No me llames Gorda

Capítulo 3 No eres tú, es tu mejor amiga

El delicioso aroma a frijoles recién hechos, el tomate con cilantro y el agonizante olor a chicharrones crujientes; hacían que mis papilas gustativas se activaran y que mi estómago rugiera como un león furioso.
Yo no quise nada para comer. No porque no tuviera hambre, ni por hacerle caso a Millan. Pero cuando abrí el menú, las palabras se me atoraron en la garganta. Sentí un nudo incómodo, como si cualquier elección fuera a delatarme. Bajé la mirada, jugué con mis dedos… y al final solo negué con la cabeza. Era más fácil así que enfrentar esa vergüenza que no sabía cómo explicar.”

"¿Pero por qué vergüenza, Tara? Si comer es normal” comer para mí era una humillación. No importaba cual plata pidiera, siempre habría alguien que opinara sobre lo que me iba a comer.

—¿En serio tu amiga no quiere comer nada? —susurró Francis a Eva que limpiaba sus labios delineados con la servilleta.

Ella negó con la cabeza y tomó la mano del chico para darle un beso en esta.

—Se pone así porque no le gusta comer delante de los demás —murmuró la chica, lo bastante bajo para fingir discreción… pero no lo suficiente.

Me tensé al instante.
Sin pensarlo, le di una patada por debajo de la mesa.

Eva soltó un quejido ahogado y se inclinó, llevándose la mano a la rodilla. Cuando volvió a mirarme, sus ojos ya no eran suaves. Me sostuvo la mirada con una seriedad incómoda, torciendo los labios en un gesto de reproche.

Yo la amo. Es dulce, brillante… de esas personas que siempre saben qué decir. Excepto cuando no. Porque a veces, sin darse cuenta, o tal vez sin importarle, dice justo lo que más quisiera esconder.

—No es eso, Francis. Es solo que no tengo hambre. —mentí, para bajar el momento incómodo.

—Si quieres te puedo dar un pedacito de estos chicharrones. En serio están riquísimos. —El chico de ojos verdes me sonrío y me pasó la tasa que aún tenía varios trocitos de carne.

Se me hizo agua la boca, pero negué una vez más.

El sonido de mi celular vibrar interrumpió mi pequeña conversación con el muchacho de tez blanca.

Desbloqueó el móvil y veo el mensaje que no quería ver en nunca en mi vida.

Culo: ¡Ey! Tenemos que vernos. Creo que Alexandra sabe de lo nuestro.

Mi corazón deja de latir por dos segundos. ¡Dios! Me quiero morir.

La silla raspó el suelo cuando me levanté de golpe. No miré a nadie. No expliqué nada. Solo caminé a toda prisa hacia la salida del restaurante.

El aire afuera no ayudó. Respiré hondo… y fue peor.

El estómago se me revolvió como si algo estuviera a punto de subir. Tragué saliva, pero no se fue. El pulso me latía desbocado, golpeándome en las sienes, en el cuello, en todas partes al mismo tiempo.

Bajé la mirada.

Ahí estaba el mensaje de Eduardo.

Les tengo que explicar que Eduardo está casado y me lleva once años, y lo tengo agregado como "culo" porque es amigo de mi tía Megan. Ok, ahora que ya saben quién es "Culo" podemos continuar.

Me duele el estómago y siento temblar mis piernas ¿Su esposa sabe que soy su amante? ¿Ira a la cárcel por mi culpa? ¡Qué idiota soy!

Mis dedos están helados y me cuesta el doble teclear:
1. Tengo mis dedos muy gordos.
2. Estoy nerviosa.
3. No puedo estar bajo presión porque me pongo tonta y sudo mucho.

Ty: ¿Cómo sabes? Ella te dijo algo. ¡Qué coño te dijo! ¿¿¿¿Le has dicho algo????

Envió el mensaje de texto, cuando en un abrir y cerrar de ojos siento la mano de Eva en mi hombro. Me jala hacia ella, sin decir nada me abraza con fuerza.

No quiero llorar, no quiero ponerme loca como la última vez en que me di cuenta de que mi madre le fue infiel a mi padre.

Eva no me pregunta nada y solo me susurra.

—No te preocupes... sabes que estoy contigo, T. —Su voz me tranquilizó un poco, pero las ganas de llorar parecen no querer irse.

Estar cerca de Eva me hace sentir como un hipopótamo al lado de una pequeña y hermosa mariposa.
Eduardo me responde.

Culo: No me ha dicho nada en concreto, pero me preguntó que por qué anoche te vieron salir de nuestra casa.

Ty: ¿Y qué le dijiste?

Culo: Que andabas buscando a tu tía Megan... Ella se molestó mucho y ahora dice que ira a tu casa a hablar con tu madre.

¡Oh! Joder. Me cago en mí misma.

Le mostré los mensajes a Eva.

No dijo nada. Solo se llevó la mano a la boca, como si así pudiera contener algo, y me miró… asustada.
El temblor ya no era disimulable. Me recorría entera. Las piernas me pesaban, débiles, como si en cualquier momento fueran a ceder. El sudor me corría por las axilas, por las manos, por los pies… frío, incómodo, traicionero.

Mi mamá.
Alexandra.

Las palabras se mezclaron en mi cabeza desordenadas.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Eva.

Negué con la cabeza sin mirla. No tenía nada. Ni una idea. Ni una mentira lo suficientemente buena.

—¿Pasa algo?

Alcé la vista. Francis nos observaba con el ceño ligeramente fruncido, mientras Nicholas, a su lado, hacía un mohín infantil, impaciente.

—No, bebito —dijo Eva con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Tara tiene que irse… y yo también.
Se inclinó hacia él, demasiado cerca, y le susurró algo al oído.

Francis soltó una risita y se estremeció.

Seguidamente Eva entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí sin darme tiempo a reaccionar salimos corriendo las dos hacia mi casa.

No me despedí.

A lo lejos, Nicholas lanzó besos al aire. No supe si eran para mí o para ella.
Yo apenas la seguía, tropezando con mi propia respiración. El aire me quemaba la nariz y las piernas me ardían… y aun así no lograba sacarme esa sensación de encima, esa presión en el pecho que no me dejaba pensar.

Corrimos tres cuadras, hasta que me detuve en seco, inclinándome hacia adelante, buscando aire como si nunca hubiera respirado.



#14247 en Novela romántica
#2761 en Chick lit
#7759 en Otros
#1289 en Humor

En el texto hay: autoestima, amor lgbt, amista odio y amor

Editado: 30.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.