No lo llamaría error

Capítulo 19: El Muro de Contención

La llamada telefónica y la foto codificada habían abierto una compuerta en el corazón de Valeria, una que ya no supo—ni quizás, en lo más profundo de su ser, quiso—volver a cerrar. Una frágil y extraña normalidad se instaló en su vida, un equilibrio precario que se sostenía sobre la cuerda floja de gestos medidos, silencios elocuentes y límites respetados. Dante no volvió a llamar, no cruzó abiertamente la línea que ella había trazado, pero su presencia se filtraba en la textura misma de sus días a través de detalles pequeños, anónimos y meticulosamente calculados: un imponente modelo a escala del cohete Saturno V que apareció en la recepción del hotel con una nota que decía simplemente "Para el pequeño señor Costa, de un admirador", un postre especial creado por el chef pastelero que se asemejaba asombrosamente a la nebulosa de Orión, presentado el mismo día que Matti mencionó su fascinación por las nubes de polvo estelar.

Valeria observaba cada gesto con el corazón dividido en una guerra civil interna, siempre en el límite entre la conmoción y una ternura creciente que la aterraba por lo que implicaba. Era un asedio de bondad, de atención pura, y no sabía cómo defenderse de un ataque que, en lugar de destruir, construía puentes dentro de su propio hijo.

Fue en medio de esta calma tensa y esperanzadora que la tormenta llegó. Pero no lo hizo envuelta en papeles legales o amenazas financieras. La venganza de Alessandra De la Vega, fermentada durante meses de humillación y rabia, fue más personal, más visceral, diseñada para infligir el máximo daño emocional.

Un domingo por la tarde, Valeria y Matti paseaban entre los coloridos puestos del mercado de agricultores. El aroma a pan recién horneado y a flores frescas llenaba el aire, y Matti sostenía su mano, parloteando sobre la diferencia entre un tomate cherry y uno uva. Fue entonces cuando una figura esbelta, elegantemente vestida con un traje de lino color hueso, se interpuso en su camino como una aparición venenosa. Alessandra. Llevaba grandes gafas de sol que ocultaban la mitad de su rostro, pero la mueca de frío y absoluto desprecio en sus labios pintados de un rojo intenso era inconfundible.

—Qué escena tan idílica y conmovedora —dijo con una dulzura deliberadamente envenenada—. La emprendedora exitosa y su... hijo. Tiene unos ojos... tan familiares. Casi un calco, ¿no es así?

Valeria se congeló, la sangre helándose instantáneamente en sus venas. Instintivamente, empujó a Matti detrás de ella, usando su propio cuerpo como un escudo. El niño, sintiendo el cambio abrupto en la energía, el tono cortante de la desconocida, se aferró a su falda, su rostro llenándose de una confusión alarmada.

—No tienes nada que hacer aquí, Alessandra —declaró Valeria, con una voz que luchaba por no quebrarse—. Aléjate de nosotros.

—¿Yo? Solo estoy disfrutando de la tarde... justo después de enterarme de la conmovedora reunión familiar en el planetario. —Alessandra se quitó las gafas con lentitud teatral, revelando unos ojos inyectados en una rabia glacial—. Dante me humilla públicamente, cancela nuestra boda a días de la ceremonia, y meses después aparece siguiendo como un cachorro faldero a un niño que es su copia exacta. Es... patético.

—No sabes de lo que hablas —replicó Valeria, apretando la mano de Matti.

—¡Lo sé todo! —su susurro era un silbido furioso que cortaba el aire festivo del mercado—. Sé que fuiste su amante. Sé que te encarceló para salvarse el cuello. Y sé que, en tu celda, le diste un heredero. ¿Y qué hace él? ¡Se arrastra por las migajas que tú, desde tu trono de niña buena ofendida, le quieras dar!

Matti, asustado por la intensidad de la mujer, enterró su cara en la espalda de Valeria, un pequeño sollozo escapándose de sus labios. —Mami, por favor, quiero irme. Esta señora da miedo.

—Tienes una semana —Alessandra clavó su mirada en Valeria, como un puñal—. Una semana para que él se aleje de ustedes para siempre. Si no... me encargaré personalmente de que la prensa sepa toda la jugosa historia. La amante, la estafadora y el hijo bastardo. Veremos cuánto dura el encanto de tu precioso "castillo" cuando esté empapado en este escándalo.

Sin esperar respuesta, Alessandra se dio la vuelta y se perdió entre la multitud con la elegancia de una serpiente, dejando a Valeria temblando de pies a cabeza, con Matti lloriqueando contra ella. El miedo fue un latigazo de hielo que le recorrió la columna vertebral. La amenaza ya no era sobre su negocio, sino sobre la psique intacta de su hijo, sobre la burbuja de normalidad que tanto le había costado construir.

No pensó. No analizó. Actuó por puro instinto maternal. Sosteniendo a Matti contra su pecho, sacó el teléfono con una mano trémula y marcó el número que ya se había convertido, contra todo pronóstico, en su línea directa de auxilio.

Dante contestó al primer tono, su voz alerta. —¿Valeria?

—Alessandra —logró decir, con la voz quebrada por el pánico—. Nos acaba de encontrar en el mercado. Sabe de Matti. Sabe todo. Y... va a ir a la prensa.

Un silencio cargado, eléctrico, al otro lado de la línea. Luego, la voz de Dante, transformada, plana y peligrosamente quieta, como el acero antes del golpe: —¿Dónde están exactamente?

—En el estacionamiento. Junto al auto.

—Quédense ahí. No se muevan de ese sitio.

No pasaron ni siete minutos antes de que una camioneta negra, discreta pero imponente, se detuviera junto a ellas con una precisión milimétrica. Luca, el asistente de rostro impasible, bajó con la eficiencia silenciosa de un operativo militar.

—Señorita Costa. El señor Lombardi me envía. Por favor, suban. Es por su seguridad inmediata.

Valeria, aún temblando, pero con un destello de alivio al ver una acción concreta, subió a la camioneta con Matti aferrado a su cuello. El vehículo partió en silencio, tejiéndose por el tráfico con una habilidad que hablaba de un entrenamiento intensivo. Diez minutos después, entraban al vestíbulo privado y ultraseguro del edificio de apartamentos de Dante. Era la primera vez que ella pisaba su espacio personal en años, y lo hacía huyendo, buscando refugio.




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