Y tú... eres la única persona que puede detenerla, que puede llegar a donde mi voz no llega, a esos salones privados donde se deciden estas cosas.

Esta vez, el silencio fue breve, cortante como una cuchillada. —Mi precio es una reunión.




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