BRAD
Hay algo profundamente inquietante en despertarte y encontrar a otra persona viviendo en tu casa como si hubiera firmado contrato de alquiler.
Sobre todo cuando esa persona es Clarissa.
Abro los ojos con la sensación de no haber dormido una mierda y me quedo unos segundos mirando el techo.
Perfecto.
Otro día.
Otro maravilloso día de decisiones cuestionables, amenazas de mafia y una chica rara ocupando demasiado espacio dentro de mi rutina.
Me paso una mano por la cara.
La casa está extrañamente tranquila.
Eso ya me da mala espina.
Muchísima.
Me levanto, me pongo una sudadera cualquiera y bajo las escaleras medio dormido.
Error.
Grave error.
Porque Clarissa está en mitad de la cocina.
Encima de una silla.
Descalza.
Con una cuchara de madera levantada como si estuviera liderando una revolución.
Y hablando sola.
O peor.
Hablándole a una tostadora.
-Escúchame bien -dice señalándola-. O colaboras o juro que dejo de creer en la tecnología.
Parpadeo. Lento. Muy lento.
-...¿Qué coño haces?
Se gira tan rápido que casi pierde el equilibrio.
-¡BRADDIE!
Levanta una mano.
-Antes de juzgarme, quiero decir que esta situación empezó siendo culpa del pan.
Miro la cocina.
Migajas.
Un yogur abierto.
Una manta abandonada en una silla.
Mi taza.
SU taza.
Un segundo.
Frunzo el ceño.
-¿Por qué tienes una taza?
Ella me mira como si hubiera preguntado algo ofensivo.
-Porque vivo aquí un poco.
Y ahí. Ahí algo me hace un clic raro. Porque debería corregirla.
Debería decir:
"No vives aquí."
"Estás retenida."
"Esto es temporal."
Lo normal. Lo lógico. Pero en vez de eso solo resoplo.
-Bájate de la silla.
-No.
-Clarissa.
-La tostadora me ha faltado al respeto.
Dios.
Dios dame paciencia.
Camino hacia la cafetera.
-¿Has desayunado?
Ella entrecierra los ojos.
-¿Eso ha sido una pregunta amable?
-No te emociones.
-Voy a emocionarme igual.
Abro un armario.
Cojo café.
Tazas.
Dos.
Porque, aparentemente, ahora hago esas cosas.
Qué horror.
Qué absoluto horror.
-Por cierto -dice bajándose de la silla al final-, he decidido algo.
Ya me duele la cabeza.
-No quiero saberlo.
-Voy a reorganizar tu salón.
La miro.
-Te mato.
-¡Ves! Eso significa que me tienes cariño.
Antes de que pueda responder, el móvil vibra sobre la encimera.
Damon.
Claro.
Descuelgo.
-¿Qué?
-Buenos días a ti también -resopla él-. ¿Está viva la amenaza doméstica?
Miro a Clarissa intentando discutir otra vez con la tostadora.
-Desgraciadamente sí.
-Perfecto. Porque tenemos que hablar.
Mala frase. Muy mala frase.
-Habla.
Escucho cómo exhala.
-Lena quiere verla.
Paro.
Clarissa sigue de fondo diciendo algo sobre derechos humanos de las tostadas.
Aprieto un poco la mandíbula.
-No.
Sale demasiado rápido.
Damon tarda un segundo.
-Sabía que ibas a decir eso.
-Es mala idea.
-También sé eso.
Me apoyo en la encimera.
Miro a Clarissa.
La manta arrastrando por el suelo. El pelo imposible. La cara medio dormida mientras abre la nevera como si fuera suya.
Y lo peor era que la imagen ya no se sentía rara.
Y algo me molesta.
No la idea.
La idea de verla otra vez encerrada después.
Joder.
No aguanto verla encerrada todo el santo día.
No sé cuándo empezó a joderme tanto.
Ni quiero analizarlo.
-Brad -dice Damon-. Lena solo quiere comprobar que está bien.
Miro a Clarissa otra vez.
Se gira hacia mí.
-¿Quién es? ¿Tu novio?
Cierro los ojos un segundo.
-No ayudas.
-Nunca.
Resoplo.
-Voy a pensarlo.
Damon tarda un momento.
-Eso ya es muchísimo más de lo que esperaba.
-Cállate.
-Vale, Bradley.
Y me cuelga.
Mierda.
Porque lo peor no es que Damon me lo haya pedido.
Lo peor es que ya estoy pensando cómo hacerlo sin que todo se vaya a la mierda.
Editado: 24.08.2026