La decisión estaba tomada. Dante se quedaba. Pero "quedarse", Valeria descubrió con una mezcla de pánico y ternura, era un verbo de acción continua que venía con una mochila pesada de logística doméstica, expectativas no dichas y los hábitos profundamente arraigados de otra vida que chocaban frontalmente con los suyos. No era el final del viaje, sino el comienzo de uno nuevo, quizás más complejo: el de la convivencia.
Los primeros días fueron una danza cuidadosa de cortesías exageradas y ajustes incómodos, como dos planetas con gravedades distintas intentando encontrar una órbita común sin colisionar. Dante, acostumbrado a la amplitud silenciosa y ordenada de su penthouse y a un personal invisible que anticipaba cada uno de sus deseos antes de que se formularan, se encontraba de repente confinado en un apartamento donde el espacio vital estaba dictado por los carriles de carreras de Hot Wheels y donde el desayuno era una compleja negociación diplomática entre waffles con forma de dinosaurio y panqueques espaciales. Valeria, por su parte, observaba cómo su santuario personal, el refugio que había construido a prueba de intrusos y tallado a su exacta medida, era lentamente invadido por la presencia física masiva de un hombre que parecía ocupar todo el oxígeno de la habitación. Sus zapatos italianos de cuero, pulcramente alineados junto a sus deportivas de entresemana, creaban una extraña yuxtaposición de mundos; su chaqueta de lino, colgada en la percha que durante años había sido el territorio exclusivo del pequeño abrigo azul de Matti, era una bandera de una nueva soberanía compartida; su aroma distintivo a café de importación y jabón de almendras amargas se entrelazaba de manera irrevocable con el olor a galletas recién horneadas y a la cera dulce de los crayones, creando un nuevo perfume para el hogar.
Fue Matti, por supuesto, quien actuó como el lubricante social perfecto, el diplomático inconsciente de esta nueva y frágil alianza. —Dante, ¡esa es la taza de dinosaurio de mami! Tú tienes que usar la de astronauta —le instruía con la seriedad de un juez de protocolo, señalando una taza azul con el logotipo de la NASA que Sol había comprado en un arranque de humor profético, como si estuviera asignando oficinas en una corporación familiar recién fundada.
Y Dante, el hombre cuyas palabras podían mover mercados y cuyo ceño fruncido helaba la sangre a ejecutivos experimentados, obedecía sin rechistar, con una docilidad que dejaba atónita a Valeria. —Tienes razón, capitán. Error mío. La de astronauta para las misiones terrestres —corregía, cambiando las tazas con una solemnidad que el momento merecía, aceptando con gusto su nuevo rango en esta peculiar cadena de mando.
La primera fricción real, sin embargo, no tardó en llegar, y lo hizo a través del hilo invisible que aún lo unía a su otro mundo, el de los rascacielos de cristal y las decisiones de miles de millones. Una llamada de Luca. Dante tomó el teléfono y se dirigió al balcón, cerrando la puerta de vidrio tras de sí como si sellara una esclusa. Su voz, baja pero impregnada de esa autoridad que le era inherente, se filtró a través del cristal como un rumor de otra vida. Valeria, en la cocina, no podía evitar escuchar los fragmentos, cada uno una pequeña losa sobre sus hombros.
—...no, la junta se pospondrá. Indefinidamente. Dígales que es un asunto familiar... Sí, Luca, es una prioridad. Más que la fusión... Lo sé. Que esperen. O que la maneje el vicepresidente. No molestaré.
Cuando colgó y volvió a entrar, arrastrando consigo el frío de la noche y el peso de una decisión que resonaba en salas de juntas a miles de kilómetros de distancia, Valeria lo miró desde el fregadero, sus manos enjuagando mecánicamente un plato que ya estaba limpio. —No tienes que posponer tu vida entera, Dante. Tu trabajo... tu imperio... no desaparecieron.
—Mi trabajo —la interrumpió él, suavemente pero con una firmeza que no admitía discusión, acercándose—, ha sido mi única y obsesiva prioridad durante demasiado tiempo. Mira a dónde me llevó esa obsesión. —Su mirada, cargada de un dolor antiguo y de una claridad nueva, se desvió hacia Matti, que concentrado hasta sacar la punta de la lengua, construía un elaborado fuerte con todos los cojines del sofá—. Esto —susurró, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia el salón, hacia el pequeño general de cojines— es lo único que realmente no puede esperar. Lo único que, si se pierde, no tiene reemplazo.
Era la declaración que cualquier mujer en su situación habría anhelado escuchar. Pero Valeria no era cualquier mujer. Era una emprendedora que había levantado un imperio desde la absoluta nada, que conocía el sabor del sudor y el costo brutal de descuidar un negocio, por sólido que pareciera. Sabía que la abnegación total podía ser, a la larga, otra forma de prisión.
—No se trata de elegir entre una cosa y la otra, Dante —dijo, secándose las manos con un trapo con más fuerza de la necesaria, como si pudiera frotar la certeza en su piel—. Se trata de encontrar un equilibrio. Si descuidas Lombardi Holdings, si dejas que se desmorone por estar aquí, si pierdes esa parte de ti que es el magnate, el estratega... eventualmente te resentirás por esa pérdida. Y ese resentimiento, tarde o temprano, envenenará esto. Nos afectará a los tres. —Lo miró directamente a los ojos, desafiándolo a ser tan honesto consigo mismo como lo estaba siendo ella—. No quiero ser la excusa para que abandones la otra parte de quién eres. No quiero cargar con ese peso.
Él la miró, claramente sorprendido. Esperaba gratitud, tal vez alivio, no un desafío tan pragmático y lúcido que le mostraba un espejo de su propia naturaleza. —¿Entonces qué sugieres? —preguntó, genuinamente interesado, como si ella fuera la CEO de esta nueva empresa conjunta.
—Sugiero que encuentres un equilibrio. Trabaja desde aquí si necesitas hacerlo, usa la mesa del comedor como oficina, haz que Luca te traiga los documentos, pero trabaja. Ve a tus juntas importantes cuando sea necesario. Matti y yo estaremos aquí. —Hizo una pausa, dejando que el peso de sus siguientes palabras, la fe que depositaba en ellas, se asentara en el aire entre ellos—. No vamos a desaparecer si te vas por unas horas. Tu lugar aquí... está asegurado. No necesitas ganártelo cada día con actos de abnegación.