La tensión se volvió una presencia tangible en la vida de Valeria, un humo invisible que impregnaba cada habitación de su apartamento, un sabor metálico constante en el fondo de su boca. Cada día que pasaba sin que Dante presionara abiertamente era, irónicamente, más agobiante. Su silencio estratégico, su paciente contención, era una pregunta constante y elocuente que resonaba en su mente más fuerte que cualquier exigencia. El libro de astronomía en la estantería de Matti ya no era solo un objeto; era un faro mudo de esa presencia ausente, un recordatorio de que el puente de cristal seguía allí, esperando.
—Mami, ¿los amigos se extrañan? —preguntó Matti una noche, mientras ella arropaba las sábanas alrededor de su pequeño cuerpo, un ritual que de pronto se sintió cargado de un nuevo significado.
—A veces, sí, cariño —respondió Valeria, sintiendo cómo su corazón se encogía como un puño dentro de su pecho—. Cuando son amigos especiales.
—Entonces, ¿podemos extrañar a Dante? —la voz de Matti era suave, genuinamente inquisitiva, sin rastro de la tristeza que ella temía, solo la curiosidad pura de quien intenta entender las reglas del mundo.
La pregunta le dio como un puñetazo directo al plexo solar, dejándola sin aire. No era solo curiosidad; era el eco de una conexión genuina, lo suficientemente fuerte como para dejar un vacío, un espacio que antes no existía. El muro que ella había construido con tanto esfuerzo no solo protegía a Matti de un posible daño futuro, sino que también, comprendió con un dolor agudo, lo aislaba de alguien que, en una sola tarde, había despertado algo brillante y positivo en él.
La gota que colmó el vaso fue una escena de una inocencia devastadora. Desde la ventana de su oficina, con el corazón aún acelerado por la reciente guerra con Aethelred, vio a Matti en el jardín interior del hotel, sentado solo en un banco de piedra con el libro de los planetas abierto sobre sus pequeñas piernas. No estaba jugando, ni corriendo, sino quieto, absorto, pasando las páginas con una lentitud pensativa. Por primera vez, Valeria vio en la postura de su hijo, en la leve inclinación de su cabeza, una sombra sutil de una soledad que ella no sabía que existía. ¿Estaba protegiéndolo de un dolor hipotético para causarle otro, real y presente, el dolor de la ausencia de una figura que había tocado una fibra esencial en él?
La duda, una semilla plantada por Dante, se instaló en ella como un clamor que resonaba en cada decisión, en cada mirada a su hijo. Tomó una decisión que le sabía a traición y a liberación al mismo tiempo, un acto que sentía que iba en contra de todo instinto de supervivencia, pero a favor de algo más profundo y arriesgado: el instinto de amor verdadero. No iba a quemar el puente. Iba a poner un pie cauteloso en él, a probar su resistencia.
Esa noche, en la quietud de su habitación, envió un mensaje desde la cama, la luz fría de la pantalla iluminando sus facciones tensas y su mirada llena de conflicto.
Valeria: Matti extraña a su capitán de mariquitas.
La respuesta fue casi inmediata, como si él estuviera al otro lado, esperando en la misma oscuridad, contemplando la misma luna.
Dante: Yo también lo extraño a él. Más de lo que las palabras pueden decir.
Valeria contuvo el aliento. El siguiente mensaje era el salto al vacío, el punto de no retorno.
Valeria: Hay un planetario. La proyección de las 4 del sábado. "Viaje a los Anillos de Saturno". Puedes sentarte dos filas detrás de nosotros. Sin contacto. Sin acercarte. Sin una palabra. Solo... estar.
El "tic-tic-tic" que indicaba que estaba escribiendo al otro lado pareció durar una eternidad, cada sonido un latido de ansiedad en el silencio de la habitación.
Dante: Estaré allí. No te decepcionaré.
El sábado, la atmósfera en la sala abovedada del planetario era densa, cargada de una electricidad silenciosa que solo Valeria parecía sentir. Matti rebosaba de emoción ingenua, señalando constelaciones en el programa, completamente ajeno a la guerra de nervios que se libraba en el asiento de al lado. Cuando las luces se apagaron y el cosmos comenzó a desplegarse sobre sus cabezas en un espectáculo de luz y música, Valeria giró la cabeza disimuladamente, como si revisara algo en su bolso.
Y allí estaba él. Dos filas atrás, exactamente como acordado. Sentado en completa y deliberada soledad, la luz fantasmagórica de las estrellas y nebulosas proyectadas bailando sobre su rostro serio. Pero no miraba la inmensidad abrumadora de la cúpula, la majestuosidad de las galaxias en espiral. Su mirada, intensa, inamovible y devota, estaba fija en Matti. En la nuca de Matti, en el perfil de su carita iluminada por el resplandor azulado de Júpiter, en sus pequeños dedos aferrados al brazo del asiento. Su expresión era tan cruda, tan desprovista de todas sus máscaras de poder y control, que a Valeria le costó respirar. Era pura, incontestable devoción. El amor silencioso, abrumador y un poco perdido, de un padre contemplando a su hijo.
Matti, en un momento de particular asombro cuando los anillos de Saturno llenaron la cúpula, se volvió ligeramente, como si un instinto ancestral le susurrara al oído. Sus ojos, grandes y oscuros, se encontraron directamente con los de Dante en la semioscuridad. No hubo sorpresa, ni alarma. Solo un pequeño y sereno reconocimiento, una sonrisa secreta, fugaz y cómplice que iluminó su rostro por un instante, antes de volver a girarse, completamente absorto de nuevo en el espectáculo estelar.
Fue ese pequeño intercambio no verbal, ese entendimiento tácito que pasó por encima de ella, lo que terminó de quebrar las últimas y más férreas defensas de Valeria. No se sentía como una intrusión, ni como una violación de su espacio. Se sentía... natural. Como un reencuentro necesario, un lazo que existía más allá de su permiso, de su rabia y de su miedo.