No lo llamaría error

Capítulo 21: El Día Después de la Tormenta

La luz de la mañana, pálida y decidida, se colaba por los imponentes ventanales del penthouse, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire como partículas de magia suspendidas sobre los restos de la cena de la noche anterior—un recordatorio silencioso y decadente del campo de batalla en que se había convertido su vida. Valeria despertó en la lujosa pero impersonal habitación de invitados, las sábanas de hilo egipcio enredadas en sus piernas como una maraña de lujosas cadenas. La desorientación se apoderó de ella por un instante, un vértigo de espacios ajenos y realidades superpuestas, antes de que los eventos del día anterior regresaran en un torrente visceral: la figura esbelta y venenosa de Alessandra, la electricidad palpable de la confrontación, la cena incómoda pero profundamente significativa, y la presencia constante y ahora desconcertante de Dante. Su mundo, tan cuidadosamente ordenado y defendido, había sido sacudido hasta sus cimientos, y ahora yacía en un desorden esperanzador y aterrador.

Se vistió en silencio, cada prenda una armadura meticulosamente colocada contra la vulnerabilidad que le corroía el pecho. El tacto de la seda en su piel le pareció una burla; ninguna tela, por fina que fuera, podía protegerla del terremoto interno que sentía. Al salir al pasillo, un pasillo tan amplio y frío como un cañón urbano, el aroma embriagador a café recién hecho y tocino crujiente la guió como un seductor hilo de Ariadna hasta la cocina. Y allí, enmarcada en el umbral, estaba la escena que le detuvo el corazón y le cortó la respiración, un cuadro de una normalidad tan brutal que le dolió en el alma.

Dante, con unos jeans desgastados que delineaban sus largas piernas y una simple camiseta blanca—una visión tan mundana que resultaba profundamente desconcertante viniendo de él—estaba de pie frente a la estufa de acero inoxidable, un gigante de los negocios reducido a la escala doméstica y vulnerable de una sartén humeante. Matti, todavía con su pijama de dinosaurios, estaba subido en un taburete alto a su lado, "supervisando" el proceso de cocción de los panqueques con la concentración solemne de un director de orquesta frente a su filarmónica.

—¡Tienes que darles la vuelta cuando salen las burbujas! —instruía Matti, señalando la sartén con su dedo regordete—. Así lo hace siempre mami. Si no, se queman por un lado y saben a carbón. ¡Y el carbón no es sabroso!

—Como el capitán ordene —respondió Dante, y la seriedad absoluta con la que tomó la orden, como si estuviera decidiendo una fusión multimillonaria en la sala de juntas, hizo que a Matti le escapara una risita alegre y contenida, un sonido que a Valeria le pareció el más preciado y a la vez más peligroso de todos.

Valeria se apoyó en el marco de la puerta, observándolos con una mezcla de asombro y un temor que le heló la sangre. No era un espejismo, no era un sueño. Era tangible, real. Y era... profundamente, alarmantemente normal. La domesticidad tranquila de la escena chocaba brutalmente con los años de dolor, traición y conflicto que llevaban a cuestas. Era como si el universo, en un acto de cruel ironía o de pura gracia, les hubiera concedido un paréntesis, un respiro inesperado y fragilísimo en medio de su guerra particular. Cada risa de Matti, cada movimiento tranquilo de Dante, era un martillo que golpeaba contra el muro de resentimiento que ella había construido ladrillo a ladrillo durante años.

Matti la vio primero. —¡Mami! ¡Buenos días! Dante está haciendo panqueques —anunció, como si presentara el milagro más grande del mundo—. ¡Dice que los hace en forma de cohetes!

Dante se volvió entonces, la espátula de madera en la mano como un cetro improvisado, y por un instante fugaz pero intenso, Valeria vio un destello de la misma vulnerabilidad atónita que ella sentía recorriéndole las venas. Lo vio en el leve titubeo de su mano, en la sombra de incertidumbre que cruzó sus ojos antes de que la máscara de la compostura volviera a su lugar. ¿Estaba permitido esto? ¿Era demasiado pronto, demasiado rápido? ¿Era esta calidez doméstica una trampa más sutil, el cebo de una jaula dorada, o el primer atisbo auténtico de algo que podía ser reconstruido desde las cenizas?

—Buenos días —dijo él, su voz un poco ronca por la mañana, cargada de una intimidad que la estremeció—. Espero que te gusten los panqueques con forma de transbordador espacial. Parece ser la única especialidad de la casa que pasa el estricto control de calidad del capitán.

—Me encantan —respondió Valeria, y una sonrisa pequeña, genuina y no calculada, le nació desde un lugar que creía sellado bajo capas de hielo, expandiéndose en sus labios como la primera grieta en un glaciar, prometiendo un deshielo imparable.

Desayunaron juntos en la larga mesa de comedor de mármol, una losa pulida que siempre le había parecido un monumento a la frialdad y la distancia, pero que ahora parecía acogerlos con una calidez inusual, como si el simple acto de compartir comida pudiera domesticar hasta la piedra más fría. Matti llevaba el peso de la conversación sobre cohetes, la cantidad perfecta de sirope en los panqueques—"no un diluvio, mami, solo un río pequeño"—y las constelaciones que había logrado identificar desde el telescopio profesional de Dante la noche anterior. La conversación era fácil, fluida, sorprendentemente natural. Demasiado fácil. Valeria se encontró relajándose, los hombros perdiendo su tensión habitual, riendo con un comentario inesperadamente seco y gracioso de Dante sobre la incompetencia de la NASA para hacer panqueques, hasta que, por un momento robado al tiempo, olvidó por completo quiénes eran, los títulos que llevaban—"el magnate", "la emprendedora"—y todo el doloroso y enrevesado camino que habían recorrido para llegar a esta mesa.

Pero el pasado, como un acreedor implacable, siempre cobra su factura. Y la factura llegó cuando Matti, con el estómago lleno y la emoción agotada, se fue corriendo hacia la sala de estar a ver unos dibujos animados, dejando atrás un silencio denso y cargado de significado que se instaló entre ellos como una niebla espesa. Dante comenzó a recoger los platos vacíos, un gesto práctico que delataba su incomodidad, el ruido de la porcelana contra el mármol sonando como campanadas en el salón vacío.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.