No me llames Gorda

Capítulo 2. Una familia Insoportable

Unas horas antes

En todas las familias hay un “catálogo” raro de tíos. Está la tía perfecta, la que parece salida de Instagram: esposo perfecto, cero deudas, mil títulos y siempre huele a éxito. Luego está el tío desastre, que jura que “ya va a cambiar”, pero sigue igual… y encima tiene que pagarle pensión alimenticia a la ex esposa, aunque ni hijos tuvieron (nadie entiende cómo pasó eso). Y, por supuesto, no puede faltar la tía soltera, con más plata que paciencia, que trata a sus gatos como si fueran piezas de museo: cada uno con nombre raro, dieta especial y probablemente herederos de su fortuna.

En la familia Johansson son tres mujeres y un hombre. Mi tío Artur es el hermano mayor, luego sigue mi mamá (que es la insoportable), mi tía Megan que es la mujer más puta que puede haber en la tierra, claro, después de mi abuela, que abandonó a mis tíos por irse detrás de un hombre que la trataba mal. Una migajera mi abuela.

—¡Ey! Ty ¿Acaso no puedes dejar ese teléfono para comer? —Escuché decir a mi tía Sadie, pero antes de poder responder mi madre salió a seguirle la corriente.

—No Sadie —expuso—. Ni insistas que esa mujer no suelta su celular ni para ir al baño. —La mujer de cabello corto ni se atrevió a mirarme y eso que se hace llamar mi madre.

Mi tía Megan negó un par de veces y agregó

—Así está Maya. ¡Yo no sé qué tanto se la pasan haciendo en ese aparato! Lo único que hace es ponerlas estúpidas. —Emilia se sentó a mi lado y me miró con el ceño fruncido.

—Apaga eso ya. ¡Ya hablé! Y es una orden Tara. —La voz ronca de mi madre cerca de mi oído me da ganas de decirle que se calle.

O sea, en serio… ¿por qué todas las madres tienen ese talento especial para fastidiarte la vida 24/7? ¿Es un curso que toman o nacen así? Dejé el móvil a mi lado, con la pantalla encendida, por si Nicholas decidía aparecer y salvarme de esta tortura.

—Es que así son los jóvenes de hoy en día… —dijo mi tía Sadie, moviendo las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible—. Parece que les diera vergüenza convivir con la familia.

—Ay, por favor —añadió mi tía Megan, sin perder la oportunidad de presumir mientras se servia un vaso de agua—. Cuando yo tenía la edad de Tara, salía a comer con mis amigas… y hasta tenía novio.

Genial. Justo lo que necesitaba: una competencia imaginaria contra la adolescencia perfecta de mi tía Megan.

En serio, ¿no podía quedarse callada cinco minutos?

—Sí, yo también —dijo la tía Sadie, como si estuviera contando el clima—. A esa edad tuve mi primera vez.

Soltó una risita rara, de esas que deberían venir con advertencia. Yo estuve a esto de salir corriendo al baño a vomitar, pero me contuve. Seguro después dirían que tengo un trastorno alimenticio o algo así. ¿Te imaginas? Yo, anoréxica. Ajá, claro.

—Yo no sé qué piensa esta niña de la vida —siguió, señalándome como si fuera un experimento fallido—. Se la pasa pegada al celular: memes, series… quién sabe si hasta ve pornografía.

Un segundo.

¿Acaba de decir que veo qué?

Fruncí el ceño y la miré como si acabara de perder mi paciencia. Odiaba que asumieran cosas solo porque prefería estar en mi cuarto y no en este circo en vez de familia. Además, ¿qué obsesión tienen con eso? ¿Acaso todos en esta mesa creen que el sentido de la vida es tener sexo?

—¡Ay, Dios! ¿Por qué no comemos y ya? —dije, cruzándome de brazos, harta de la conversación más incómoda del siglo.

Los ojos color miel de la tía Megan brillaron con esa expresión suya de “esto se va a poner peor”. Mientras se servía Coca-Cola, me miró con una sonrisa peligrosa y preguntó:

—¿Cuánto peso has bajado, cariño? Yo te veo igual de rellenita que el año pasado. —Sí, esa estúpida mujer sigue jode y jode con mi maldito peso.

No hay nada más horrible que alguien te diga que te ves gorda o fea cuando andas con el periodo. Cuando andamos con ese montón de sangre saliendo de nuestros cuerpos nos sentimos como un elefante.

Te salen espinillas, te ves gorda, te sientes triste y odias al mundo, incluso hasta a la vecina que se compró un nuevo carro. Es ahí donde me pregunto por qué mierda no soy la hija de Barack Obama.

—Sigo igual de gorda —le respondí de una manera seca, sin siquiera mírala. Obviamente ella sintió mi tono de voz cargado de rabia y desprecio.

—Hablando de peso y esas cosas. Deberías de apresurarte que a las 3 de la tarde tienes cita con la señorita Fox. Así que cómete eso rápido para que agarres un Uber —me dijo mi madre empezando a almorzar.

Después de veinte minutos almorzando me levanté y me fui para la cita con mi nutricionista; ya saben de quién hablo, de la perfecta Millan.

"Nada de chicharrones, Tara." Fueron las palabras de mi nutricionista que había quedado furiosa cuando le cerré la puerta.

Siempre era hora y media de sesión, pero hoy por ser la última la alargamos a dos horas.

Tomé el autobús con Nicholas hasta llegar a aquella dichosa chicharronera. No le haría caso a esa doctora loca.

***

Apuesto a que ustedes ya están muriéndose por conocer a Francis, el chico que me dijo “sexy” mientras coqueteaba con mi mejor amiga. Pues siento romperles la ilusión: no es guapo. Para nada.
De hecho, es bastante feo… y tiene una nariz enorme. Pero enorme nivel fila para pedir un trámite de gobierno.

En serio, esa cosa debería pagar alquiler por el espacio que ocupa en su cara.

Estoy segura de que, si besa a alguien, corre el riesgo de sacarle un ojo por accidente.
Trágico.

—Hola, bebé.

La sonrisa de Eva se hizo gigantesca en cuanto su nueva conquista volvió a la mesa. Luego me miró, toda emocionada, y dijo:

—Mira, pequeño, ella es Tara. Tara, él es Francis.

¿Pequeño? Perdón, pero no. Ese tipo es de mi tamaño… y yo no soy precisamente miniatura. Fácil mide como 1.82 o algo así.



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En el texto hay: autoestima, amor lgbt, amista odio y amor

Editado: 30.03.2026

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