No me dejes caer

Capítulo 1 : Una noche más

La lluvia todavía no había empezado.

El cielo gris cubría la ciudad desde temprano, como si también estuviera cansado de seguir allí.

Tomás abrió los ojos de golpe.

Su respiración era agitada.

El pecho le dolía.

Se incorporó sobresaltado y apoyó una mano contra el suelo de cemento. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Miró desesperado a su alrededor.

Un puente.

Una mochila vieja.

Un cartón que apenas lo aislaba del frío.

Entonces recordó.

No era un sueño.

Era su vida.

Se pasó ambas manos por el rostro intentando calmar la respiración.

Otra vez.

Otra maldita vez.

Las pesadillas volvían todas las noches.

A veces recordaba el orfanato.

Otras veces solo eran voces llamándolo por un nombre que hacía años nadie pronunciaba.

Había dejado de contar cuántas noches llevaba despertándose así.

Suspiró.

Su cuerpo estaba agotado, pero su cabeza nunca descansaba.

Desde hacía dos años vivía así.

Dos años desde que renunció a su trabajo.

Dos años desde que dejó de asistir al psicólogo.

Dos años desde que abandonó la medicación para la depresión.

Al principio creyó que podría salir adelante solo.

Que era cuestión de esforzarse un poco más.

Pero los días se convirtieron en semanas.

Las semanas en meses.

Y los meses terminaron por consumirlo.

Ahora apenas podía reconocerse.

Se levantó lentamente.

El abrigo que llevaba olía a humedad.

La barba le cubría parte del rostro.

Su cabello castaño, ya demasiado largo, caía hasta sus hombros completamente desordenado.

No le importaba.

¿Para qué?

No tenía entrevistas de trabajo.

No tenía una familia que lo esperara.

Ni siquiera tenía una casa donde regresar.

Solo tenía una mochila.

Y el día por delante.

...

Las calles comenzaban a llenarse de gente.

Personas apuradas.

Autos.

Colectivos.

Niños con uniformes escolares caminando de la mano de sus padres.

Tomás observó la escena desde la vereda.

Desvió la mirada.

No soportaba ver familias.

Le recordaban todo lo que nunca tuvo.

Creció en un orfanato.

Vio partir a decenas de niños.

Uno por uno.

Todos encontraban una familia.

Todos menos él.

Al principio preguntaba.

—¿Y cuándo me toca a mí?

Las cuidadoras sonreían.

—Ya va a llegar alguien.

Nunca llegó.

Con los años dejó de preguntar.

Después dejó de esperar.

Y cuando cumplió la mayoría de edad...

Simplemente le dijeron que tenía que irse.

Sin abrazos.

Sin despedidas.

Sin un lugar al que llamar hogar.

Tomás siguió caminando.

Las manos escondidas dentro de los bolsillos.

El viento comenzaba a hacerse más frío.

Entró en una panadería.

El aroma del pan recién horneado le revolvió el estómago.

Revisó sus bolsillos.

Unas pocas monedas.

No alcanzaban.

Volvió a salir.

Como si nunca hubiera entrado.

...

Las primeras gotas comenzaron a caer cerca del anochecer.

Tomás levantó la vista hacia el cielo.

—Al menos hoy la lluvia lava un poco la ciudad...

Murmuró la frase sin saber por qué.

Continuó caminando.

No tenía destino.

Hacía mucho tiempo que caminaba solo para matar las horas.

Sus piernas se movían por costumbre.

Su cabeza...

Su cabeza estaba en otro lugar.

"¿Y si simplemente dejo de caminar?"

La idea apareció como tantas otras veces.

Intentó ignorarla.

No pudo.

Cada paso parecía más pesado que el anterior.

Las voces de sus recuerdos regresaban.

"Nadie vino por vos."

"Nadie te eligió."

"Siempre sobrás."

Tomás cerró los ojos un instante.

—Cállense...

Susurró.

Pero las voces seguían allí.

No estaban afuera.

Vivían dentro de él.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba frente a la carretera.

Los autos pasaban a toda velocidad.

Las luces se mezclaban con la lluvia que ahora caía con fuerza.

Se acercó lentamente a la baranda.

Apoyó ambas manos sobre el metal frío.

Miró hacia abajo.

El vacío.

Durante mucho tiempo había luchado.

Había ido al psicólogo.

Había tomado medicación.

Había conseguido un trabajo.

Había intentado construir una vida.

Pero nada lograba llenar ese agujero.

Porque no importaba cuánto se esforzara...

Siempre volvía la misma pregunta.

¿Por qué nadie me quiso nunca?

Una lágrima se mezcló con la lluvia.

Después otra.

Su respiración volvió a acelerarse.

El pecho comenzó a dolerle.

Sentía que el aire no alcanzaba.

Su ansiedad volvía a apoderarse de él.

Temblaba.

No sabía si era por el frío...

O por el miedo.

—Estoy cansado...

La frase salió apenas como un susurro.

No estaba enojado con el mundo.

Solo estaba cansado.

Muy cansado.

Levantó lentamente una pierna para pasar del otro lado de la baranda.

El ruido de los autos desapareció.

Solo existía el vacío.

Solo un paso más...

Y todo terminaría.

...

A varios metros de allí...

Un auto avanzaba despacio bajo la lluvia.

El conductor disminuyó la velocidad.

Frunció el ceño.

Había alguien parado del otro lado de la baranda.

Algo no estaba bien.

Sin pensarlo dos veces, frenó de golpe.

Abrió la puerta y salió corriendo bajo la tormenta.

—¡Eh!

El hombre no reaccionó.

—¡Esperá!

Siguió corriendo.

Cada vez más rápido.

Tomás ya había soltado una mano de la baranda.

Un segundo más...

Y sería demasiado tarde.

Continuará...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.