No lo llamaría error

Capítulo 23: El Peso de los Cimientos

La paz, descubrió Valeria, no era la ausencia de guerra, sino su transformación en algo mucho más complejo y exigente: una serie interminable de elecciones diarias y conscientes, cada una con su propio peso y consecuencia, como arenas movedizas bajo sus pies. La tregua con Dante se había solidificado en una rutina frágil pero constante que tejía una nueva normalidad en sus vidas, un patrón que era a la vez un bálsamo y un recordatorio de lo que había perdido y lo que ahora arriesgaba.

Dos veces por semana, puntual como un reloj suizo, un auto discreto recogía a Matti del Cliffhaven Castle para lo que él, con voz llena de emoción contenida, llamaba sus "expediciones de capitán" con Dante. No eran salidas de lujos exorbitantes o regalos vacíos diseñados para comprar cariño, sino visitas al museo de historia natural, tardes dedicadas a la meticulosa construcción de maquetas de cohetes en la vasta terraza del penthouse, o sesiones de "oficina en serio" donde Matti, con su propia laptop de juguete, "trabajaba" con extrema concentración junto a su padre, imitando su postura con una fidelidad conmovedora.

Valeria permitía estas salidas, a veces las acompañaba en silencio, observando desde una distancia prudente cómo el vínculo entre padre e hijo se fortalecía y profundizaba con cada risa compartida, con cada pregunta infantil respondida con una paciencia que nunca había conocido en el Dante de antes. Era un espectáculo que le partía el alma en dos mitades irreconciliables: una, aliviada y profundamente conmovida por la felicidad genuina que irradiaba su hijo; la otra, eternamente vigilante, un centinela en la niebla, esperando la primera grieta, el error fatal, el regreso del hombre frío y calculador que había sido capaz de una destrucción tan metódica y despiadada.

Fue después de una de estas visitas, mientras Matti, lleno de energía residual, "ayudaba" a Tomás a podar meticulosamente un seto en el jardín del hotel con una concentración que rayaba en lo épico, que Sol apareció en la puerta abierta de la oficina de Valeria. No era la hermana alegre y despreocupada de antaño, sino la versión adulta, cansada y marcada por las batallas ajenas que había cargado sobre sus propios hombros durante demasiado tiempo. Su rostro, normalmente iluminado por una sonrisa fácil, estaba pálido y tenso.

—Cierra la puerta —dijo Sol, y su tono, bajo y cargado de una urgencia sombría, hizo que Valeria dejara a un lado inmediatamente el informe de proveedores que revisaba, un nudo de aprensión apretándosele en el estómago.

—¿Qué sucede? ¿Está bien Matti? —preguntó Valeria, instintivamente, su corazón dando un vuelco.

—Matti está perfectamente. Es su madre de la que estoy preocupada. —Sol se dejó caer en el sillón de cuero frente al imponente escritorio, su mirada, intensa y dolorida, fija en su hermana como un láser—. He estado callada, Valeria. He apoyado cada una de tus decisiones, incluso aquellas que me partían el corazón en silencio, porque confiaba en tu instinto, en tu fuerza. Pero esto... esto de verte jugar a la pequeña familia feliz con él... se me está haciendo insoportable. Cada vez que lo veo llegar, siento que me tragan las mismas sombras de entonces.

—No estamos jugando a nada —replicó Valeria, una defensividad automática endureciendo su voz, levantando un muro familiar contra el dolor que asomaba en los ojos de su hermana—. Estamos dando a Matti lo que siempre debió tener. Un padre.

—¿Y tú? —preguntó Sol, clavándole la mirada como un puñal—. ¿Qué estás recibiendo tú a cambio de este... este experimento? ¿Un recuerdo edulcorado de lo que pudo ser? Porque déjame recordarte, ya que parece que convenientemente se te ha olvidado, cómo terminó exactamente lo que "pudo ser". —Su voz, antes contenida, tembló ahora con una rabia largamente reprimida, un torrente que ya no podía contener—. Yo te recogí del suelo, Valeria. Literalmente. La noche que llegaste de la comisaría, después de que te soltaran. Temblabas tanto que no podías sostener un vaso de agua. Yo te lo acerqué a los labios. Yo me senté en tu cama noche tras noche, escuchando cómo llorabas en la oscuridad, preguntándote cómo ese hombre, el padre de tu hijo, había podido hacerte eso. Cómo había podido firmar esos papeles que te arrojaban a los lobos sin un ápice de piedad.

Valeria palideció, como si las palabras de Sol fueran golpes físicos que le quitaban el aire. Eran un martilleo implacable de verdades dolorosas que había tratado de enterrar bajo la frágil esperanza del presente, un presente que ahora se sentía delgado como el hielo. —No lo he olvidado, Sol. Nunca lo he olvidado. Cargo con eso todos los días.

—¡Pues actúas como si lo hubieras hecho! —Sol se levantó bruscamente, caminando hacia la ventana con movimientos agitados, como un tigre enjaulado—. Lo sé todo, hermana. Desde el mismísimo principio. Sabía que estabas embarazada antes de que se lo dijeras a mamá o a cualquiera. Sabía que Dante era el padre, incluso cuando tú misma intentabas convencerte con desesperación de que existía una remota posibilidad de que no fuera cierto. Fingí junto a ti, con una sonrisa falsa que me agotaba, que Matti era fruto de un "donante anónimo", un fantasma convenientemente etiquetado como "asunto privado" cuando la prensa más entrometida preguntaba. Cargué con esa mentira, con ese secreto pesado como una losa, todos los días, para protegerlos a los dos. —Se volvió, y sus ojos, tan parecidos a los de Valeria, brillaban ahora con lágrimas de furia y un dolor profundo, acumulado durante años—. Y ahora lo veo entrar y salir de vuestras vidas con una sonrisa fácil, como si el pasado fuera solo un mal sueño del que todos hemos despertado. ¿Cuándo, Valeria? ¿Cuándo va a recordar Dante Lombardi quién es realmente en el fondo? ¿Y qué le hará a Matti, y sobre todo a ti, cuando ese día inevitable suceda? Porque los tigres no cambian sus maneras, solo aprenden a camuflarlas mejor.

El silencio que siguió fue espeso, sofocante, cargado con el peso abrumador de los años de sacrificio silencioso y lealtad inquebrantable de Sol. Valeria se sintió repentinamente pequeña, expuesta, egoísta. Había estado tan enfocada en su propio viaje tortuoso hacia una especie de perdón, en la frágil belleza de ver a su hijo feliz, que había ignorado por completo el costo emocional que esta nueva y peligrosa danza tenía para la persona que siempre había sido su roca, su refugio incondicional, la única que conocía la verdadera magnitud de las cicatrices.




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