No lo llamaría error

Capítulo 26: El Anclaje

La tormenta mediática, tan feroz como efímera, amainó con la misma rapidez con la que había estallado. El comunicado frío y factual de Lombardi Holdings, combinado con la dignidad silenciosa e inquebrantable con la que Valeria había enfrentado los comentarios y las miradas curiosas, le había robado a la prensa sensacionalista el jugo dramático que necesitaba para alimentar la historia. Los titulares se mudaron con voracidad caníbal a un nuevo escándalo financiero, y la "reconciliación secreta" se convirtió en una mera nota a pie de página, un rumor ya pasado de moda. Pero la experiencia había dejado una marca indeleble, no en los periódicos, sino en el espacio intangible entre Valeria y Dante: una capa extra, densa y silenciosa, de complicidad. Un entendimiento tácito y profundo de que, para bien o para mal, navegaban las mismas aguas turbulentas y que la única forma de salir a flote era remar en la misma dirección, compartiendo el timón y la carga.

Fue en medio de esta frágil y recién ganada calma cuando el primer verdadero terremoto llegó. Y no lo hizo desde el exterior, de los titulares o los fondos buitre, sino desde el lugar más vulnerable e íntimo de sus vidas, el núcleo mismo de su nuevo y frágil universo: la salud de Matti.

Matti despertó en la oscuridad profunda de la madrugada, no con el llanto suave de una pesadilla, sino con un sonido gutural y ahogado, un jadeo angustiado que no era el de un niño asustado, sino el de un pequeño cuerpo luchando instintivamente por su supervivencia. Valeria, cuyo sueño siempre había sido ligero y alerta desde su nacimiento, se incorporó de inmediato, cada fibra de su ser en tensión. Al encender la luz de la mesilla, el corazón se le encogió hasta convertirse en un puño de hielo. Su rostro estaba sonrojado y ardía al tacto, pero fue el sonido de su respiración lo que le heló la sangre en las venas: un silbido agudo, forzado, un jadeo que no lograba llevar suficiente aire a sus pequeños pulmones. Asma. La pediatra se lo había advertido como una posibilidad latente, un fantasma en su historial médico que ahora se materializaba con aterradora claridad.

—Mami... no... no puedo... —jadeó Matti, sus ojos vidriosos de fiebre y un pánico primitivo, aferrándose a su camisón con manitas que quemaban.

El pánico, puro, primitivo y cegador, se apoderó de Valeria por un instante que se sintió eterno, paralizándola. Luego, el entrenamiento automático de años de ser la única responsable, la única toma de decisiones, la única roca, tomó el control absoluto de su cuerpo. Lo tomó en brazos, lo arropó con la manta de su cama que olía a sueños seguros, y con unas manos que milagrosamente no temblaban, agarró las llaves del auto y su bolso. Ni siquiera pasó por su mente llamar a Sol, cuyo apartamento estaba justo al lado. Su psique, reducida a su estado más primal y visceral, fue directo, sin escalas, al único otro ser humano en el planeta cuya preocupación, cuyo terror absoluto por Matti, sería tan profundo, visceral y desesperado como el suyo propio.

Marcó el número de Dante con el dedo tembloroso mientras corría hacia el auto, acomodando a Matti, que tosía de forma débil y espasmódica, en su silla infantil en el asiento trasero. El mundo se había reducido a los jadeos de su hijo y la necesidad de llegar al hospital.

Él contestó al primer tono, su voz grave y ronca por el sueño, pero que se despejó en un chasquido de alerta absoluta al oír su respiración entrecortada. —¿Valeria?

—Es Matti —logró decir, y todo el pánico contenido, la helada certeza del peligro, se filtró en esas dos palabras, convirtiéndolas en un grito ahogado—. No puede respirar bien. Tiene fiebre muy alta. Lo llevo al hospital. Centro Médico Universitario, ahora.

—Ya voy —fue lo único que dijo, dos sílabas cargadas de una determinación feroz, una promesa de acero, antes de que la línea se cortara. No hubo preguntas, ni dudas, solo acción.

El trayecto hasta el hospital fue una pesadilla de acero y asfalto bajo la luz fantasmal de las farolas. Cada jadeo breve y forzado, cada silbido agónico que salía del asiento trasero, le retumbaba en el alma, era un cuchillo girando en su propio pecho, un recordatorio de cada latido que su hijo luchaba por conseguir. Al llegar a urgencias, todo fue un borrón de luces fluorescentes despiadadas y movimientos rápidos de personal con batas verdes. Una enfermera, con rostro profesional y calmado, le tomó a Matti de sus brazos con suavidad pero firmeza, y se lo llevró tras unas puertas batientes que se cerraron con un golpe sordo y definitivo. Y a ella le tocó el papel más desgarrador: quedarse de pie, sola, en la fría y desolada sala de espera, sintiendo el eco fantasma de la respiración entrecortada de su hijo grabado a fuego en sus oídos, el vacío de sus brazos donde su peso había estado momentos antes.

No pasaron ni diez minutos cuando las puertas de urgencias se abrieron de golpe, con un ruido seco que cortó la tensión como un cristal. Dante irrumpió en la sala. Iba en jeans y una sudadera oscura arrugada, el cabello revuelto como si se lo hubiera pasado una mano ansiosa una y otra vez, sin abrigo a pesar del frío húmedo de la madrugada. Sus ojos, salvajes, despojados de toda capa de control o compostura, barrieron la sala desierta hasta encontrarla a ella, pequeña y pálida, hundida en un sillón de plástico en un rincón.

—¿Dónde está? ¿Qué te han dicho? —preguntó, llegando a su lado en dos zancadas largas y urgentes. Su presencia llenó el espacio frío, era un torbellino de energía preocupada y contenida.

—No... no ha salido nadie aún —tartamudeó Valeria, y al verlo, al ver su propio miedo multiplicado y reflejado con crudeza absoluta en la profundidad de sus ojos—un miedo que igualaba, que quizás incluso superaba al suyo por la impotencia de no haber estado allí—, la dura armadura de compostura que mantenía se quebró en mil pedazos. Una lágrima solitaria, pesada, se deslizó por su mejilla, trazando un camino cálido en su piel fría.




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