DAMON
No he dormido una mierda.
Otra noche más mirando la nada como un perturbado mientras mi cabeza repite el mismo nombre una y otra vez.
Clarissa Castellón Montijo.
Joder.
Me incorporo despacio y me quedo sentado en el borde de la cama, apoyando los codos en las rodillas.
Esto ya no es solo un trabajo. Y ese es exactamente el problema.
Me paso una mano por la cara y miro el reloj.
Las seis y veinte de la mañana.
Perfecto. Qué felicidad de vida.
Me levanto y bajo a la cocina.
La casa está en silencio. Pero no uno tranquilo.
Aquí nunca hay silencios tranquilos.
Abro la nevera y saco una botella de agua.
Y entonces escucho pasos.
-Sabía que estabas despierto.
Levanto la vista.
Simon entra arrastrando los pies, medio dormido y con el pelo hecho un desastre.
Parece un cadáver con sueño.
-Bonitos pelos -murmuro.
-Tú pareces divorciado con tres hijos y problemas fiscales.
Lo miro.
-No sabes ni lo que son problemas fiscales.
-Pero queda bien.
Se deja caer en una silla y bosteza.
Lo observo de reojo mientras se sirve cereales como si fueran las seis de la tarde y no la madrugada.
Y durante un segundo todo parece normal.
Casi.
-¿Otra vez sin dormir? -pregunta de repente.
-No empieces.
-Eso es un sí.
Resoplo y apoyo la espalda en la encimera.
Simon me mira unos segundos.
A veces odio lo mucho que se fija en las cosas.
-¿Ha pasado algo?
-No.
-Me acabas de responder igual que papá.
Eso me tensa al instante.
-No me compares con él.
Simon levanta las manos.
-Vale, vale.
Y de repente vuelve el silencio. Y ahí está el problema.
Porque últimamente cada silencio me deja demasiado espacio para pensar.
Y pensar ahora mismo es peligrosísimo.
Clarissa vuelve a aparecer en mi cabeza.
Su nombre. Su cara. La forma en la que Brad habla de ella aunque intente ocultarlo.
Aprieto la mandíbula.
-Menudo desastre...
-¿Qué desastre? -pregunta Simón.
-Nada.
Me mira entornando los ojos.
-Estás raro.
-Qué observador.
-Lo digo en serio.
No respondo.
Porque si abro la boca demasiado quizá termine diciendo algo que no debo.
Y en esta casa eso nunca acaba bien.
Simon juega distraídamente con la cuchara.
-¿Tiene que ver con el trabajo?
Esa palabra me da ganas de partir algo.
Trabajo.
Como si matar gente pudiera resumirse en una palabra tan simple.
-Sí y no.
-Qué respuesta más útil.
-Se me da increíble ayudar, la verdad.
Se ríe un poco.
Y ahí vuelve esa sensación rara.
La de querer protegerlo de todo esto aunque probablemente ya sea tarde para eso.
Porque en esta familia todos terminamos manchados.
Todos.
Un ruido de tacones corta el momento.
Mi madre entra en la cocina impecable como siempre. Ni una arruga. Ni una expresión fuera de lugar.
Da miedo hasta recién levantada.
-Buenos días.
Simon murmura algo parecido a un saludo.
Yo solo asiento.
Ella me mira directamente.
-Damon. Tu padre quiere verte luego.
Claro. Qué sorpresa.
-Qué ilusión.
-No uses ese tono conmigo.
-No estoy usando ninguno.
Mentira. Ella lo sabe. Yo también.
Se acerca despacio.
-Tu padre espera resultados.
Aprieto la botella con fuerza.
-Yo espero ganar la lotería y mírame.
-Damon.
Su voz baja un poco.
-No conviertas esto en otro problema.
Otro.
Como si yo ya fuera uno más de la lista.
Me río sin humor.
-Un poco tarde para eso, ¿no crees?
Mi madre no responde.
Nunca responde cuando algo toca demasiado cerca.
Se gira hacia Simon.
-Tú llegas tarde a clase.
Mi hermano pone cara de sufrimiento extremo.
-La educación es una cárcel.
-La estupidez también.
-Yo quería apoyo emocional, madre.
Ella simplemente sale de la cocina.
Simon mira hacia la puerta y luego hacia mí.
-A veces creo que en esta casa necesitáis terapia urgente.
Se me escapa una risa corta.
-¿Solo a veces?
-Punto válido.
Se levanta con el bol de cereales en la mano.
Y antes de irse, se gira un segundo.
-Oye.
-¿Qué?
Me mira serio por primera vez en toda la mañana.
-No dejes que papá te convierta en alguien que odias.
Y se va.
Me quedo quieto. Demasiado quieto.
Porque el problema es que creo que eso ya pasó hace muchísimo tiempo.
Editado: 24.08.2026