No lo llamaría error

Capítulo 15: El Reflejo en el Espejo

El jardín botánico era un oasis de silencio vibrante, un mundo paralelo donde el aire olía a tierra húmeda y jazmín, lejos del hormigón y la presión asfixiante de la ciudad. Valeria eligió el laberinto de rosas con precisión estratégica: un lugar con suficiente intimidad para una conversación difícil, pero lo suficientemente abierto y público como para no sentirse atrapada. Llegó diez minutos antes, con Matti de la mano. El niño, vestido con una camisa a cuadros diminuta y jeans, tiraba de ella con la energía impaciente de sus cuatro años.

—¿A quién vamos a ver, mami? ¿Es una sorpresa? —preguntó, sus ojos curiosos escudriñando los senderos entre los rosales como si buscara pistas.

—Sí, cariño —respondió Valeria, con una voz que luchaba por mantenerse en un tono calmado—. Es... un viejo amigo de mamá. Un señor muy ocupado.

Su corazón martilleaba contra sus costillas con un ritmo frenético. Cada segundo que pasaba era una agonía de anticipación y arrepentimiento. ¿Y si Dante llegaba con su séquito de guardaespaldas, convirtiendo el encuentro en un espectáculo? ¿Y si intentaba algo, si rompía su palabra? ¿Y si Matti, con esa intuición infantil que atravesaba las mentiras como un láser, lo reconocía al instante como algo más que un extraño?

A las cuatro en punto, justo cuando el reloj de la torre cercana daba la hora con cuatro campanadas cristalinas, una figura alta y familiar apareció en la entrada del laberinto. Dante. Iba solo, vestido con una sencillez deliberada: pantalones de lino oscuro y una camisa clara, abierta en el cuello, sin la armadura habitual de traje y corbata. Parecía... más terrenal. Menos el titán de acero y cristal de las finanzas y más un hombre, con el peso de sus decisiones visible en la leve tensión alrededor de sus ojos. Su mirada, esos ojos que eran el espejo exacto de los de su hijo, barrieron el claro hasta encontrarlos, y se detuvieron en Matti con una intensidad tan palpable que casi se podía tocar.

Valeria contuvo la respiración, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba en un estado de alerta máxima.

Dante se acercó con pasos medidos, como si temiera asustar a una criatura frágil. Su mirada se encontró con la de Valeria por un instante fugaz—un destello de algo complejo e inesperado: nerviosismo, una gratitud apenas contenida, una profunda y antigua pena—antes de volver a posarse en el niño con devoción absoluta.

—Hola —dijo Dante, y su voz era más suave, más cálida de lo que la memoria de Valeria había guardado. Había una vulnerabilidad en ese saludo que la tomó por sorpresa.

Matti lo miró con franca curiosidad, sin ningún rastro de reconocimiento más allá del interés que despierta un nuevo adulto. —Hola. ¿Eres el amigo de mami?

Dante lanzó una mirada rápida a Valeria, una pregunta silenciosa flotando en el aire entre ellos. Ella asintió, casi imperceptiblemente, con el corazón apretado en un puño de ansiedad.

—Sí —respondió Dante, y entonces hizo algo que le quitó el aliento a Valeria: se arrodilló en la gravilla del sendero para quedar a la altura de Matti. Fue un gesto sorprendente, que despojó a su figura de toda autoridad y lo igualó al niño—. Me llamo Dante. Y tú debes ser Matti. Tu mamá me ha hablado mucho de ti. Dice que eres un gran explorador.

—¿Ah, sí? —Matti pareció evaluarlo, sus pequeños ojos escudriñando el rostro del hombre con la intensidad de un pequeño detective—. ¿Eres el señor de la foto triste?

La pregunta, inocente y directa como un dardo envenenado, hizo que Dante palideciera visiblemente. Un músculo le saltó en la mandíbula y tragó saliva con visible dificultad. La herida que el niño había abierto sin querer sangraba entre los tres, un triángulo de dolor que se hizo presente en el aire perfumado de rosas.

—Matti —intervino Valeria suavemente, forzando una sonrisa que le dolía en los labios—, ¿por qué no le muestras a... a Dante... esa mariquita tan especial que encontraste antes?

La distracción funcionó. Matti, emocionado por compartir su descubrimiento del mundo, agarró la mano de Dante con una naturalidad que dejó a ambos adultos sin aliento. —¡Ven! ¡Está sobre una hoja roja! Le puse Anita. ¡Es la capitana de todas las mariquitas del jardín!

Dante se dejó llevar, su mano grande y segura completamente dominada por la manita pequeña y confiada. Valeria los siguió a una distancia prudente, observando la escena con una mezcla de terror y una inexplicable, punzante punzada de dolor. Ver a Dante, el hombre que había sido una fuerza destructiva en su vida, arrodillado en la tierra, escuchando con absoluta y genuina devoción la elaborada explicación de un niño sobre la cadena de mando de los insectos en un rosal, era profundamente surrealista. Le recordaba al hombre que había conocido al principio, antes de que el poder y la desconfianza lo endurecieran.

La hora pasó en un suspiro, un torbellino de preguntas infantiles y respuestas pacientemente medidas. Matti, habiendo aceptado a Dante como un compañero de aventuras de pleno derecho, lo arrastró a ver los estanques de nenúfares, señalando peces dorados, y luego al invernadero de las mariposas, donde una de ellas se posó en el hombro de Dante, provocando una risa alegre en Matti. Dante no apartaba los ojos de él. Respondía a sus preguntas con una paciencia infinita, a veces con un humor seco y sutil que hacía reír al niño con carcajadas cristalinas. Era un lado de él que Valeria había vislumbrado brevemente en los albores de su relación, un atisbo de ternura que la tormenta posterior había arrasado. Verlo florecer ahora, aquí, en este contexto, le producía una angustiosa sensación de pérdida, como contemplar el fantasma de lo que pudo haber sido.

Cuando el reloj marcó el fin de la hora, Valeria se acercó, la garganta seca. —Matti, cariño, es hora de irse. La tía Sol nos espera para cenar.

—¡Pero si apenas acabamos de llegar! —protestó el niño, aferrándose con fuerza a la mano de Dante, como si fuera un ancla en un mar de reglas adultas.




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