El penthouse de Dante era un reflejo exacto del hombre en su estado más puro y desnudo: líneas arquitectónicas impecables que hablaban de un control absoluto sobre su entorno, un lujo sobrio y severo que declaraba poder no en gritos, sino en susurros de mármol italiano y acero bruñido, y una frialdad calculada que apenas lograba contener la intensidad volcánica que Valeria sabía que latía bajo su superficie pulida. De pie en medio de la vasta sala principal, sentía el peso de cada objeto, de cada elección estética minimalista, como si estuviera descifrando un código complejo del hombre en el que él se había convertido—o quizás, en el que siempre había estado, debajo de las capas que ella una vez amó.
—Toma —la voz de Dante, más cerca de lo que esperaba, la hizo girar. Le tendía un vaso de agua con hielo, la condensación empañando el cristal grueso. Sus dedos rozaron los de ella brevemente al pasarle el vaso, y un escalofrío eléctrico, familiar y a la vez nuevo, le recorrió el brazo—. Respira, Valeria. Ella juega a asustar. Nosotros no nos asustamos.
Ella tomó el vaso, asintiendo mientras una gota de agua fría resbalaba por su muñeca como una lágrima helada. No podía evitar notar cómo lo había dicho. Nosotros. La palabra resonó en el espacio entre ellos, cargada de un significado nuevo, peligroso y profundamente tentador.
—¿Dónde está Matti? —preguntó, su voz un poco ronca. Era su principal, su única brújula en aquel mar de incertidumbre y recuerdos dolorosos.
—Con Luca, en la sala de juegos. Hay un telescopio profesional apuntando al cielo de la ciudad y un muro entero pintado con pintura de pizarra para sus teorías estelares. Está a salvo, Valeria. Más seguro que en ningún otro lugar del mundo. —Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal de una manera que ya no sentía amenazante, sino conspiratoria, bajando la voz hasta convertirla en un rumor íntimo—. Antes de que ella llegue, necesitamos establecer nuestra... historia. Nuestro guión.
Valeria lo miró, expectante, bebiendo un sorbo de agua para calmar la sequedad de su garganta.
—No somos ex amantes reconciliados —aclaró Dante, leyendo la aprensión en sus ojos con una precisión que la estremeció—. Eso le daría poder, le alimentaría el drama que tanto anhela. Somos... dos personas adultas que comparten un hijo, y que han decidido dejar el pasado atrás para priorizar su bienestar por encima de todo. Un equipo. Un frente unido, como te dije. La emoción aquí no es el romance, es la co-paternidad. La elección consciente y aburrida. ¿Entendido?
Era brillante. Al despojar la situación de cualquier carga romántica o pasional, le quitaba a Alessandra su principal munición: el relato del triángulo amoroso vengativo. Lo reducía a una decisión adulta, pragmática y, sobre todo, intrascendente para el morbo público. Un acuerdo de crianza no vendía tantos periódicos como un escándalo de infidelidad y un heredero secreto.
—Entendido —susurró Valeria, asintiendo con mayor convicción, sintiendo cómo el plan de Dante le daba una armadura de serenidad.
Los siguientes minutos fueron una lección acelerada e intensa sobre la mente estratégica de Dante Lombardi. Le explicó puntos clave, frases que debían usar, la manera en que debían mirarse—con respeto, con una familiaridad cansada que hablara de historias compartidas y superadas, no con la chispa de la pasión reavivada. Le enseñó a pararse a su lado, a crear una unidad visual inquebrantable. Era como prepararse para la junta directiva más importante y personal de sus vidas, donde el activo a proteger no era un imperio financiero, sino el corazón y la paz mental de su hijo.
Cuando el interfono sonó, su vibración grave cortando el silencio tenso para anunciar la llegada de Alessandra, una calma extraña y gélida se apoderó de Valeria. El miedo no había desaparecido, pero ahora estaba canalizado, afilado y convertido en un arma. Se sentía como una versión más fuerte y más despiadada de sí misma, una versión que había aprendido a jugar en la liga de Dante.
Dante fue quien abrió la puerta. Alessandra entró como una tempestad perfectamente vestida de seda negra y una ira contenida que vibraba en el aire, pero se detuvo en seco, su momentum quebrado, al ver a Valeria de pie, serena y dueña de sí, junto a la chimenea de mármol blanco, con un vaso de agua en la mano como si fuera la anfitriona natural de aquel santuario de poder masculino.
—Qué... encantador —escupió Alessandra, recuperándose con la agilidad de una gacela herida, aunque una grieta de sorpresa genuina cruzó su rostro—. ¿Ya está jugando a la familia feliz? ¿Tan rápido cambian las lealtades?
—Hola, Alessandra —la voz de Dante era cortante como el filo de un diamante, sin darle espacio para respirar—. Cierra la puerta. No estamos aquí para tus dramas domésticos. Estamos aquí para poner fin a esto.
Alessandra cerró la puerta de un golpe seco, avanzando hacia el centro de la sala como un felino enfurecido que olfatea la trampa. —¿Crees que puedes humillarme delante de medio mundo, dejar mi vida hecha añicos, y luego esconderte aquí con ella y con... ese niño?
Valeria sintió que la rabia, feroz y protectora, le hervía en la sangre, pero recordó el guión. No era su lucha individual, era su lucha. Nuestra lucha.
—Su nombre es Matti —dijo Valeria, con una voz sorprendentemente tranquila y clara, que no delataba el torbellino de furia y miedo en su interior—. Y no nos estamos escondiendo. Estamos tomando decisiones sobre la educación y el bienestar de nuestro hijo. Algo que, me temo, no es ni será nunca de tu incumbencia.
—¡Tu hijo! —se rió Alessandra, una risa amarga y carente de humor que resonó en la sala—. ¿Crees que alguien con dos dedos de frente va a creer esta farsa? La gente tiene memoria, Valeria. Recuerdan muy bien los titulares. Recuerdan que fuiste una criminal. Una estafadora.
—Y recuerdan, quizás con más viveza y para siempre, que tú fuiste la mujer a la que dejaron plantada en el altar, con el vestido de novia de cien mil euros puesto y los trescientos invitados esperando en la catedral —replicó Dante, sin alterar su tono plano, letal y completamente desprovisto de emoción—. Dime, ¿a cuál de los dos titulares crees que le darán más play los medios? ¿A un error judicial de hace años, ya sobreseído y olvidado por la mayoría, o al ridículo público, patético y cinematográfico de la heredera De la Vega, llorando por un hombre que claramente no la quiso? Tu familia tiene deudas, Alessandra. Contratos pendientes de renovación conmigo que son el único y frágil dique que mantiene a flote tu decadente y costosísimo estilo de vida. Un escándalo de esta magnitud los hundiría a ti y a ellos. ¿Realmente quieres jugar a este juego? Porque te aseguro que yo juego para ganar. Siempre. Y no tengo el más mínimo reparo en arrasarlo todo.