No lo llamaría error

Capítulo 24: El Meteorito y la Anortosita

La metáfora de la piedra lunar se había instalado en el centro de Valeria como un mantra silencioso, un latido constante que resonaba en sus huesos. "Como su mamá". Las palabras de Dante, filtradas a través de la pura y aguda observación de Matti, habían abierto una compuerta emocional que ya no podía—ni quería—cerrar. Ya no se trataba solo de Matti, de facilitar un vínculo padre-hijo. Se trataba de ellos. Y "ellos" era un territorio tan vasto, desconocido y aterrador como la propia superficie lunar, un paisaje que exigía ser cartografiado con sus propias manos, sin la brújula segura de su rencor.

Fue ella quien, con el corazón martilleándole las costillas con una fuerza que casi le dolía, dio el siguiente paso. Un paso deliberado, valiente y temerario que no incluía a Matti. Un paso solo para ellos.

Valeria: Esa anortosita... ¿realmente sobrevivió intacta a todo, o solo da esa apariencia de fortaleza?

Dante: Todas las piedras, como todas las personas, tienen grietas, Valeria. La cuestión no es si existen, sino si esas grietas las debilitan hasta la ruptura o, por el contrario, les dan carácter, les cuentan una historia. ¿Por qué lo preguntas?

Valeria: Tal vez necesite verla en persona, con mis propios ojos, para poder decidirlo. La exposición, ¿sigue abierta?

La invitación estaba hecha. Tácita, discreta, pero inconfundible en su intención. Una cita. Un encuentro de adultos. Sin la protección, ni la distracción, de Matti. Sin el escudo de la co-paternidad.

La respuesta de Dante tardó exactamente el tiempo que ella necesitó para recorrer de un extremo a otro su oficina, las palmas sudorosas, convencida de haber cometido un error monumental, de haber mostrado sus cartas demasiado pronto y de entregarle, una vez más, el poder de herirla.

Dante: Sí. Cierra a las 7. ¿Esta tarde a las 5? Puedo pasar por ti.

A las 4:55 p.m., Valeria se encontraba en el lobby del Cliffhaven Castle, sintiendo que cada uno de sus empleados, cada huésped que pasaba, podía escuchar el violento e incontrolable latido de su corazón. Sol, detrás del mostrador de recepción, no le dirigió la palabra, pero su silencio era un muro de desaprobación tan tangible que casi se podía tocar. Era el frío peso de la historia, de la advertencia hecha carne.

Dante llegó a pie. Sin la camioneta blindada, sin Luca, sin el aura de inaccesibilidad que siempre lo rodeaba como una campana de cristal. Iba vestido con sencillez—un suéter oscuro de cuello alto, jeans—, pero su presencia, esa energía inherente que lo definía, seguía llenando el espacio del lobby, haciéndose más grande que el propio hotel. Al verla, esperando junto a las puertas de cristal, una sonrisa pequeña, genuina y desprovista de artificio—no la máscara social pulida del magnate—le cruzó el rostro. Era la sonrisa del hombre que cocinaba panqueques, no la del que firmaba sentencias.

—Hola —dijo, y su voz era un registro bajo, íntimo, destinado solo a sus oídos, cargado de una esperanza que no se atrevía a nombrar.

—Hola —logró responder Valeria, sintiendo que esa simple palabra le costaba un esfuerzo sobrehumano, como abrir una puerta que había permanecido sellada durante una eternidad.

Caminaron en silencio hacia el museo, a apenas dos cu adras del hotel. La distancia era corta, pero cada paso resonaba con los ecos fantasmales de un pasado compartido y doloroso. Ella no era la misma mujer que había caminado junto a él años atrás, nerviosa, deslumbrada y finalmente ingenua. Era más fuerte, más dura, marcada por cicatrices que él mismo había infligido. Y él, a su vez, no era el mismo hombre arrogante y segurísimo de poseer el mundo. Cargaba visiblemente con el peso de sus errores en la nueva línea de sus hombros y una cautela reflexiva, casi temerosa, en la mirada, como si cada movimiento suyo pudiera detonar el frágil equilibrio que estaban construyendo.

La exposición estaba casi vacía a esa hora, sumida en una penumbra reverencial que invitaba a la confidencia. Se detuvieron frente a la vitrina iluminada que contenía el fragmento de anortosita. La piedra era, en efecto, de un gris apagado, aparentemente simple y anodina, pero al fijarse, se podía apreciar una textura compleja, una superficie marcada que hablaba en silencio de eones de historia violenta, de impactos cataclísmicos y de la fría, inmensa soledad del espacio.

—Matti tiene razón —murmuró Dante, sin apartar los ojos del cristal que los separaba de la roca—. Es fuerte. Resiliente. Pero no es indestructible. Un golpe suficientemente fuerte, en el lugar exacto de una de sus grietas internas, la haría añicos. —Volvió lentamente la cabeza hacia ella, y su mirada era tan directa, tan desprovista de barreras, que casi dolía—. Como tú.

Valeria contuvo la respiración, el aire atrapado en sus pulmones como si fuera la primera vez que lo sentía. Él no solo veía su fuerza; veía sus puntos de quiebre, los lugares donde aún podía romperse. Y en lugar de usarlo como un arma, lo reconocía con un respeto casi reverencial.

—¿Y tú? —preguntó, desafiando ese silencio cargado, necesitando escuchar su propia definición en este nuevo léxico que estaban creando—. Si ella soy yo, ¿qué piedra serías tú?

—Yo —respondió él, sin un ápice de duda, como si hubiera reflexionado largamente sobre ello, buscando en el cosmos una analogía para su propia destrucción—. Yo fui el meteorito. Cegador, rápido, devastador. Arrasé con todo a mi paso, creyendo equivocadamente que esa era la verdadera definición del poder. —Su mirada era intensa, honesta hasta resultar dolorosa, cargada del peso de esa verdad—. Ahora... ahora solo intento, cada día, no dejar un nuevo cráter a mi paso. Ser, en el mejor de los casos, una capa más de polvo estelar. Algo que no dañe, que solo sea parte del paisaje.

Era la confesión más directa, más desnuda, que le había hecho. No era una disculpa vacía o una justificación, sino una comprensión profunda y amarga de su propia naturaleza destructiva pasada. Valeria sintió que algo se desarmaba dentro de ella, un nudo de alambre de púas que llevaba años enredado alrededor de su corazón. La rabia, su fiel y amarga compañera durante tanto tiempo, perdía fuerza, se disolvía frente a la crudeza absoluta de su arrepentimiento. No había espacio para el odio frente a una verdad tan desgarradora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.