No lo llamaría error

Capítulo 18: El Sonido del Puente

La tregua era frágil, un cristal fino suspendido sobre el vacío de su pasado compartido, y Valeria sentía cada vibración del mundo como una amenaza potencial a su equilibrio. Los días siguientes a la visita al planetario, vivió en un estado de alerta constante, cada fibra de su cuerpo tensa como la cuerda de un arco, esperando el momento en que Dante interpretara su concesión como una rendición total y cruzara la línea invisible que ella aún se esforzaba por trazar en la arena movediza de sus nuevas realidades.

Pero él, el estratega nato que una vez había conquistado mercados y quebrantado voluntades, no cometió ese error. Su silencio era, una vez más, su arma más poderosa y desconcertante. Solo un nuevo mensaje llegó dos días después, cuando la noche ya había envuelto la ciudad en su manto azul oscuro y las primeras estrellas titilaban sobre el cielo de la ciudad:

Dante: La próxima vez que le expliques la Vía Láctea, la galaxia de Andrómeda está a 2.5 millones de años luz, no a 2 millones. Se lo preguntó a la niñera hoy. Es un niño muy observador. Y tenaz.

Valeria dejó escapar una risa ahogada que sonó extraña y liberadora en la quietud de su cocina, una mezcla de incredulidad y de un extraño, punzante deleite. No era solo que Dante estuviera observando; era que estaba escuchando. Estaba siguiendo el ritmo de la mente curiosa y ávida de Matti desde la distancia, con la atención meticulosa de un astrónomo estudiando una estrella lejana y fascinante. No presionaba, no reclamaba, solo corregía suavemente, insertándose en la narrativa de sus vidas con una precisión aterradora y una delicadeza que no le conocía. Era un recordatorio de que su presencia, aunque física ausente, era una constante en el ecosistema de su hijo.

Esa minúscula corrección astronómica fue la grieta definitiva por donde se coló, imparable, la tentación de explorar qué más había al otro lado del muro que durante años había sido solo una barrera.

Matti, por su parte, navegaba su mundo con una nueva brújula que apuntaba hacia un norte llamado Dante. No dejaba de hablar de las estrellas, de los planetas, de los datos que "su amigo Dante", con su voz grave de hombre que sabía de cosas importantes, seguramente conocería al detalle. La curiosidad del niño era un río crecido que buscaba desesperadamente su cauce natural. Y Valeria, agotada de nadar contra la corriente, de construir diques con mentiras bienintencionadas y medias verdades que ya no sostenían el peso de la inteligencia creciente de su hijo, decidió, con el corazón alojado en la garganta, abrir un pequeño canal controlado. Un experimento.

Valeria: Tiene una pregunta sobre la gravedad en Júpiter que me ha desarmado. No sé responderla sin inventármela. Si quieres, puedes llamar. Solo cinco minutos. Solo la pregunta.

El teléfono sonó menos de treinta segundos después. No era una videollamada, solo voz. Una elección deliberada y considerada que agradeció profundamente, un gesto de respeto hacia sus límites. Con mano temblorosa, pulsó el botón del altavoz y colocó el dispositivo en el centro de la mesa de madera del salón, como si estuviera depositando una reliquia explosiva cuyo poder no acababa de comprender.

—¿Hola? ¿Dante? —la vocecita de Matti era un susurro de emoción contenida, sus pequeños dedos acariciando el borde metálico del teléfono como si pudiera transmitirle su entusiasmo a través de la distancia.

—Hola, Matti —la voz de Dante al otro lado era suave, cálida, modelada por una ternura que Valeria nunca le había escuchado, un tono que parecía reservado exclusivamente para este momento—. Me dicen que Júpiter te trae de cabeza. Un gigante problemático, ¿verdad?

—¡Sí! Mami dice que es gigante pero que si saltaras ahí, te caerías super rápido y te aplastarías. ¿Pero cómo puede ser tan gaseoso y tan pesado a la vez? ¡No tiene sentido! ¡El gas es ligero!

Valeria se sentó en el sofá, observando a su hijo. Matti estaba encorvado sobre el teléfono como sobre un tesoro recién descubierto, los ojos brillantes con una concentración absoluta, completamente absorto en el universo que Dante estaba abriendo para él con palabras. Y entonces, ella escuchó. Realmente escuchó. Escuchó cómo Dante le explicaba la gravedad joviana, no como un profesor distante a un alumno, sino como un compañero de exploración, usando analogías de pelotas de playa llenas de agua y piedras pesadas, haciendo reír a Matti con comparaciones absurdas pero efectivas que convertían la física compleja en un juego fascinante. Le hablaba de la diferencia entre masa y densidad, y Matti, contra todo pronóstico, lo seguía con avidez, asintiendo con seriedad, sus cejitas fruncidas en un gesto de comprensión que iluminaba su rostro.

Fueron exactamente cinco minutos. Un cronómetro invisible marcó el final. Cuando el tiempo se acabó, Valeria hizo una seña suave, una ligera presión en el hombro de su hijo.

—Matti, es hora de cenar, cariño —dijo, su voz un hilo en la habitación cargada de aprendizaje y de una nueva y extraña intimidad.

—¡Oh! Okay —Matti volvió al teléfono, una sonrisa de oreja a oreja iluminando su rostro—. ¡Gracias, Dante! Eres el mejor astrónomo del mundo mundial. ¡Y el más divertido!

—Tú eres el mejor haciendo preguntas, capitán —respondió Dante, y Valeria pudo oír la sonrisa genuina, amplia y desprevenida en su voz, un sonido que le resultaba a la vez extraño y profundamente familiar, un eco de un pasado que creía perdido—. Hasta la próxima.

La llamada terminó. Matti salió corriendo hacia la cocina, emocionado, dejando a Valeria sola en el salón, sumida en un silencio que ahora resonaba con el eco de esa conversación. No había sido una intrusión. No había sido una violación de sus términos. Había sido un regalo. Le había dado a su hijo una respuesta, un pedazo de mundo, un modelo de paciencia y curiosidad que ella no podía darle de la misma manera, y le había mostrado, una vez más, una faceta de Dante—paciente, lúdica, brillante en su sencillez—que la tormenta de su relación pasada y las consecuencias amargas habían logrado ahogar casi por completo.




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