No me dejes caer

Capítulo 2 : Esos ojos

—Estoy cansado...

La voz de Tomás apenas logró escapar de sus labios.

Era un susurro.

Una despedida.

Cerró los ojos.

Sus dedos comenzaron a soltarse lentamente de la baranda.

—¡Eh!

El grito atravesó el ruido de la lluvia.

Tomás no alcanzó a reaccionar.

Sintió un fuerte tirón en la espalda cuando alguien se aferró con desesperación a su campera.

El impulso fue tan violento que ambos perdieron el equilibrio.

—¡No!

El barro cedió bajo sus pies.

Bruno intentó sostenerlo, pero ya era demasiado tarde.

Los dos cayeron pesadamente sobre el asfalto mojado.

El golpe resonó en medio de la tormenta.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Solo se escuchaba el agua golpeando el suelo y el sonido agitado de dos respiraciones intentando recuperar el aire.

Bruno fue el primero en incorporarse.

Le dolía el hombro por la caída, pero apenas le prestó atención.

Toda su mirada estaba puesta en el hombre que seguía de rodillas, con una mano apoyada sobre el pavimento y la otra cubriéndose la frente.

La bronca le ganó al miedo.

—¡¿Estás loco?! —exclamó, todavía agitado—. ¿Qué estabas haciendo? ¡¿Vos sabés lo que pudo haber pasado?!

Tomás permaneció en silencio.

Sentía el corazón desbocado dentro del pecho.

No quería responder.

No tenía fuerzas para hacerlo.

Respiró hondo antes de apartar lentamente la mano que cubría su rostro.

Levantó la cabeza.

Y abrió los ojos.

Bruno se quedó inmóvil.

Un ojo marrón.

El otro, azul.

No era la heterocromía lo que lo había dejado sin palabras.

Era aquella mirada.

Había algo en esos ojos...

Algo que conocía.

Algo que había visto miles de veces.

Su respiración comenzó a calmarse sin que él mismo se diera cuenta.

No podía dejar de mirarlo.

Tomás desvió la vista con incomodidad.

Apretó los puños.

—Yo no te pedí que me salvaras.

La frase cayó entre los dos con la misma fuerza que la lluvia.

Bruno ni siquiera respondió.

Seguía perdido en aquellos ojos.

Y, de pronto...

Un recuerdo cruzó su mente.

Dos chicos sentados en el patio de un orfanato.

Uno de ellos reía mientras sostenía una pelota entre las manos.

—¿Por qué me mirás tanto? —preguntaba aquel niño, divertido.

—Porque tus ojos son rarísimos.

—¿Raros?

—Sí... pero están buenos.

La risa de ambos quedó suspendida en su memoria apenas un instante.

Bruno parpadeó.

El recuerdo se deshizo tan rápido como había aparecido.

Volvió a la realidad.

La lluvia seguía cayendo.

Los autos continuaban pasando a toda velocidad.

Frente a él...

Ya no había nadie.

—...¿Eh?

Giró la cabeza hacia ambos lados.

La vereda estaba vacía.

Aquel hombre había desaparecido.

Un bocinazo lo hizo sobresaltarse.

Un auto esperaba que se moviera del medio de la calle.

Bruno dio un paso hacia atrás casi por reflejo.

Todavía confundido, caminó hasta su vehículo.

Se sentó frente al volante, pero no encendió el motor enseguida.

Apoyó ambas manos sobre el volante y cerró los ojos.

Aquella mirada seguía allí.

Un ojo marrón.

El otro azul.

Sintió un vacío extraño en el pecho.

—...Me hace acordar a alguien.

Guardó silencio.

Después sonrió con tristeza.

—A mi mejor amigo del orfanato...

Hacía años que lo buscaba.

Años preguntando por él.

Años sin encontrar una sola pista.

Negó lentamente con la cabeza.

—Qué loco...

Encendió el auto.

Sin saberlo...

Acababa de volver a encontrar a la única persona que jamás había olvidado.

Y todavía no era capaz de reconocerla.

Fin del capítulo 2.




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