No lo llamaría error

Capítulo 16: El Puente de Cristal

La promesa de Dante se cumplió con una frialdad y una eficiencia quirúrgica que le quitó el aliento a Valeria, dejándole un regusto a poder absoluto y a una deuda imposible de calcular. A las 9:05 a.m. del día siguiente, Camila irrumpió en su oficina, con los ojos como platos y una tableta temblorosa en las manos, como si sostuviera un artefacto explosivo que milagrosamente se había desactivado.

—Señorita Costa, no lo va a creer. Aethelred ha retirado la oferta. Completa y unilateralmente. No solo eso, acaban de enviar un comunicado formal a los medios disculpándose por lo que llaman un 'lamentable malentendido' y elogiando la 'integridad empresarial ejemplar' del Cliffhaven. —Camila bajó la voz hasta convertirla en un susurro incrédulo—. Han dicho que 'respaldan firmemente el modelo de negocio familiar y con alma'... Son las mismas palabras de nuestro eslogan.

Valeria se dejó caer en su silla de cuero, el aliento atrapado en su garganta. Lo había hecho. Con una sola llamada, un par de órdenes susurradas en algún despacho de la ciudad, Dante había desarmado una amenaza que habría consumido sus recursos, su energía y su paz mental durante años. No hubo euforia en esa victoria, solo una profunda y escalofriante comprensión de la escala monumental, casi sobrenatural, de poder con la que acababa de tratar. Él seguía siendo el hombre que movía los hilos del mundo desde las sombras, solo que ahora, uno de esos hilos la envolvía a ella y, lo que era más aterrador, a su hijo.

—¿Y...? —Camila dudó, bajando aún más la voz—. ¿El Sr. Lombardi? ¿Qué quiere a cambio? Porque esto... esto no es gratis.

—Ya lo tuvo —murmuró Valeria, girando su silla para mirar por la ventana el cielo despejado que ahora parecía una burla—. Su pago ya fue recibido. En el jardín botánico.

Pero se mentía a sí misma, y lo sabía. El trueque inicial—una hora a cambio del hotel—era solo la transacción superficial, la punta del iceberg. El verdadero precio, el coste a largo plazo, era la semilla que Dante había plantado en el fértil e impresionable suelo de la curiosidad infantil. Y esa semilla, regada por la memoria de una tarde de risas y mariposas, estaba germinando con una velocidad y una fuerza aterradoras.

Matti no dejaba de hablar de "Dante, el señor de los ojos como los míos". Cada mención, cada pregunta inocente, era un martillazo sordo y persistente en el muro de contención que Valeria había construido con tanto esfuerzo, sudor y lágrimas.

—¿Cuándo vuelve a visitarnos el amigo de los ojos, mami? —preguntaba en el desayuno, con la boca llena de cereales—. Podríamos llevarlo a ver los tucanes en el aviario.
—¿Crees que a Dante le gusten los dinosaurios carnívoros tanto como a mí? —cuestionaba mientras veían una película, su pequeño ceño fruncido en concentración—. O será más de los herbívoros gigantes.
—Es divertido —declaró una tarde, de forma casual pero definitiva, como si evaluara las credenciales de un nuevo y prometedor compañero de juegos—. Me hizo reír cuando la mariposa le pisó la nariz.

La narrática cuidadosamente elaborada del "papá que nos quiere muchísimo pero vive muy, muy lejos, haciendo un trabajo importantísimo" se había vuelto transparente y frágil como el cristal. Matti había conectado, a un nivel visceral que iba más allá de las palabras, con ese hombre. Y lo peor, lo que le partía el alma en silencio, era que Valeria había visto lo mismo en el jardín: no al depredador frío y calculador, sino a un hombre que miraba a Matti con un asombro reverente y doloroso, como contemplando el único milagro puro que se le había permitido crear y que, por su propia ceguera, se le había negado.

La culpa, esa compañera constante, comenzó a cambiar de forma, mutando en algo nuevo y más corrosivo. Ya no era solo la culpa por haberle negado un padre durante cuatro años, sino la culpa de preguntarse si, en su justa y necesaria ira, en su instinto feroz de protección, había condenado a su hijo a crecer sin conocer a un hombre que, contra todo pronóstico y lógica, parecía capaz de amarlo de manera genuina, profunda y desinteresada.

Una semana después de la tregua forzada con Aethelred, llegó el primer "artefacto". Un paquete discreto de cartón marrón, sin remitente, dirigido específicamente a "Matteo Costa". Dentro, envuelto en un papel de seda impecable, había un libro infantil exquisitamente ilustrado sobre el sistema solar, con páginas desplegables de los planetas que se erguían en tridimensionales obras de arte. Era caro, educativo, perfecto, impersonal en su belleza. Pero el mensaje subyacente era claro como el agua: No me he ido. Estoy aquí, observando, pensando en ti. Conozco tus intereses. Quiero ser parte de tu mundo, aunque sea desde la distancia.

Valeria lo sostuvo en sus manos, el peso del papel satinado sintiéndose como una losa. La tentación visceral de tirarlo a la basura, de cortar de raíz esta intrusión, luchó contra el pragmatismo y un extraño, diminuto sentido de justicia. Al final, con un suspiro de derrota, se lo dio a Matti. El niño lo devoró con avidez, pasando las páginas con dedos cuidadosos, sus ojos brillando con el asombro del descubrimiento.

—¡Mira, mami! ¡Es como el jardín botánico, pero en el espacio! ¡Todo es grande y misterioso! —exclamó, señalando una ilustración de Júpiter y sus lunas.

Y Valeria sintió, con una certeza que le heló la sangre, que cada página que su hijo pasaba era una pequeña rendición, un ladrillo más en el puente invisible que Dante estaba construyendo con paciencia de arquitecto maestro, un puente que unía su mundo con el de ellos.

Esa noche, mientras Matti dormía abrazado al libro de los planetas como si fuera un tesoro, sonó su teléfono. Un número desconocido, pero una certeza visceral, eléctrica, le recorrió el cuerpo. Lo sabía. Con el pulso acelerado, lo rechazó, apretando el botón con un dedo tembloroso. Un minuto después, la pantalla se iluminó con la notificación de un mensaje de texto.




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