No lo llamaría error

Capítulo 31: El Lenguaje Redescubierto

La declaración de Dante resonó en el silencio del apartamento con la fuerza de un juramento tallado en piedra, una verdad que ahora estructuraba sus días. "Eres mi prioridad". No eran palabras vacías, una promesa romántica lanzada al viento para disiparse en el aire. En los días siguientes, Valeria fue testigo de cómo las convertía en acción, en una reestructuración tangible y minuciosa de su vida. Su laptop pasó más tiempo abierta en la mesa del comedor de su apartamento, entre los restos del desayuno de Matti y los dibujos con crayones, que en la imponente oficina de ébano y acero del piso 50 del rascacielos de Lombardi Holdings. Sus llamadas de trabajo, aunque aún necesarias, eran más breves, más eficientes, libres de la ampulosidad y los rodeos que antes caracterizaban su lenguaje corporativo. Aprendió a delegar con una confianza que antes le habría parecido una herejía, una rendición de control que ahora experimentaba no como una pérdida, sino como una liberación.

Pero la verdadera transformación, la que hacía temblar el suelo bajo los pies de Valeria, no era logística; era emocional, sísmica. La defensa pública y sin ambages de Dante frente a Lawrence Holloway, el haber plantado su bandera en el umbral de su hogar y declararlo su centro de operaciones, había quebrado la última y más resistente barrera entre ellos. Ya no existía un "él" inalcanzable en su mundo corporativo de acero y cristal y un "ellos" confinado entre las paredes del apartamento. Ahora era solo "nosotros". Una unidad indivisible frente al mundo, un frente unido forjado en el perdón y la elección consciente.

Fue una tarde de lluvia densa y gris, con Matti durmiendo una siña profunda y reparadora en su habitación después de un día agotador de carreras y risas en el jardín de infantes, cuando la tensión contenida, dulce y eléctrica, que había crecido entre ellos como una enredadera en primavera, encontró por fin su cauce natural. Valeria estaba leyendo un libro en el sofá, envuelta en una manta de lana suave, y Dante trabajaba enfrente, en la mesa del comedor, la luz de la pantalla iluminando su rostro concentrado. El único sonido era el repique constante y monótono de la lluvia contra los cristales de la ventana y el suave, casi musical, tecleo rítmico de su laptop.

De pronto, el tecleo cesó. No de forma abrupta, sino con una pausa deliberada. Él alzó la vista, y su mirada no se posó en la pantalla llena de números y gráficos, sino en ella, recostada en el sofá como un cuadro de domesticidad que le robaba el aliento.

—No puedo concentrarme —declaró, su voz un poco ronca, rompiendo el hechizo silencioso que los envolvía.

Valeria bajó el libro lentamente, encontrando sus ojos a través de la penumbra de la sala. Vio en ellos una tormenta tranquila, un mar de grises agitados por una emoción que ya no podían contener. —¿En qué? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta, porque la sentía resonar en su propio cuerpo, en el latido acelerado que ahora parecía ensordecer el sonido de la lluvia.

—En esta maldita hoja de cálculo —dijo, cerrando la laptop con un golpe seco y definitivo que resonó en la habitación como un portazo a su vieja vida—. Solo puedo concentrarme en ti. En la curva de tu cuello inclinado sobre el libro. En la forma en que tu pelo cae sobre el hombro. En el sonido de tu respiración, que es el ritmo al que mi propio corazón quiere latir. Eres una interferencia gloriosa y constante, Valeria. Y ya no quiero buscarle solución. Quiero rendirme a ella.

El aire del apartamento se espesó de inmediato, cargado de una electricidad palpable que había estado acumulándose durante semanas, meses, desde aquella primera mañana de panqueques. No era un halago ligero o un coqueteo juguetón. Era una admisión cruda, cargada de la frustración de un hombre que había gobernado imperios y ahora se encontraba derrotado por algo tan simple y poderoso como el deseo, un deseo visceral, largamente contenido, que ya no podían seguir eludiendo sin romperse por dentro.

Valeria no apartó la mirada. No sonrió coquetamente. Sostuvo su mirada con una intensidad igual, y con el corazón latiéndole con tanta fuerza que temió que él pudiera oírlo, lanzó el desafío que llevaba días, quizás semanas, madurando en su interior: —¿Y qué piensas hacer al respecto, Dante Lombardi?

El desafío en su voz, la falta de miedo, la clara invitación, fue el permiso final, la llave que abrió la última cerradura. Dante se levantó, y la corta distancia entre la mesa del comedor y el sofá pareció reducirse a cero en un instante, como si el espacio mismo se contrajera para unirlos. Se detuvo frente a ella, mirándola no como el magnate que lo tenía todo, sino como el hombre que había estado a punto de perderlo todo por su propia y obstinada ceguera, y que ahora tenía algo infinitamente más valioso, más frágil y más aterrador, entre las manos.

—Esto —susurró, la palabra apenas un aliento, un voto hecho sonido.

Y entonces, por primera vez en más de cuatro años, rodeados por el aroma a café tibio y a lluvia fresca, con los juguetes de Matti esparcidos por la alfombra como testigos mudos de su nueva vida, sus labios encontraron los de ella.

No fue el beso apasionado, urgente y un poco desesperado de su juventud, aquel que creía que el mundo se acabaría si se separaban un segundo. Fue más lento, infinitamente más profundo, una exploración táctil, paciente y reverente de todo el terreno perdido, devastado por la guerra y ahora dolorosamente, meticulosamente reclamado. Sabía a verdad amarga y a perdón dulce, a promesas rotas y a juramentos que esta vez, sabían ambos en lo más profundo de sus almas, intentarían cumplir hasta el último aliento. Valeria respondió con la misma intensidad medida, sus manos encontrando su rostro, sus dedos hundiéndose en la textura familiar y a la vez nueva de su cabello, sintiendo la realidad de su piel bajo sus yemas, recordando el fantasma del hombre que fue y reinventando, beso a beso, al hombre que tenía ante sí.




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