La paz cultivada en las noches de miércoles, tejida con hilos de verdades compartidas y silencios comprensivos, comenzó a permear el resto de sus días con la suavidad irresistible de una estación que cambia. Valeria y Dante ya no se movían en la incómoda danza de la tregua o la cautelosa negociación, sino en la sincronía cómoda y casi instintiva de dos personas que han empezado a descifrar, y a apreciar, los ritmos, las manías y los silencios del otro. Él aprendió que ella necesitaba esos primeros cinco minutos sagrados de la mañana con su café, en completo y absoluto silencio, mirando por la ventana de su apartamento hacia el jardín del hotel, antes de que su cerebro, como un ordenador que inicia sus programas, pudiera encarar las demandas del mundo; ella descubrió que él, contra todo estereotipo del ejecutivo madrugador y hipereficiente, encontraba su claridad mental y su mayor inspiración estratégica pasada la medianoche, tecleando en su laptop en el sofá de su sala, bañado solo por el círculo dorado de una lámpara de lectura, mientras el resto de la ciudad dormía y el único sonido era la respiración profunda y segura de Matti en la habitación de al lado.
Matti, el centro gravitacional de este nuevo sistema solar, florecía bajo esta nueva y constante estabilidad. Sus preguntas sobre Dante evolucionaron de un "¿Cuándo viene?" esperanzado pero ansioso, a un "¿Dónde está Dante?" asertivo y natural, asumiendo su presencia como una ley física inmutable en su pequeño universo, tan cierta como la gravedad o el amanecer. La palabra "papá" empezó a surgir de sus labios sin esfuerzo, sin la carga de pregunta o prueba que antes conllevaba, redonda, simple y poderosa. Y cada vez que esa palabra, cargada de un significado que resonaba en lo más profundo de los tres, salía de su boca—"Papá, mira este dibujo", "Papá, ¿puedes alcanzarme el jugo?"—, Valeria podía ver físicamente cómo una parte más de la antigua y rígida armadura de Dante se suavizaba, cómo sus hombros, siempre tan tensos bajo el peso de imperios y expectativas, se relajaban en una postura más humana, como si un hueso que había estado largamente dislocado en el esqueleto de su alma volviera por fin, con un suspiro de alivio casi audible, a su lugar correcto.
Pero los cimientos, por muy sólidos y cuidadosamente colocados que parezcan, siempre están sujetos a los temblores imprevistos del mundo exterior, a las réplicas sísmicas de las vidas que dejaron atrás.
La sacudida llegó con el timbre estridente e insistente del interfono del apartamento de Valeria, un sonido que no pedía permiso, sino que exigía atención. Un viernes por la tarde, mientras Dante estaba en el suelo, completamente absorto en la meticulosa tarea de ayudar a Matti a encontrar la pieza de Lego "azul transparente perfecta" para el faro de su barco pirata, y Valeria revisaba un menú para una cena de gala en el hotel, el sonido cortó la tranquilidad doméstica como un cuchillo, helando el aire por un instante.
Valeria se acercó al interfono, una ceja ligeramente arqueada. —¿Sí?
—Señorita Costa —la voz de la portera del edificio sonaba inusualmente tensa, casi apologética—. Hay un caballero aquí que insiste en subir. Se niega a esperar. Un Lawrence Holloway. Dice que es urgente y que viene a ver al Sr. Lombardi.
Al oír el nombre, Dante, que estaba en la alfombra del salón con piezas de plástico esparcidas alrededor como un tesoro colorido, se congeló. Su expresión, un momento antes relajada y concentrada en la misión del faro, se endureció levemente, como si una fina pero impenetrable capa de hielo se formara instantáneamente sobre sus facciones, devolviéndole por un segundo la máscara del hombre que Valeria recordaba de las juntas directivas. Se puso de pie con un movimiento fluido, desplegando toda su altura. —Dile que puede subir —dijo, su voz era neutra, plana, pero con una firmeza subyacente que no admitía discusión.
Valeria lo miró, una pregunta silenciosa y preocupada brillando en sus ojos mientras accionaba el abrir la puerta principal del edificio. —¿Problemas? ¿Algo del trabajo?
—Lawrence es... de la vieja escuela —explicó Dante, cepillándose los restos invisibles de Lego de sus jeans con un gesto automático—. Fue la mano derecha de mi padre. Cree con fervor casi religioso que los asuntos personales deben mantenerse en un compartimento estanco, sellado y hermético, lejos—muy, muy lejos—de los negocios. El simple hecho de que yo esté aquí, en el apartamento de mi... —hizo una pausa mínima, buscando y descartando palabras—, en tu hogar, en un viernes por la tarde, dedicado a... esto —gesticuló hacia el barco pirata a medio construir—, es probablemente considerado una herejía capital en su rígido libro de reglas no escritas.
—¿Quieres que me quede? —preguntó Valeria, la oferta surgiendo de forma instintiva, un impulso de solidaridad y de protección hacia este nuevo espacio que habían creado.
Dante la miró, y en sus ojos, por encima de la capa de hielo, hubo un destello de genuina sorpresa, seguido de una conmoción profunda y gratitud. —Sí —respondió, y la simpleza y la rapidez de la respuesta la sorprendió tanto como a él mismo—. Por favor. Esto —y su gesto, esta vez, fue claro, abarcándola a ella y a toda la escena doméstica— te afecta tanto como a mí. Eres parte de esto.
Unos minutos después, un golpe seco, autoritario y carente de toda calidez resonó en la puerta. Dante fue a abrir, su postura erguida, listo para la batalla. Lawrence Holloway, un septuagenario esculpido en el mismo granito inflexible de la vieja guardia corporativa, estaba en el umbral. Iba impecablemente vestido con un traje de un azul marino tan oscuro que parecía negro, y su mirada, fría y evaluadora como la de un tasador, barrió el recibidor con una desaprobación apenas disimulada antes de clavarse en Dante, ignorando por completo a Valeria.
—Dante —dijo Lawrence, omitiendo cualquier saludo, cualquier preámbulo social—. Necesitamos hablar. En privado. Ahora.