No lo llamaría error

Epílogo: Dos años después

El aire en los jardines del Cliffhaven Castle olía a jazmín nocturno y a tierra húmeda, perfumado por una lluvia ligera que había barrido el cielo horas antes, dejando el mundo limpio y nuevo. Bajo un dosel blanco sencillo, adornado no con orquídeas exóticas, sino con guirnaldas de margaritas, nomeolvides y enredaderas locales—un homenaje silencioso al primer ramo—, Matti, ahora con siete años y un trajecito que se las arreglaba para parecer formal y desenfadado a la vez, sostenía con solemne concentración un cojín de terciopelo azul. Sobre su superficie descansaban dos anillos de oro, lisos y brillantes, libres de toda piedra preciosa. Eran símbolos de una promesa pura, no de una ostentación.

No era una boda fastuosa. No había cientos de invitados anónimos ni el brillo cegador de los flashes de la prensa. Estaban Sol y Tomás, de pie en la primera fila, sonriendo con lágrimas contenidas que brillaban en sus ojos como las primeras gotas de rocío; Camila y el resto del personal esencial del hotel, aquellos que habían sido testigos de la lucha y el triunfo de Valeria, convertidos en familia de corazón; y Luca, el asistente de Dante, con una expresión inusualmente suave y una rara, casi imperceptible sonrisa en su rostro normalmente impasible, un destello de complicidad ganado con los años.

Valeria no llevaba un vestido de novia tradicional. Su vestido era de una seda color marfil, sencillo, que fluía con su andar y se mecía con la suave brisa del atardecer como un suspiro. No tenía velo ni cola. No miraba al pequeño y querido público reunido. Su mirada, serena y llena de una luz interior que nacía de un pozo de paz profundamente excavado, estaba fija en Dante, que la esperaba al final del corto pasillo alfombrado con pétalos de rosas blancas. Él la miraba a ella como si fuera el único punto de referencia en el universo, con una mezcla de asombro reverente y de una paz profunda que se había convertido en la base inquebrantable de su nueva vida.

No hubo un "¿Quién entrega a la novia?". Matti caminó orgulloso junto a su madre, sosteniendo su mano con una confianza absoluta, el pequeño puente que una vez los había unido ahora guiándolos hacia su futuro unificado. Al llegar al frente, entregó el cojín con los anillos a Dante con una seriedad cómica que arrancó sonrisas, antes de soltar la mano de Valeria y correr a abrazar la pierna de Dante en un gesto que era puro, automático y lleno de un amor incontestable. "Papá", susurró contra el pantalón, y Dante, sin apartar los ojos de Valeria, como si no pudiera permitirse perder un solo segundo de este momento, posó una mano grande y protectora sobre su cabeza con una ternura infinita, antes de extender la otra hacia la mujer que se convertía, oficialmente, en su esposa.

Sus voces no temblaron cuando recitaron sus votos. No habían escrito promesas de un amor perfecto o de una vida libre de dificultades. Eran adultos marcados por la vida, sabedores de que la tormenta siempre puede regresar. En su lugar, prometieron lo que sabían, con una certeza ganada a pulso en la cocina de su apartamento y en las noches de miércoles, que podían cumplir: paciencia en los días grises, complicidad en las alegrías compartidas, y la elección consciente y diaria de seguir construyendo, juntos, sobre los cimientos que tanto esfuerzo, dolor y perdón les había costado levantar.

—Por la autoridad que me confiere la ley española —declaró el juez con una sonrisa amplia y genuina—, los declaro esposos.

Dante no esperó a que se lo dijeran. No había un "puedes besar a la novia". Él ya era su esposo. Inclinó la cabeza y besó a Valeria, un beso no de pasión desatada, sino largo, dulce y profundamente arraigado, que sabía a hogar, a perdón conquistado, a noches de Lego y a todos los futuros que aún tenían por descubrir juntos. El pequeño grupo estalló en aplausos cálidos y emocionados, con Sol secándose las mejillas sin pudor, su guardia finalmente, completamente, baja.

La recepción fue en el mismo jardín, bajo guirnaldas de luces cálidas que comenzaban a titilar con la llegada del crepúsculo, como luciérnagas celebrando con ellos. No había una banda en vivo, sino una playlist cuidadosamente seleccionada en la que Matti había tenido voto decisivo, intercalando una sevillana tranquila con la banda sonora alegre de su película animada favorita. Dante, para sorpresa y deleite de todos, bailó con Valeria. No era un baile perfecto, era un poco torpe, carente de la gracia del salón de baile, pero estaba tan lleno de amor, de miradas sostenidas que hablaban de un idioma privado, y de manos que se aferraban con la gratitud de quien encontró su ancla, que era más hermoso que cualquier coreografía. Matti se reía, bailando y girando alrededor de ellos como un pequeño satélite de pura, radiante felicidad.

Más tarde, sentados en una mesa apartada, viendo a Matti explicarle con entusiasmo a un paciente y sonriente Tomás los intrincados diseños de su pastel de bodas (un castillo de tres pisos de chocolate y vainilla, coronado orgullosamente por un cohete de merengue y una pequeña piedra lunar de fondant gris), Dante tomó la mano de Valeria. Sus anillos nuevos, simples y brillantes, se encontraron con un suave chasquido.

—¿Recuerdas —le susurró al oído, su voz un rumor íntimo contra el murmullo alegre de la fiesta— cuando me dijiste, en esta misma terraza, que este lugar era tu castillo? Tu fortaleza inexpugnable.

—Sí —sonrió ella, un nudo de emoción dulce en la garganta, entrelazando sus dedos con los de él en un gesto ya familiar, ya esencial como su propio latido—. Y que, por fin, después de tanto luchar, estaba a salvo.

—Ahora —dijo él, y su mirada, llena de una paz que había sido duramente ganada en el campo de batalla de su propia alma, abarcó el jardín iluminado, a su hijo riendo con la boca manchada de chocolate, a su esposa junto a él—. Ahora es nuestro castillo. Y es más sólido, más real y más hermoso de lo que jamás pude soñar en mis noches más ambiciosas.




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